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Madrileños a la conquista de Bilbao

La cuenta atrás comienza a consumirse: faltan solo veinticuatro horas para la boda de Jorge y Janire. Sus amigos, venidos de la capital del Estado, saborean el botxo

Por Aner Gondra Fotografía José Mari Martínez - Viernes, 14 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Janire, en el centro, y Jorge, a la derecha, brindaron con sus amigos madrileños en la víspera de su boda.

Janire, en el centro, y Jorge, a la derecha, brindaron con sus amigos madrileños en la víspera de su boda. (J.M.M.)

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Janire, en el centro, y Jorge, a la derecha, brindaron con sus amigos madrileños en la víspera de su boda.

CUANDO uno entra en la Plaza Nueva es aconsejable no ir directamente al punto de la misma al que uno pretende llegar. La línea recta es el camino más corto entre dos puntos. Sí, es cierto. Pero también lo es que lo mejor del viaje es siempre el camino. Y la Plaza Nueva ofrece un camino cuadrangular, con cuatro aristas y cuatro ángulos en los que uno nunca sabe qué se va a encontrar. Sus soportales, refugio del sol y de la lluvia en verano e invierno, son un manto bajo el que puede suceder o aparecer cualquier cosa.

En una esquina, en esa en la que la plaza se asoma a la calle de la Libertad (¡qué bonito nombre tienes, calle de la Libertad!) se intuye un tumulto. De lejos no se aprecia si se trata de diferentes grupos que se atraen como se atraen los planetas entre sí, pero a medida que uno se aproxima, va comprendiendo que se trata de una sola cuadrilla de amigos. Bailan. O algo parecido. Cantan. O algo parecido. Y beben. Sí. No hacen algo parecido a beber. No cabe la menor duda de que beben.

Son muchos, chicos y chicas, y cada uno busca la mejor manera de reír con otro compañero. “¡Estamos de preboda, porque mañana se casan Jorge y Janire!”, explica Alberto, que asegura que es de Madrid, como la gran mayoría del batallón que le rodea. Javi, Raquel, Mari... La legión se va presentando sin ocultar la felicidad de sus caras. Silvia y Alberto, por ejemplo, son de Getafe. Como Jorge, el novio, que también pulula por la sombra de la Plaza Nueva, sabedor de que él es el culpable de que toda aquella gente se lo pase tan bien en la capital del mundo.

Bueno, en realidad ese mérito es de su futura mujer, Janire, que es la que ha tenido el honor de nacer en Bilbao. Con la excusa de presenciar su enlace, toda esa cuadrilla de amigos madrileños ha llegado al botxo para hacer turismo durante cuatro días.

“Hoy hemos estado en San Juan de Gaztelugatxe”, confiesa una de las jóvenes madrileñas que, como recuerdo del rincón bermeotarra, se ha colocado un pañuelo de arrantzale al cuello. La visita a la ermita era de obligado cumplimiento, como para miles de adictos a Juego de Trono que no quieren dejar pasar la oportunidad de ver con sus propios ojos Rocadragón. Hilando un poco más con la serie de los Stark, Lannister y compañía, estos amigos madrileños tal vez deberían andar ojo avizor. Mucho cuidadito con mezclar Juego de Tronos y bodas... ¿O es que no se acuerdan de las Bodas de Sangre? Igual tienen que apretarse el nudo de la corbata si empiezan a oírse en el convite las primeras notas deLas lluvias de Castamere.

“Pues es superbonito”, sentencian, “y San Mamés también”. San Juan de Gaztelugatxe y La Catedral. Si en un día solo puedes ver dos cosas de Bizkaia, no es mala elección. Desde allí, hasta la Plaza Nueva, los madrileños decidieron esmerarse en las costumbres autóctonas. “Hemos venido por la calle Pozas. Nos hemos pasado un poco en esa calle bebiendo. Hemos venido de txikiteo desde San Mamés hasta aquí”. ¡Pero que es al revés! ¡Hay que ir de txikiteo desde el Casco Viejo hasta San Mamés! “Uy, no pasa nada”, responde Alberto, “si ahora tenemos que volver hacia allí”.

Antes de abandonar la Plaza Nueva, Alberto cae en un tópico bilbaino: “La comida, espectacular. Los pintxos… ¡buff! En Madrid, joder, te ponen una tapita reducida y contento. Así da gusto”. La sonrisa se le borra de la cara cuando explica que volverán a Madrid al día siguiente de la boda: “Con la resaca”. Gora ezkonberriak!

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