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Un año de purgatorio

José Ángel Ziganda sale del club sin cumplir la mitad de su contrato y tras una floja campaña que refleja la ausencia de sintonía con su plantilla

Un reportaje de José L. Artetxe - Jueves, 17 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

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José Ángel Ziganda, en la particular visión de Asier Sanz.

José Ángel Ziganda, en la particular visión de Asier Sanz. (Asier Sanz)

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  • José Ángel Ziganda, en la particular visión de Asier Sanz.
  • José Ángel Ziganda, el pasado jueves, al final de la rueda de prensa que ofreció junto a Josu Urrutia.

Cuandose va a cumplir un año exacto de su presentación como recambio de Ernesto Valverde, José Ángel Ziganda deja el club. En unas pocas horas dirigirá al Athletic por última vez y el porqué de su marcha podría sintetizarse en el nulo valor de esta cita postrera que acogerá San Mamés. Al equipo no le queda siquiera margen para adecentar la posición final en la clasificación, en absoluto la que cabía imaginar en un principio o incluso en mitad del calendario. Termina en la misma zona donde se ha movido torpemente durante tres cuartas partes del campeonato, de la mitad hacia abajo. A salvo de cualquier disgusto, pero a años luz del objetivo marcado.

El Athletic aparece anclado en la mediocridad, desfondado, incapaz de rebelarse ante un destino labrado a lo largo de meses huérfanos de alegría, plagados de actuaciones decepcionantes que, además de maltratar su imagen, le han costado el cargo al entrenador. A Ziganda se le agota un tiempo acaso excesivo, pero seguro que durísimo desde la óptica personal. Sin cuestionar ni por asomo su entrega y aunque sea de justicia señalar a los futbolistas como corresponsables directos en el fiasco consumado, tampoco él ha dado muestras de poseer recursos para enderezar la nave.

Rememorar ahora los propósitos enunciados por Ziganda en mayo de 2017 o a primeros de julio, en la inauguración de la pretemporada, podría parecer innecesario, incluso cruel, pero ayuda a comprender lo que ha pasado. Es patente que aquellos mensajes, preñados de buenos deseos e intenciones cabales (como cuando hablaba de mejorar, porque “lo que no mejora, empeora”;y de transmitir el equipo sensaciones extraviadas en el cuarto año de su antecesor), prácticamente nunca tuvieron plasmación.

EL PRINCIPIO DEL FINVisto lo visto, tiene toda la pinta de que precisamente abanderar la superación de hábitos heredados de la etapa anterior supuso el principio del fin de su aventura en el primer equipo. En buena medida debido a que no halló la receptividad necesaria. Al contrario, el vestuario pensó que bastaría y sobraría con seguir la estela de lo realizado con Valverde. Para qué cambiar usos y costumbres si anualmente -haciéndolo bien, regular o mal- el Athletic lograba presentarse puntual en la meta de Europa. Ziganda era de otra opinión, veía necesario azuzar al grupo a fin de elevar un nivel que había ido decayendo, lo que implicaba efectuar modificaciones, ensayar nuevas fórmulas y revisar jerarquías.

Demasiado ambicioso, demasiado confiado. Ziganda comprobó desde muy pronto las dificultades de la empresa que perseguía. “Esto es para vivirlo a mil por hora y disfrutar cada segundo que pasa, no exagero. El mensaje que quiero es que hay que vivir cada entrenamiento como el de hoy que es especial por ser el primero. Si quieres conseguir logros importantes tendrás que trabajar a diario de la misma forma. Entrenamientos, partidos y comportamientos extraordinarios. Ambiente, el normal en una plantilla. Respeto entre personas profesionales, pero la exigencia brutal para todos, sin eso es imposible mejorar y estando como estamos en un nivel alto con más razón. Siempre se puede dar una vuelta de tuerca más, sacar una gota más de cada uno”.

CORRIENTE ESCÉPTICAEl repaso del comportamiento individual de los integrantes de la plantilla certifica su fracaso a la hora de extraer esa “gota más”. Son muy contados los jugadores que elevaron sus prestaciones, algo por supuesto imputable también a la figura del técnico. Repartir culpabilidades es un ejercicio complicado desde fuera. Los partidos son casi el único material accesible para analizar lo sucedido, dada la imposibilidad de conocer a fondo la calidad de la convivencia o los pormenores del día a día en el trabajo. Pero del medio centenar largo de partidos oficiales resulta un balance demasiado pobre. Y es constatable que con el paso de los meses, el foco que asediaba inmisericorde la figura del entrenador, fue paulatinamente girándose hacia los que visten de corto, habida cuenta su perseverancia en traicionar cualquier expectativa aceptable.

