Tribuna abierta

Desvarío en la política

Por José Luis Úriz Iglesias - Martes, 25 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

DESPUÉS de una etapa de corrupciones y corruptelas vino el peligroso conflicto abierto en Catalunya y hemos acabado rematándolo con los líos impresentables de másteres y trabajos varios en los que han estado metidos desde el nuevo líder del PP, Pablo Casado, pasando por la ya exministra Carmen Montón, hasta el mismísimo Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

A menudo, observar el panorama político se asemeja más a un patio cutre de colegio que a lo que debiera ser. Vaivenes constantes, voy y vengo, o conceptos como dignidad, honestidad, fair play, o altura de miras quedan sustituidos por sus contrarios.

Todo lo ocurrido en estos tiempos convulsos pone en grave riesgo la salud democrática de nuestro país. Eso, además, en un momento en el que se necesitarían políticos con cuajo que fueran capaces de buscar soluciones a los grandes problemas que nos acechan.

El más acuciante sería el de Catalunya después de la Diada 2018 y en vísperas del primer aniversario del referéndum del 1 de octubre. Hasta 2010, esa Diada era una fecha que pasaba relativamente inadvertida para el resto. Solo alguna referencia informativa a las manifestaciones que especialmente en Barcelona se realizaban para conmemorar ese 11 de septiembre de 1714, fecha en la que después de años de enfrentamiento, los Borbones vencían a los Austrias y como el Principado de Catalunya había apoyado a estos últimos, los vencedores entraron en la ciudad a sangre y fuego. Esa conmemoración fue bautizada como la Diada y desde entonces era un día para reivindicar el catalanismo de manera tranquila. Así fue hasta que en 2010 adquirió un relieve de importancia y a día de hoy se puede decir que ya afecta a toda España.

Fue precisamente antes de la de 2010, concretamente el 28 de junio, cuando se produce la quiebra como consecuencia de la sentencia del Tribunal Constitucional, que se pronunciaba a instancias del recurso del PP contra el Estatut de Catalunya.

Quienes participamos activamente en las Diadas de 2009 y 2010 pudimos detectar con claridad que algo muy profundo se había quebrado en la sociedad catalana con esa sentencia. En la primera, solo se vieron senyeras y ni un solo grito a favor de la independencia. Al siguiente año, la esteladas sustituían a la bandera oficial de Catalunya y el alboroto alterador al silencio respetuoso. Que gentes independentistas y muchos que no lo eran se sintieron agraviados, atacados en su dignidad, al desactivar un Estatut que había contado con una amplia mayoría en el Parlament y en el referéndum posterior, debe hacernos reflexionar.

Qué paradoja que ocho años después se siga hablando de referéndum pero ahora de autodeterminación. En apenas unos años, hemos pasado de tener a la mayoría de catalanes encantados con su Estatuto de autonomía, a tenerlos cabreados ahora reclamando su independencia, por lo menos el 47%. ¿No habría sido mejor para ambas, Catalunya y España, que les hubiéramos dejado en paz, permitiendo su andadura pacífica y no traumática por ese Estatut con el que la mayoría se conformaba entonces? Algo mejor nos habría ido.

La torpeza política, la falta de generosidad, el filibusterismo electoral, llevó a algunos a provocar ese estallido que ahora nos conmociona y afecta a todos, nos sintamos o no españoles. Pero en esa dicotomía entre si vemos la botella medio llena o medio vacía debemos inclinarnos, al menos este 2018, en hacerlo por la primera. ¿Estamos España y Catalunya mejor ahora que en 2017?

Los últimos tiempos políticos pertenecen a la etapa más oscura de nuestra reciente historia. La clase dirigente es de un nivel ínfimo que está pervirtiendo algo tan noble como la actividad política. Con honorables excepciones

La respuesta debería ser que sí, porque en el Gobierno de Madrid están gentes que al menos a veces parecen dialogantes y no frentistas, mientras que enfrente el sector independentista se quiebra. Por un lado, ERC y sectores influyentes del PDeCat han escogido la vía sensata y pragmática;por el otro, Puigdemont, Torra y la CUP, la de confrontación y choque. Incluso se detectan signos de diferencias profundas entre Òmnium, CDR y ANC como reflejo de lo anterior.

