Lazos y sogas

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Miércoles, 5 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Miguel Sánchez-Ostiz.

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AMARILLOS los lazos. En ponerlos y en quitarlos se desarrolla ahora mismo la vida política española, embriagada de cainina, ese potente alcaloide que por flotar en el aire es gratuito.

Con lazos o sin ellos, el enfrentamiento civil, todo lo sordo o abierto que se quiera, está más que servido. Son días de empujones y bronca callejera que va a más. Veo ya muy difícil la recomposición de una sociedad catalana (y no catalana) de concordia que no pase por la sumisión de al menos uno de los tres bandos -dos activos y enfrentados, y uno pasivo- y no por la convención y el pacto. Mejor no hablar de pacificación por la fuerza porque eso ya no conduce más que al encono redoblado, al acogotamiento de hoy y a los palos de mañana.

Los lazos se ponen y se quitan, a ser posible con luz y taquígrafos, y diseño publicitario detrás, y se vuelven a poner dentro y fuera de Catalunya, en una marea imparable que hace del amarillo un color peligroso, como bien sabe el cámara de Telemadrid agredido por un militante de C’s de manera impune o quien tropiece con los andamios a los que un espontáneo arrancó las protecciones de seguridad de espuma amarilla. Cuidado con los espontáneos y, si son lumpen y carentes de instrucción elemental (manifiesta), peor que peor. Deberían avisarlo con cartelería callejera.

Rivera quita lazos en olor de tropa rendida hasta que tropieza con alguien que de manera legítima no se deja tocar sus lazos, a la cara, en solitario y sin matones… los matones son siempre cosa del otro, nosotros, como es bien sabido, a los de nuestra tribu me refiero, somos siempre Abeles, aun cuando escondamos la cabritera en el cinto. Y cuando los hechos no concuerdan con lo que nos convendría que fuera, se miente con descaro porque el aplauso de los nuestros hace de la mentira verdad.

“Les quiero fuera ya”, dicen que dijo Marlaska -ministro que se retrata a cada paso, antes y después de ser nombrado-, refiriéndose a los inmigrantes que asaltaron la valla de Melilla por las muy bravas. Peligro corre que esa frase se haga ideología política y programa, referida a inmigrantes, sí, pero también a otra gente molesta por su ideología para la buena marcha del régimen con su variante tan conocida de “Les quiero dentro ya”.

Lazos de más o de menos, mientras que uno de los involucrados en una pelea de origen, motivos y detalles confusos -condenado ya de manera mediática como agresor antes incluso de que se cierre la instrucción-, ha sido detenido por la Policía Nacional el agresor del periodista Jordi Borràs -con abundantes testimonios de los hechos-, policía nacional, no ha sido hasta ahora mismo inquietado, ni a lo que parece retirado del servicio. ¿Qué confianza podemos tener en una justicia politizada hasta las cachas? Que cada cual responda a esa pregunta desde su trinchera, yo por si acaso, pensaré que cuanto más lejos me encuentre de ella, mejor.

Urnas y tribunales, la vida pública española pasa por estos de manera irremediable. Así, asociaciones poco sospechosas de sostener sociedades civiles y democráticas, como una de legionarios que anda a vueltas con Millán Astray o esa otra que cuida del buen nombre del dictador, denuncian a quienes les viene en gana, a poco que disientan de su ideología, por presuntos delitos de odio, que como todos sabemos es siempre cosa del otro, no de aquellos que de manera bochornosa y pidiendo a gritos bozales, como para los perros peligrosos, salpican con sus ferocidades las redes sociales de manera impune, algo que no sucede con izquierdistas o independentistas y radicales antisistema, que son cazados a bote pronto. Unos sí, y otros no. Seguimos con la seguridad jurídica a la española.

Lazos amarillos, rojigualdas como garrotas, brazos en alto, berridos, no, más bien una sólida soga echada al cuello, la de una sociedad cada día más enfrentada en lo público y en lo privado, más sectaria y banderiza, que se está ahorcando con cuerda larga. Basta militar en algún bando y leer el parte que corresponda para no verlo, y pensar que se vive en vuelo.

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