la última saga de ‘mahatsorris’

Pedro, Begoña, José y Tomás, begoñeses de pura cepa

Nacieron en la república independiente de Begoña, entre viñedos y ganado, cuando se comulgaba en ayunas o se llevaba a las ovejas al matadero andando. Pedro, Begoña, José y Tomás pertenecen a la última saga de ‘mahatsorris’

Un reportaje de Arantza Rodríguez - Domingo, 12 de Febrero de 2017 - Actualizado a las 06:03h

Pedro Echevarría, Begoña Rekalde, José Echearte y Tomás Lanzagorta posan junto a la basílica de Begoña.

Pedro Echevarría, Begoña Rekalde, José Echearte y Tomás Lanzagorta posan junto a la basílica de Begoña. (Borja Guerrero)

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Pedro Echevarría, Begoña Rekalde, José Echearte y Tomás Lanzagorta posan junto a la basílica de Begoña.

TIENEN de 90 para arriba y y son begoñeses de pura cepa. De esos que nacieron cuando el barrio era una república independiente, alfombrada de viñas, con su ayuntamiento y sus caseríos. “Begoña era grandísima. Llegaba hasta el Campo Volantín, rayaba con Basauri, Galdakao... y los bilbainos nos chorizaron todo”, dice medio broma medio en serio Tomás Lanzagorta, uno de los últimos mahatsorris, término con el que se conoce a los vecinos que asomaron al mundo antes de que, el 1 de enero de 1925, la anteiglesia fuera anexionada a la Villa. “En euskera mahats orri es hoja de uva y, como había mucha uva en Begoña, todo eran chacolís...”, explica Pedro Echevarría.

Reunidos junto a la basílica de Begoña, donde Tomás, camino de los 95, confía en celebrar sus bodas de platino, este grupito de veteranos se saluda, se pone al corriente de sus achaques y contrasta edades para ver “quién es el más viejo”. También echa la vista atrás y comparte recuerdos. A Begoña Rekalde, del caserío El Corral, se le agolpan en la cabeza “la casa consistorial, que estaba aquí, las escuelas, que estaban allí, los forales que iban a caballo...”. José Echearte evoca cómo en las romerías “el del ayuntamiento tocaba el txistu y el alcalde bailaba el aurresku”. “Venía cantidad de gente andando de Galdakao, Lezama, Mungia... Ahora el que viene viene en coche y punto”, zanja, mientras Pedro asegura que oía la misa desde su propia casa. No en vano vivía en La Novena, un establecimiento próximo a la iglesia en el que servían desayunos. “Antiguamente no se podía comulgar si no era en ayunas. La gente venía sin desayunar de los pueblos y después subían y se tomaban un chocolate con churros. No es porque lo hiciera mi suegro, que era pastelero de Santiaguito, pero le salía el chocolate bordado”, da fe.

A punto de cumplir los 95, Pedro Echevarría se asoma a la ventana de su infancia y contempla los caseríos, las huertas, los frutales, el ganado... Las mismas vistas que divisaba desde el chacolí Arteche, en Otxarkoaga, donde su madre, La viuda, despachaba la cosechaenseguida. “Se abrían por marzo o abril y la gente de Bilbao subía en procesión. A mi casa venía tal multitud que a veces no duraba ni 15 días”, relata. Los vasos en los que se servía, dice, incluso alumbraron a un rey. “Les llenaban de aceite, ponían una lamparilla en cada uno y los colocaban en las columnas de la Plaza Nueva. No sé qué rey español fue el que vio ese espectáculo, pero era muy bonito”.

A las dos o tres vacas que solía tener cada caserío las exprimían hasta la última gota. “Aparte de que servían para trabajar en la huerta, se vendía la leche a los vecinos. La llevaban en cantimploras, esmaltadas de blanco o de color metálico”, precisa. Aunque su familia se dedicaba a la labranza -“la verdura se bajaba a La Ribera”, apunta-, Pedro dejó la escuela con 14 años y aprendió el oficio de protésico dental. “Fue una casualidad que me dejaran. Era un chavalillo y el veterinario era amigo de ese dentista...”, explica.

Aunque a ellos nunca les “faltaba de comer”, ya fueran alubias u otros productos de la huerta, alrededor se percibía el hambre. “Había allí cuatro o cinco casas de pisos y yo veía mucha necesidad. Aquello no era jauja, como algunos sueñan, porque veías a los chavales cómo entraban a las huertas a robar peras, manzanas o cualquier cosa. Entonces había mucha pobreza, mucho más que ahora. No era una cosa idílica. Había que cuidar la huerta”, subraya. A más de uno le pillaron in fraganti. “Muchas veces, pero ¿qué le ibas a hacer a un chaval? Darle un cachete y adiós muy buenas”.

También posa Pedro su mirada sobre “el asador de corderos Maipú”, el Rebotillo -“un pequeño frontón que había debajo del ayuntamiento y donde jugaba de chaval a pelota”-o “los hoyos grandes” a los que iban a divertirse al salir de la escuela. Nada que ver con lo que ve ahora. “Esto de Begoña ya no tiene nada. Ha pasado de ser una aldea a ser una capital. Es un trozo más de Bilbao”.

Entre tanto recuerdo entrañable se filtra la amargura de la guerra. “Echaron bombas cerca del caserío. Mataron a una mujer y a un niño que llevaba en los brazos. En mi casa entró un batallón nacionalista. En otro caserío, donde entró un batallón comunista, cayó un obús”, resume. Por matar el gusanillo del hambre, hacía escapadas a los frutales. “Había peras muy tempranas de San Juan. En Santa Marina se veía el frente. Yo llegué a ver soldados de rango pegar saltos en las trincheras por ir a coger peras, pero como había un poco de hambre, a todo correr. De chaval eres imprudente”, reconoce toda una vida después.

