Tribuna abierta

Naciones Autónomas Europeas

Por Iñigo Bullain - Lunes, 24 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Iñigo Bullain

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Columnista Iñigo Bullain

FRENTE a otro tipo de entidades territoriales mal definidas o muy numerosas, la categoría de nación autónoma europea (NAE) permite distinguir a aquellos territorios, reconocidos como regiones constitucionales, que cuentan con un sistema de partidos, mayoritarios en sus respectivos parlamentos autónomos. Se trata de un número reducido, lo que facilitaría su incorporación a la estructura institucional comunitaria. Así, si el número de regiones con poderes administrativos en la Unión Europea son cerca de 280 y las que cuentan con autonomía legislativa unas 75, aquellas donde los partidos políticos regionales/nacionales resultan mayoritarios son apenas media docena. En concreto, los territorios de la UE donde los partidos que expresan una voluntad nacional autónoma cuentan con una mayoría parlamentaria son: Catalunya y Euskadi en el Estado español, Córcega en Francia, Escocia en el Reino Unido, Flandes en Bélgica, Aosta en Italia, o Baviera en Alemania. Aunque también en los parlamentos de Äland, Färoe y Groenlandia o evidentemente en la dividida Chipre se recoge mayoritariamente una voluntad autónoma asimilable, si interpretamos que en algunos casos se trata de poblaciones que se consideran parte de otras naciones con Estado, como los austríacos o italianos del Süd Tirol o los irlandeses y británicos de Irlanda del Norte, los turcos o griegos de Chipre, los francófonos de Valonia y Bruselas en Bélgica, o los suecos y finlandeses en Äland, el número de las naciones sin Estado en la UE donde los partidos estatales son minoritarios se puede reducir a media docena: Euskadi/Nafarroa, Catalunya, Flandes, Escocia, Aosta y Baviera, dado que, inter altre, Groenlandia quedó referendáriamente fuera de la UE en 1982 o que en Galicia y Gales (así como en otras entidades históricas) los partidos regionales/nacionales no son mayoritarios.

La distinción entre regiones autónomas y naciones europeas sin Estado resulta procedente para encarar en la UE la diversidad regional;solo en una minoría de regiones autónomas los partidos mayoritarios expresan la voluntad de una población que quiere

Para las naciones autónomas europeas que carecen de un Estado que las represente, la cuestión europea no es un mero asunto administrativo, como resulta para la mayoría de las regiones administrativas, o para la mayoría de las regiones autónomas, como Andalucía o Extremadura, o para las regiones francesas configuradas desde París, o para la mayoría de regiones italianas dominadas por la partidocracia romana. La gran mayoría de las regiones autónomas no son naciones autónomas sin Estado, sino que forman parte de una categoría mucho más extendida: la de regiones autónomas subestatales, para las que el marco estatal: español, francés o italiano es su razón de ser. A mi juicio, esta distinción entre regiones autónomas y naciones europeas sin estado resulta procedente para encarar en Europa la diversidad regional, porque solo en una minoría de regiones autónomas los partidos políticos de algunas naciones sin estado son mayoritarios y expresan la voluntad de una población que quiere verse reconocida como nación y ejercer la libre determinación. Esa realidad de nación autónoma, fue, en mi opinión, la que defendió el gran lehendakari en las tesis conocidas como Doctrina Agirre, en las que reivindicó para Euskadi un estatus muy cercano a la independencia, mediante un autogobierno “confederal”, asimilable al estatus que de hecho mantuvo el Gobierno vasco entre 1936 y 1937 durante la I República Vasca. De ahí que, otro tipo de acomodo, como el autonómico actual, estrechamente tutorizado por las instituciones españolas en una múltiple dimensión: ejecutiva, judicial, parlamentaria o mediática, puede considerarse como una pérdida de autogobierno, no solo frente al autogobierno durante la I Republica de Euskadi sino también en relación al secular autogobierno foral de sus territorios históricos. ¿Como valorar, si no, que el sistema autonómico actual no disponga de un sistema de justicia propio como mantuvo el foral o que, hasta los reales decretos de 1834 y las leyes abolitorias, no se consintiera la presencia de tropas o de policía española en los territorios históricos, repletos hoy de uniformados?

