acogidos en Hegoalde

Fin de la aventura en tierras vascas para los niños de Chernóbil

Los 192 menores vuelven a Ucrania después de pasar el verano “limpiando” su cuerpo de la radiación

Un reportaje de Marta Hidalgo Fotografía de Esti Veintemillas - Martes, 28 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Xabier Etxaniz y Ainara Artaza, junto a Polina.

Xabier Etxaniz y Ainara Artaza, junto a Polina.

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Xabier Etxaniz y Ainara Artaza, junto a Polina.

“Que se vaya forma parte del programa, allí tiene su familia que, como nosotros, la quiere” “Para la segunda semana teníamos claro que el año que viene volveremos a acoger a Polina”

Los niños de acogida vuelven hoy a Chernóbil después de pasar dos meses en pueblos de Bizkaia, Gipuzkoa, Araba y Nafarroa. En julio empezó lo que para algunos era su primer verano fuera de Ucrania;para otros fue el reencuentro con sus familiares euskaldunes pero, más allá de la emoción que supone el volver a verse o el conocer a los padres de acogida, para los 192 menos que llegaron a Hegoalde estos dos meses significan salud.

“Para los niños esto es una aventura, es un mundo nuevo”, manifestó “de parte de los niños” Sveta Volochay, una de las monitoras de la asociación Chernóbil. Según explicó ayer, 40 días son suficientes para “limpiar el cuerpo de la radiación” que acumulan las personas que viven cerca de Chernóbil. “Todo lo que comemos es de la tierra, y en la tierra hay radiación”, indicó. La monitora agradeció “al pueblo euskaldun” que “hace más de veinte años recorrió tres mil kilómetros” para preocuparse por Chernóbil mientras su gobierno “se ha olvidado” de ese pueblo.

Con la emoción a flor de piel, una de las madres de acogida confesaba que ya llevaban unos días llorando por la despedida. Desde que Tanya tenía nueve años viene todos los veranos a casa de Kontxi Zubillaga y sabe que ella “tiene que irse, tiene una familia que también la quiere mucho”. En un euskera prácticamente perfecto, Tanya cuenta que desde que viene en verano se nota más fuerte y tiene menos dolores en las piernas, por ejemplo. Aquí disfruta de la playa, la piscina y de los restaurantes pero, sobre todo, cuenta que allí cuando quiere algo su madre se lo niega, “y aquí le dicen que sí”.

Las normas claras

Uno de los consejos que da la asociación en el cursillo de preparación para la acogida es que las normas tienen que estar muy bien marcadas para poder disfrutar de los meses de verano. Xabier Etxaniz y Ainara Artaza han pasado su primer verano como aita y ama de acogida con Polina, una niña “muy cariñosa” de 7 años. “Hay que enseñarle que hay que levantarse pronto y que si hay que irse de la piscina en diez minutos son diez, no quince” cuentan, “pero como a cualquier niña o niño de siete años”.

Novatos en esto de acoger, aseguran que desde la segunda semana tenían claro que en diez meses estarían esperando a Polina de nuevo. Cuentan que las dos primeras semanas de acogida fueron “tensas” por el impedimento del idioma. “No sabíamos cómo comunicarnos, qué quería y qué no”, pero “la cuarta semana ya no había quién la callara”, bromea Etxaniz mientras sujeta de la mano a niña.

La asociación Chernóbil ha traído este verano 192 niños a familias de Hegoalde, 25 de ellos por primera vez. En Gipuzkoa han estado 98 menores (17 de ellos nuevos), en Bizkaia 70 (5 nuevos), en Araba 9 (dos nuevos) y en Nafarroa 15 (uno nuevo). Después de 22 años llevando a cabo este proyecto, el objetivo sigue siendo el mismo: “Unas vacaciones saludables”, sentencia Nerea Albisu, asociada y además madre de acogida por segunda vez.

“Todo facilidades”

Xabier Etxaniz y Ainara Artaza llevaban tiempo pensando en la acogida y, a raíz de un programa en la televisión y unos conocidos en la asociación, decidieron que este era el año de probar. “La asociación lo facilita todo desde la primera reunión” aseguran. Al ser su primera vez, la agrupación les puso en contacto con una familia de acogida veterana y eso les ayudó no solo a ellos para saber cómo sobrellevar la experiencia sino también a la pequeña, “que tenía con quién desahogarse y alguien que le tradujera y le guiara en las primeras semanas”.

Cuando Polina llegó, tenía los dientes mal. Le han puesto nueve empastes y “ha cogido tres kilos”, celebra Artaza. “Cuando se vaya notaremos un vacío, pero esto es parte del programa y lo sabíamos desde antes”. Se lleva la maleta llena de ropa, crema, pasta de dientes y “Cola-Cao, que ella ha pedido”, aunque puestos a pedir, Polina elabora una larga de lista de cosas y, sobre todo, personas, que se llevaría a Ucrania. “Me llevaría a Xabi y Ainara, cereales, el parque, la piscina...” enumera. Hasta dentro de diez meses, los recuerdos tendrán que llenar la falta de lo que es imposible transportar.

Por su parte, Kontxi Zubillaga avisaba a Tanya: “el miércoles te llamo para saber qué tal has llegado”, le dice. Durante el año mantienen el contacto y todos los sábados reservan un momento para hablar por teléfono. “Por suerte”, según Zubillaga, Tanya va a poder seguir participando en el proyecto hasta que cumpla 17 años. Los niños que han participado por primera vez en el proyecto solo lo podrán hacer hasta los catorce. “Cuando son adolescentes la acogida es más difícil”, cuenta Olatz Linacisoro. “Aquí los tratamos como adolescentes cuando allí ya son considerados adultos y eso crea dificultades a las dos partes”, explica.

El programa se dirige ahora a niños y niñas desde los 6 años hasta los 14 y así, explicó Linacisoro, “pueden venir más niños y en cuanto a la salud, el objetivo se cumple igual”.

Zubillaga tiene el proyecto de invertir la acogida y se ha planteado ir a Ucrania a conocer dónde vive Tanya, a su familia y sus costumbres. También a Xabier y Ainara les gustaría, “pero más adelante, cuando Polina pueda hacernos de traductora”.

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