Para decirlo todo, la elección de Ziganda por parte de Josu Urrutia ya generó recelo en origen. La idoneidad de un hombre de la casa para superar un listón situado a una altura considerable se prestaba a la discusión. En su hoja de servicios figuraba una labor notable circunscrita al filial y un recorrido lejano e irregular en la élite, argumentos suficientes para nutrir al sector crítico del entorno. El descontento entre quienes hubiesen apostado por alguien externo y con más nombre asomó enseguida, pero lo determinante fue que la plantilla hizo suyo este prejuicio.

LA AUTOCRITICAEl debut del Athletic de Ziganda es prehistoria, aunque merece la pena refrescarlo por su carácter ilustrativo. Tuvo lugar en Bucarest, frente al Dinamo, y se saldó con empate, un marcador que por frecuente ha penalizado gravemente al equipo en todos los frentes. Medio partido fue aseado, discreto como corresponde a un arranque, y el otro medio, deficiente. Bueno, pues hasta hoy el equipo ha sido incapaz de desprenderse de ese perfil dual que oscilaba entre una versión sin atractivo y otra preocupante. Ello, pese a la autocrítica vertida por el propio Ziganda.

Durante el otoño y parte del invierno, el entrenador reconoció sin reparos las deficiencias del juego. Luego, moduló levemente el discurso, aunque sin alejarse mucho de la sinceridad, pero su forma de expresarse pudo incomodar en una caseta que con Valverde exhibió una nula capacidad para encajar las críticas y que este año ha tardado en asumir una censura objetivamente ganada a pulso.

PRIMEROS FIASCOSNo todo fue negativo. Con sus apurillos, el Athletic salvó las dos cruces que otorgaban el billete a la fase de grupos de la Europa League y en la Liga encadenó un empate y dos victorias. Sin embargo, los reveses no se hicieron esperar y uno muy doloroso tuvo lugar en La Rosaleda. De nuevo, el equipo bipolar en acción: 1-3 en el 70 y 3-3 en el 90 en superioridad numérica. Aquello escoció y nunca se sabrá cómo influyó en lo que vino después. Cada año hay citas que inclinan la balanza y la de Málaga pudo ser de este tipo.

El siguiente compromiso tampoco se debe olvidar. Fue la derrota en casa con el Zorya Luhansk, que situó al Athletic en la urgencia, si bien espabiló. Tras firmar otro ridículo (este feliz, 2-2) en el feudo del Ostersunds, ganó en las tres jornadas restantes. Ante el Zorya se produjo la grave lesión de Muniain, alma y motor del conjunto en los dos primeros meses del curso.

LESIONADOS Y FIJOSNo cabe pasar por alto el capítulo médico, una complicación permanente cuyos efectos se dejaron sentir en diversas fases, especialmente al inicio, cuando Ziganda trataba de asentar las bases. Muniain, De Marcos ausente tres meses, Beñat y su tardío paso por el quirófano, Iturraspe en dos ocasiones, Rico indispuesto casi tres meses, Yeray inédito hasta febrero, etc. En fin, una sucesión de contratiempos que repartió minutos entre otros elementos que no respondieron al envite y que no se van a mencionar aquí. A dicho hándicap se añadió la escasa aportación de varios fijos que sí se pasa a nombrar: Aduriz, Raúl García, Williams o Laporte.

Un cuarteto básico alejado del nivel de otras temporadas, lo que malamente se puede compensar. Huelga referirse al peso específico de los tres primeros por su capital valor de cara al gol. Se dirá y es innegable que han marcado unos cuantos, pero su liderazgo se ha resentido con las consecuencias que ello provoca en el poder competitivo del colectivo.

