La confesión de Owen

El inglés, segundo Balón de Oro más joven de la historia, odió el fútbol “seis o siete años” por lesiones que minaban su ánimo y le hacían esconderse en el campo

Un reportaje de Eduardo Oyarzabal - Martes, 28 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Owen junto a Di Stéfano el 14 de agosto de 2004, cuando fue presentado como nuevo jugador del Real Madrid.

Owen como jugador del Real Madrid. (Efe)

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Owen junto a Di Stéfano el 14 de agosto de 2004, cuando fue presentado como nuevo jugador del Real Madrid.

EXISTE quien piensa que lo tienen todo, como si el dinero fuera la panacea, la garantía de la felicidad;es un buen compañero de viaje, cierto, pero no decisivo. La verdad es que es complicado cubrir satisfactoriamente todas las facetas de la vida. Aunque no son multitud las ocasiones en las que un deportista profesional descubre sus costuras. La inconfesa realidad de una aparente vida de rosas y champán. Ya sea por lesiones, por cuestiones de índole personal o por simple desgaste de la pasión, muchos se enfangan en los lodos de los infiernos.

Michael Owen (Chester, Inglaterra, 1979) alcanzó el éxito con una precocidad impropia del fútbol. Apenas superada la veintena de diciembres, en 2001, fue coronado con el Balón de Oro. Solo el brasileño Ronaldo, O Fenomeno, se proclamó más joven, por apenas ocho meses. El Liverpool era la factoría de goles de Owen -anotó 158 en 297 partidos-. Pero también allí manó la fuente de su frustración: las lesiones. En el club del You never walk alone, el músculo cedió. Pudo ser anecdótico, como en otros casos, pero en el que acontece fue el inicio del declive de la gran esperanza del fútbol inglés, The Golden Boy, que le decía la grada, quien sin embargo llegó a estirar su carrera deportiva hasta los 33 años. “Cuando me lesioné los aductores por primera vez, se acabó todo para mí;cambié mi forma de jugar”, describe. Caronte robó el alma del jugador inglés y se embarcó hacia el ocaso. Al menos, mental.

Llegó a los 33, no obstante, su ilusión por el balón se apagó mucho antes. “Seis o siete años” atrás. A decir verdad, el Owen del Liverpool, donde permaneció hasta 2004, cuando se desenfundó la camiseta de los reds, jamás se volvió a ver.

Al abandonar Anfield se intuía la apertura de una nueva época, incluso más fructífera que la anterior, en el vestuario de un Real Madrid renombrado como el equipo de los Galácticos. Pero en el Bernabéu, eclipsado, se fue consumiendo la llama del delantero. Su espíritu golpeado como el rostro de un sparring por las fornidas lesiones. Así lo ha confesado en una entrevista a BT Sports, donde desnuda su realidad. La otra cara de una aparente vida idílica pero donde desembarca con espíritu vikingo la frustración para conquistar territorio. “Entré en un estado mental en el que ni siquiera estaba en condiciones de rematar a portería”, evoca. Gangrena que se origina en lo material, el cuerpo, para invadir después lo inmaterial, el ser, su psicología. “Odié el fútbol. No veía el momento de retirarme”, ahonda. Pero la profesión garantiza una opulenta jubilación para quien economiza. El bolsillo. Ataduras. Un tren del que es difícil apearse.

Cuando se exponía a los focos mediáticos, a la crítica popular sobre el tapete, Owen se refugiaba en lugares desangelados. “Me escondía, me metía en zonas del campo donde no estaba nunca”, donde el juego discurría ajeno a su figura. Como las vacas miran al tren. De blanco, su factura goleadora fue de 16 dianas en 45 encuentros. Y, aunque aún con cartel, prosiguió su declive. Concebido así por las elevadas expectativas que trazaron su exquisitez anotadora y juventud. Ejecutor rápido, hábil, preciso y facultado técnicamente, porque solo con dotes se abraza un Balón de Oro. Desde la excelencia. Pequeño y matón.

“En los seis o siete últimos años de mi carrera, me transformé. Me horrorizaba la posibilidad de rematar”, extrae de su oscuro diván. La mente, aunque evasiva, sobrevivía a sus orígenes;el cuerpo no respondía, y esto revertía de nuevo como carambola en su psique, ahondando la enmascarada desesperación: “Lo peor de todo es que mis instintos me decían que hiciera lo de siempre. Nací para ser futbolista”. La situación degeneró. Así, “cuando McManaman -compañero en el Liverpool y la selección inglesa- agarraba la pelota y me la podía pasar en profundidad, pensaba: ‘No lo hagas, por favor, pásamela en corto’”.

La productividad de Owen se desinfló. En el Manchester United, donde recaló tras su única temporada en el Madrid, cuajó 17 goles en 52 lizas. Una vez descartado por los red devils, se mudó al Newcastle (30 goles en 79 partidos) y luego llegó el epílogo de su carrera, el Stoke City (1 tanto en 9 partidos). Militó además en todas las categorías de la selección inglesa. Con la absoluta alcanzó 40 dianas en 89 fechas, entre las que se contaron duelos en tres Copas del Mundo y dos Eurocopas, aunque no superó unos cuartos de final.

Dicen que la confesión ayuda a la reconciliación con uno mismo. También con la parroquia, que ahora puede comprender. Aunque estará quien atisbe excusas de un multimillonario. Ese adinerado, Owen, sabe que hay cosas que no compra el dinero.

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