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A la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes

Por Carmen Torres Ripa - Miércoles, 11 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

columnista Carmen Torres Ripa

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columnista Carmen Torres Ripa

BUENOS días, señora: Verá, la vida es bastante difícil para los que caminamos a pie. Somos mayoría y trabajamos nuestras horas para poder llegar a una situación más o menos estable, a veces ni siquiera digna. Para poner una línea más en su currículum, usted quería un máster de posgrado de Derecho Público del Estado de las Autonomías por la Universidad Rey Juan Carlos. Y como los títulos deben de conseguirse en su posición con más facilidad que en la del resto de estudiantes que acuden con asiduidad a las clases, usted logró ese máster sin acudir presencialmente a las clases. Según sus declaraciones: “Lo había hablado con los profesores dado mi cargo”. Y le dieron su título con la presentación de un trabajo. Hasta aquí lo que usted ha asegurado. Según el jurado que supuestamente le dio un 7,5, las firmas que aparecen en su titulación son falsas y en su casa no aparece -“tengo montones de papeles”- ese trabajo que le daría digamos “legalidad” a su máster. Pienso, es una opinión, que si fuera así de fácil tener un máster, la mitad de los universitarios que terminan su carrera harían los trabajos necesarios para no gastar tiempo y dinero -mucho dinero para su precaria economía- en un máster. Al fin, son los padres quienes pagan ese plus académico. Pero esa es otra historia. En este país hay muchos que han tenido la misma suerte que usted: títulos gratuitos.

Seguramente, no imaginaba que cualquier día se podía descubrir lo que hizo porque nadie se iba a enterar de que no lo hizo. A fin de cuentas, quién se iba a ocupar de cuándo se matriculó en su famoso máster y cuándo lo terminó. Pero alguien -¿quién fue?- frunció el ceño y… “¿Cómo fue que yo estuve en ese máster y a esa señora no la vi?”

Por su dignidad -dada la extraña situación-, hasta que se aclarara el tema debería dimitir. Pero usted, señora Cifuentes, insiste en que no dimite como presidenta de la Comunidad de Madrid “porque tengo el honor de pertenecer a un partido con miles de honrados”, ha dicho en Sevilla. No dimite, aunque no conste en ningún sitio el acta fin de grado, aunque tampoco haya sido remitida la memoria de ese trabajo fin de máster y aunque no se puede garantizar que la defensa del trabajo haya tenido lugar. Además, usted no se acuerda ni del tribunal. Cada uno de nosotros tenemos en la cabeza los nombres y caras ante los que nos hemos tenido que examinar, ya mayores, al menos después de terminar una carrera universitaria. Sin embargo, usted se permite la chulería de decir: “¿Qué culpa tengo yo de que los responsables universitarios hagan excepciones a las normas que rigen para cualquier mortal? Si buscan un culpable, miren a la universidad que se saltó las reglas”. Ciertamente, hay universidades que se saltan las reglas. Uno de sus compañeros del PP ha manifestado: “No se puede mentir con más sinceridad”. La frase es genial.

Creo que lo descrito en este preámbulo es, más o menos, lo que hasta este momento ha venido ocurriendo.

Tener carrera y no ser universitaria Pues verá, señora, lo que cuestan cosas más sencillas como recuperar un título después de haber estado en la Universidad. Perdóneme que hable de mi situación, al fin siempre termino hablando de lo que sé con certeza. Disculpe.

Hace muchos años, tengo más años que usted, terminé mi carrera de Periodismo en la Universidad de Navarra. En aquel tiempo, Periodismo era Periodismo y no Ciencias de la Información. Había hecho mi tesina fin de carrera y aprobado una reválida durísima con un tribunal de la Escuela de Periodismo madrileña, ya que la Universidad de Navarra es privada y entonces era necesaria esa convalidación de los estudios de Periodismo. El tribunal, creo que venía incómodo y posiblemente -quizás eran ideas de estudiantes asustados- con idea de suspendernos.