“El sindicato, El Refugio, el bar de Gallaga, Ricardo el herrero, Juan de Blas carpintería...”. José Echearte es como un Google Maps retrospectivo. Se pone a hacer memoria y suelta de carrerilla todo lo que había en aquella antigua Begoña teñida de sepia. Nacido en el Monte Avril, en el caserío Tetuane, cumplirá 93 años en breve. “Teniendo 2 o 3 vinimos a Santa Marina, a un caserío pegado a la ermita de San Justo. Luego construimos otro”, cuenta. El colegio Berrio-Ochoa apenas lo pisó un curso. “Te mandaban hacer palotes en el cuaderno y me salían torcidos. Cuando empecé a aprender un poco, a cuidar ovejas”. Por eso se conoce todo Begoña, por las pateadas que se pegaba con el rebaño. “No había más que monte y, del camino para arriba, pinos. Ahora está todo alquitranado. Quitando Arbolantxa, donde quedan cuatro o cinco caseríos, esto no es ni conocido”, lamenta. Cuando empezaban las ovejas a parir, de enero hasta mayo, calcula, “el difunto padre alquilaba prados en el túnel de Lezama. Allí bajaban las ovejas casi hasta el cuartel de la Guardia Civil”, dice con una sonrisa.

Al matadero de Matiko las llevaban andando. “Si una corría mucho y las otras no podían seguirle, le amarrabas una pata a la otra”, confiesa. Allí se las compraba José, el cabrero, que tenía un puesto de carne de oveja y cabra en La Ribera. “Una vez que fui solo me compró un richi y una onza de chocolate y para casa”, cuenta y, a juzgar por su semblante, se diría que aún la paladea. La hortaliza, explica, “la vendían en la plaza pequeña, en Brigadas de Navarra, la madre, la hermana o el que fuese porque entonces ninguno tenía un destino fijo”, aclara José, que, tras la mili, trabajó “de peón y caminero para la Diputación”.

A falta de teléfonos, las cuadrillas se iban reuniendo en la calle. “Como ibas andando, dabas con uno y, al de un momento, te juntabas con otro. Tomabas un vino, echabas una partida... Hoy, con el coche, no conoces a nadie”, dice y añora “el roce con los vecinos” y aquel ambiente “más divertido y familiar”, en el que reinaba el compañerismo. “Antes se sembraba trigo y maíz y uno le acompañaba al otro a labrar sin interés ninguno. Ahora vete a buscar a alguno que te vaya a trabajar”.

No todo era sudar la gota gorda. También había tiempo para la diversión. “Los domingos íbamos al baile de La Casilla andando. También íbamos a la romería de San Juan en Sondika, a Santa Lucía andando por el Pagasarri, a la fiesta de San Roque en Artxanda, San Pedro en Deusto, San Justo...”, recita. Y, por supuesto, a las de Begoña, donde “se hacía un baile con acordeón, pandereta y listo. No había música como la de ahora”. Tampoco, dice, se volvía de madrugada. “Entonces te retirabas sobre las nueve y media o diez. No como ahora, que vuelven al otro día”.

De la guerra recuerda “la tensión, porque no sabes por dónde viene el tiro”, “el cinturón de hierro por encima de Lezama”, “el cañonazo que le dieron al sanatorio de Santa Marina” o “los aviones que salían de Sondika o Lamiako y para descargar peso tiraban las bombas”. “Había un túnel donde se refugiaba la gente. Empezaban a tocar las sirenas y hanka para donde sea”, comenta José, que se refugió con su familia en Zalla. “Al volver en el caserío estaba escondido mi hermano mayor, que había pasado en Zorroza por un cable porque habían tirado los puentes”. A pesar de que no pasaron hambre, porque su padre “traía de Sollube alubia y maíz para hacer talo”, sí se quedaban con las ganas. “Aunque tenías perras, no podías comprar porque no había. Luego pusieron el racionamiento. Te daban un chusquito de pan, cien gramos de esto y arréglate. Entonces, con el apetito que tenías, aquello te entraba por el ojo... Y no había nada más”.

“Yo soy de Begoña de toda la vida”, declara Tomás Lanzagorta por si alguien albergara aún alguna duda. De hecho, nació en Bolueta, justo en la muga con Bilbao. “La casa pertenecía a Begoña, pero si nacía una vaca, era de Bilbao, que es donde estaba la cuadra”, explica. En el caserío de Tomás Legarreta, su aitite, presume, tenían “las parras más grandes de todo Begoña y había muchos racimos de kilo”. También, dice, “la Diputación de Bizkaia tenía una viña que llegaba desde Uribarri hasta Artxanda. Había chacolí bueno y en cantidad. Ahora los enólogos lo adornan todo, pero entonces el que era malo había que tirar”.

Tomás, que trabajó en la Compañía Euskalduna, y ahora reside en un caserío próximo al Colegio Alemán, echa de menos “el pan de leña de La Antigua” y disfruta recordando cómo bajaban “cantando bilbainadas desde San Roque”, que “jugaba a pelota en el depósito de aguas de Bolintxu” o “el baile y los fuegos artificiales de las fiestas de Begoña”. También rememora, en la otra cara de la moneda, cómo cumplió los 16 años “en primera línea de fuego”. “Quedé enterrado por las bombas y tengo el brazo y las rodillas fastidiados”. Ahora se suman las dos caderas. “Tenía una mala y la otra ha cogido envidia. Ya 95 años, será por eso... Hay muchos más viejos que yo, pero no han nacido en Begoña”.

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