Filibusteros del sentimiento

Domingo, 9 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

EN soledad. La educación judeocristiana que nos han inculcado en nuestra infancia nos ha reportado efectos sociales ambivalentes, positivos muchos de ellos;pero también nos ha marcado, cual marchamo demoledor, aspectos negativos en cuanto a visibilidad, a manifestación exterior de algunos sentimientos.

Es difícil llorar con dignidad, a no ser que poseas dotes dramáticas innatas, quizás pulidas en el hall del anfiteatro;y ello está reservado por los dioses para unos pocos avezados tocados por el aura talíaca. Son admirados y envidiados, imitados sin sonrojo por políticos arrepentidos y estudiosos de másteres sin complejos. Gozan de la empatía de sus orgullosos amigos y, aunque de modo inconsciente, caminan cual pavo henchido entre los corrillos nocturnos otoñales de plañideras. Actúan como filibusteros del sentimiento.

Para los otros, aquellos mortales que caminan desapercibidos, inhabilitados por la estepa urbana, les quedan otros recursos, menos prosaicos pero más eficaces, menos tangibles pero igual de efectivos. Para ello se necesita la compañía del cansancio, la necesidad de explayarse, la intromisión del aislamiento, la evocación del ayer.

El resultado está asegurado, relajante y excitante, gozoso, estridente y arrullador;la simbiosis de los contrarios. Llorar en soledad solo requiere intimidad;y recuerdos, muchos recuerdos. Bendita bendición.

Ya va para un año. El tiempo transcurre con diferente tempo, con frecuencia de manera parsimoniosa y a veces como un relámpago;pero lo que transcurre con el mismo tempo son los recuerdos. A veces son voraces, cual tragaldabas, y asociamos lo que ocurrió hace años con historias más recientes con unos pocos nexos de unión como un olor, un gesto o una imagen, pura memoria intuitiva. Son cual islas engarzadas con pesadas argollas imposibles de romper e incluso de tergiversar si no hacemos del autoengaño nuestro acto de fe.

Y ello nos evoca a un tiempo pasado que a veces añoramos pero otras tantas nos alegramos de su paso. No cabe el distanciamiento, solo la desnudez del recibimiento.

En este tiempo hay escaleras y no es un ascenso continuo, primera, segunda, tercera;mas bien es un ascenso febril con caída libre en unos pocos segundos. Y siempre va unido, inexorable, a la melancolía, a veces a la tristeza;con la aparición de unas lágrimas como resultado final;con frecuencia son lágrimas de rabia, otras veces de desazón y desconsuelo, pero nunca de alegría.

Y es que la situación lo amerita. El romper el cordón umbilical con los orígenes nos embrutece. Lo que somos representa lo que hemos sido, alguna arista se ha podido limar, poco más;el sustrato permanece inalterable. No sé si el carácter se hace o con él se nace, pero en ambos casos va unido a algo tangible;y es esto lo que te atrapa a la vez que te retrotrae a la infancia. Los juegos (si acaso los había), algunas celebraciones como la comunión primera que siempre se celebraba en familia y en la casa de la abuela, algunos miedos irracionales al hombre del saco y algunos sabañones por falta de arropamiento tanto textil como de arrumacos.

Los recuerdos únicamente los apreciamos cuando a nosotros nos afectan, aun cuando, con frecuencia, los carguemos en la mochila. De todos ellos, los asociados a la casa representan los más atávicos y menos crematísticos, que conforman el nexo de unión entre el ayer y el mañana. Sociólogo

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