Me casé y a los tres años salió una ley que obligaba a tener Preuniversitario. Yo hice Bachiller Superior porque para estudiar Periodismo -y otras muchas carreras- no se exigía Preuniversitario. Los que estábamos en mi situación pleiteamos pero, después de gastar mucho dinero, perdimos y nos encontramos ante una situación paradójica. Era periodista, pero al no tener Preu, no me servía ni la convalidación de Madrid ni la carrera terminada.

En ese tiempo, salieron los exámenes de acceso a la Universidad para los mayores de 25 años. En Iruñea nos ofrecieron la posibilidad de estos exámenes. Yo no tenía edad. Muchos de mis compañeros se presentaron en la Universidad de Navarra y en vez de ser aprobados -como era lo lógico- les suspendieron a casi todos. Permítame que opine: fue una situación humillante y hasta degradante para la universidad. Realmenten tenían que haber puesto Apto porque los presentados, hacia años, habían estudiado allí. En fin, yo también vi situaciones que prefería no haber visto. Seguro que, a usted, señora, le hubieran dado la papeleta de Apto sin presentarse.

Felizmente no fui a examinarme a Iruñea, me parecía más lógico hacerlo en Bilbao y además aún no tenía la edad exigida.

Cuando cumplí 25 años, estaba esperando un hijo. Así, embarazadísima, me inscribí en la Facultad de Económicas de Bilbao al examen de acceso a la Universidad. Las técnicas habían cambiado. Los exámenes eran una especie de test que desconocíamos.

Nos presentamos 128 y, cuando terminé el examen, tenía autentico complejo de imbécil. Primero, porque no sabía lo que había hecho, y segundo, porque me sentí absurda al tener que hacer un examen para entrar en la Universidad después de haber estado en la Universidad y haber terminado una carrera.

Aprobamos trece. Esas trece gloriosas personas, para conseguir esa posibilidad de ingreso en la Universidad tuvimos que asistir a un cursillo. Lógico, teniendo en cuenta que muchos de los que se presentaron conmigo no habían hecho más que los estudios primarios. En ese cursillo -obligatorio- nos iniciaban en Filosofía, Geografía, Historia…

Era septiembre y solo hacía unos días que había nacido mi hija Susana. Ni el saber que estaba amamantando a un hijo me liberó de ir. Pedí dispensa a los profesores alegando que, lógicamente, esas nociones las tenía sabidas y aunque -aseguré, con amabilidad- me encantaría asistir a sus clases, no podía por la crianza de mi bebé. Conseguí que me libraran los profesores de Historia, Francés y Geografía. El profesor de Filosofía se negó y me obligó a asistir a unas soporíficas disertaciones sobre quiénes eran Aristóteles, Sócrates y Platón. Además, pasaba lista para saber si estábamos los trece.

Una tarde de sol -las clases eran a unos horarios incomodísimos- se puso a llover de improviso y comenzó un frío inexplicable en el mes de octubre. Cogí una mastitis por culpa del cursillo y estuve gravísima. Acabaron mis clases y me dieron mi certificado de asistencia. Luego tuve que matricularme en Ciencias Económicas. Con este título ya era universitaria y podía estar inscrita en el Registro Oficial de Periodistas. Esto ocurrió en 1972 y mi título de Iruñea data de 1967.

Después -y ya porque me dio la gana- hice otro tipo de historias, nuevos trabajos de tesina (todos reales) y pagué 89.000 pesetas (no existían los euros) como nueva matrícula a la Universidad de Navarra para convalidar Cuarto y Quinto curso. Cuando yo estudié era ingreso, tres años, tesina y convalidación de Madrid.

Resumiendo, ahora soy graduada y licenciada en Ciencias de la Información y no sé qué cosas más. Creo que solo me falta el doctorado.

Como se puede imaginar, señora, en esta carrera de obstáculos, cualquier día me preparo para este último título. Seguro que entonces usted sigue buscando un trabajo que nunca hizo, pero que, seguro también, encuentra en el disco duro de los asuntos pendientes.

Le deseo éxito en esa búsqueda.

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