¿Se puede evitar entonces la repetición del temido choque de trenes del pasado año? Pues va a resultar difícil porque lo logrado durante la transición democrática está a punto de romperse en mil pedazos. Y no podemos resignarnos. Cualquiera que sea el resultado de ese conflicto, no debe hacernos olvidar que existe un imperativo democrático que vincula a todos los partidos, todos, para que antepongan la búsqueda de la paz y el diálogo social a sus legítimas aspiraciones partidarias. Muchos hoy en día han olvidado esta regla de oro. Por eso deben sentarse a dialogar. Aunque no exista acuerdo sobre el diagnóstico de la enfermedad y la medicación correspondiente, tienen que discutir hasta que amanezca. Y si no hay acuerdo, vuelta a empezar.

Así hizo nuestra generación la Constitución hace 41 años. Si nos hubiéramos ocupado en saber quién había sido carcelero y quién preso, no existiría Carta Magna y no habría habido reconciliación.

Se acaba de cumplir un año desde aquel “golpe de Estado” -Coscubiela dixit- consolidado en un pleno del Parlament tumultuoso al que siguieron los despropósitos del PP. Después de ese convulso tiempo, observamos que la tensión inicial entre partidos políticos y en el ámbito de las instituciones se ha trasladado peligrosamente a las calles, lo que debe causarnos preocupación, al menos a las personas sensatas, pensemos lo que pensemos sobre este conflicto.

La espiral de violencia, primero verbal pero ahora también física, entre los sectores más ultras de una y otra orilla de este río de aguas turbulentas a cuenta de los lazos amarillos, puede conducir a un episodio de consecuencias impredecibles. Estas cosas se saben cómo comienzan pero nunca cómo acaban y aquí tenemos una gran experiencia de ello. Pero lo más grave viene de que esa confrontación está siendo alentada por ciertos líderes políticos en una actitud irresponsable e intolerable. Ver y oír a quienes deberían estar empeñados en echar agua y no gasolina al fuego, como Rivera y Casado, o Torras y Puigdemont, indica la poca altura intelectual y moral de personajes que demuestran un desprecio absoluto por la sociedad catalana. Es imprescindible que gentes como Iceta, Domenech (su anuncio de abandono de la política nos dejó un poco más huérfanos), Sánchez, Iglesias ahora que ha vuelto, Junqueras, Pascal, Torrent o Tardá se pongan las pilas, hablen y se comuniquen entre ellos en búsquedas de soluciones a corto, medio y largo plazo.

¿Se puede lograr que los políticos presos salgan a la calle sin violentar la separación de poderes? Existen expertos que indican que sí. Eso ayudaría a tranquilizar la situación.

¿Se puede avanzar en acuerdos a corto sobre financiación o avances hacia un nuevo Estatut? También.

¿Se pueden explorar caminos alternativos para dar cabida a esa demanda defendida por el independentismo, pero también por los que no lo son para una consulta en Catalunya? Que sea vinculante ahora no, pero empezar por una exclusivamente consultiva y dependiendo de su resultado seguir avanzando, sí. El Estado no debe ignorar que, según las últimas encuestas, existe una amplia mayoría de ciudadanos catalanes que defienden esa posibilidad, incluidos sectores importantes de PSC y de En Comú Podem. Y a largo plazo se debería recuperar ese “espíritu constitucional” buscando amplios acuerdos transversales para acordar una futura reforma de nuestra Constitución que recogiera de alguna manera ese anhelo de consulta que resulta común en Catalunya y Euskadi.

Quizás haya llegado el momento de ponerse manos a la obra para culminar esa Transición ejemplar pero incompleta e imperfecta, que tiene como asignatura pendiente fundamental acabar con las tensiones centro-periferia y consolidar un Estado Federal Plurinacional. Una gran “casa común” en la que todas y todos nos sintamos cómodos. ¿Es posible? A la vista del panorama actual, parece que no, pero tenemos que exigir a los políticos un acuerdo para un futuro de esperanza que recupere el ambiente de convivencia. Vivimos tiempos de desvarío en la política, pero dejadme ser un poco ingenuo para variar. Creo que seremos capaces.

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