Tras décadas de experiencia, puede afirmarse que los sistemas articulados para vehicular la participación regional en el marco europeo apenas funcionan y que no han permitido una participación y representación regional efectiva en la UE. Un claro ejemplo de ese fracaso es la ineficacia de la Conferencia para Asuntos Relacionados con la Unión Europea (Carue) en España. Mientras que para muchas regiones la desconexión europea no plantea problemas, para las naciones autónomas europeas la precariedad del autogobierno que padecen las regiones constitucionales en la UE resulta políticamente inasumible. Treinta años después de la adhesión a la entonces Comunidad Económica, el balance europeo de Euskadi, Catalunya y de la mayoría de naciones europeas sin estado resulta decepcionante y una seria reevaluación de su posición en el proceso de integración me parece ineludible. También un cambio de estrategia que les permita alcanzar un nuevo estatus. Las naciones europeas sin estado necesitan otros poderes para poder afrontar los enormes retos que plantea la integración europea o la globalización y, en consecuencia, debieran reivindicar y contar con un estatuto especial, tanto al interior de sus respectivos estados, como ante las instituciones comunitarias.

Las naciones autónomas europeas debieran aunar esfuerzos y reclamar un estatus autónomo en la UE, siguiendo el modelo del Consejo Nórdico. Euskal Herria, Córcega, Catalunya, Escocia, Flandes, Aosta o Baviera no son solo asuntos políticos relevantes para España, Francia, Reino Unido, Bélgica, Italia o Alemania. El conjunto de naciones autónomas europeas sin estado, también tiene una dimensión supranacional y afecta al autogobierno de varias decenas de millones de ciudadanos europeos -tantos como los de un estado del tamaño de Polonia- para quienes la integración no es una mera cuestión administrativa o de gobernanza, sino una cuestión política. Las naciones autónomas europeas sin estado (NAES), en tanto que también son regiones autónomas, tienen afinidades con decenas de regiones constitucionales o con centenares de regiones administrativas. Sin embargo, representan una categoría política particular que está legitimada electoralmente. La mayoría parlamentaria con la que cuentan algunos partidos vascos, catalanes, escoceses, flamencos, corsos o bávaros implica la existencia de un pluralismo democrático que los partidos estatales no pueden representar y que la UE no debiera ignorar. Tratar de asimilar Murcia o Puglia, Gran Este o Nueva Aquitania, East Anglia o Brandemburgo con lo que representan las naciones europeas sin estado es una falsificación que el supremacismo nacional de estado utiliza para confundir y debilitar a las minorías no asimilacionistas. De ahí que las naciones autónomas europeas debieran superar localismos y converger hacia una estrategia de colaboración. Cuentan con recursos institucionales en ámbitos como educación, investigación, juventud, industria, cultura, o turismo que pueden servir de dinamizadores para redes transeuropeas que acerquen más intensamente a esos territorios y a sus poblaciones. La sintonía política que puede alcanzarse dada la común sensibilidad de formar parte de comunidades nacionales minorizadas podría recabar solidaridades entre algunos estados-nación que pretéritamente padecieron semejantes invisibilidades o negaciones identitarias asimilables. Irlanda, las Repúblicas bálticas, o algunos de los nuevos estados independizados tras la caída del Muro podrían convertirse en aliados o protectores de esos proyectos políticos de autogobierno europeo. Dar un contexto europeo a la lucha por la supervivencia nacional, mejorar la democracia y la solidaridad ciudadana es un objetivo que comparten la mayoría de las naciones/repúblicas sin estado europeas. Sus mejores aliados estratégicos debieran ser precisamente, el conjunto de naciones autónomas europeas.

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