DISGUSTO COPEROCon serios problemas para ofrecer una imagen sólida, instalado el equipo en una irregularidad rampante, y con Ziganda acusado de despersonalizar al equipo, de no darle un sello definido, en diciembre llegó el petardazo de la Copa. En el minuto 95, el Formentera dejaba atónito San Mamés. La posibilidad de cortar la cabeza del míster se estimó entonces como innegociable para reactivar el equipo. Con la perspectiva que concede el tiempo este criterio quizás cobra mayor sentido, pero ocurrió lo inesperado. A los pocos días se le plantó cara al Madrid, se entró en los dieciseisavos de la Europa League y se ganó al Levante a domicilio.

Era el comienzo de una racha de diez partidos sin derrota. Solo cuatro fueron victorias, pero constituía un avance considerable que abría la expectativa del clásico empujón de segunda mitad del calendario. En vano. De repente la cosa volvió a torcerse y cuesta saber los motivos: a un afortunado empate con el Eibar en casa le siguió el ridículo en Girona, donde el diseño de una revolución táctica dejó a Ziganda muy malparado.

SENTENCIADO Lo posterior no contribuyó a alimentar calmar las aguas. Las deserciones calaban en La Catedral, ni eliminar al Spartak de Moscú compensaba digerir un Athletic sin respuesta ante el Olimpique de Marsella y tambaleante en el ámbito doméstico. Un rato o una tarde decente, dos incalificables, y así. Para marzo, ante la insistencia de las preguntas, Urrutia se veía en la tesitura de afirmar que los intereses de la entidad estaban por encima de los contratos firmados.

Ziganda estaba sentenciado, pero el presidente valoró que a esas alturas no procedía una iniciativa drástica. Al margen de que fuese un posicionamiento defendible, la realidad es que todavía tuvo el equipo chance para arreglar el año. De hecho, compensó con creces el infortunio ante el Celta brindando ante el Villarreal la mejor tarde de la era Ziganda y estuvo en un tris de rubricar una hazaña en el Bernabéu. Claro que a caballo de este par de ejemplos prácticos de que el Athletic poseía argumentos para completar una temporada muy distinta, intercaló sendos despropósitos ante la afición contra el Deportivo y el Levante.

SIN MÁS BALASFue el punto final, como luego subrayaría Ziganda. Ahí ya no le quedó más remedio que enterrar las escasas, aunque reales mirando la tabla, posibilidades de haber enmendado el cúmulo de encuentros donde el Athletic fue dejándose a jirones su prestigio y las ilusiones de sus seguidores. Una tarde digna a costa del Betis es la última muestra de que no ha estado a la altura de su potencial, una minucia que no compensa los derbis de Anoeta y Mendizorrotza. Los altibajos, algunos realmente incomprensibles, han continuado siendo la seña de identidad del conjunto hasta hoy.

De agosto a mayo ha vivido la afición del Athletic sin saber a qué atenerse, asistiendo a espectáculos deprimentes que han agotado la paciencia del personal. Desde luego, el contraste con respecto a los ejercicios previos ha sido fuerte, de ahí la descarnada exteriorización del hartazgo que ha ambientado San Mamés, escenario que para más inri ha acogido las peores muestras. San Mamés, con el cómputo de los datos en la mano, ha sido la tumba de este Athletic desconcertante.

INERCIA IMPARABLE“El equipo puede jugar bien y puede transmitir. En estos seis años ha hecho cosas extraordinarias, la idea es mantener esa línea y mejorarla”, aireaba Ziganda un año atrás. Y reiteró esta idea durante meses y meses, persuadido de que en algún momento elevaría el vuelo. Predicaba en el desierto. Que lo habrá intentado no se pone en duda, tampoco que los jugadores una vez comprobado que se habían metido en el atolladero lo habrán intentado, pero la inercia negativa ha arrastrado a todos.

En efecto, lo que no mejora, empeora. Y Ziganda paga con la destitución su cuota en un proyecto frustrado que no ha podido dirigir a su gusto. Hay decisiones propias que le han perjudicado, por ejemplo ir de frente de palabra y no articular medidas prácticas coherentes con su pensamiento futbolístico. Asimismo, no han faltado errores difíciles de justificar, pero sobrevuela la convicción de que ha carecido de los apoyos precisos para salir adelante. Para concluir, una frase más del entrenador que se va: “Hay mucha gente con la que he trabajado y a otros les puedo conocer del roce de Lezama. El mensaje será a diario y se tiene que impregnar en la piel y en la cabeza de cada uno en el vestuario y en el campo de entrenamiento”. Era julio y sonreía.

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