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no todo es fútbol

Un paracaidista en San Mamés

Cuando entro en un campo de fútbol me da por reflexionar y solo me despierto con los goles

Josetxu Rodríguez - Martes, 28 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Varios aficionados guardan un respetuoso silencio ante un gol del Huesca.

Varios aficionados guardan un respetuoso silencio ante un gol del Huesca.

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Varios aficionados guardan un respetuoso silencio ante un gol del Huesca.

AL Athletic lo quiero como si fuera un hijo, aunque la mayor parte del tiempo no sé qué hace ni con quién está jugando. Eso sí, lo defiendo a capa y espada como protegería a la gallina vasca del asedio del Kentucky Fried Chicken. Dicho esto, confieso que cuando entro a un campo de fútbol me da por reflexionar y solo me despierto con los goles. Dos veces en este caso, porque de los otros dos casi no me entero ante el respetuoso silencio que guardó la afición rojiblanca. Lo que más me extrañó es que los jugadores no repitieron en el campo las acciones de gol como hacen para la tele.

Los partidos que he visto de cuerpo presente se cuentan con los pulgares de la mano de un carpintero, es decir, uno o ninguno. Fue en el año triunfal de 1984: me encargaron una crónica de ambiente y creo recordar que vendí la entrada y vi el encuentro en un bar con luces rojas y un tanto oscuro. Pecado de juventud que, como mucho, estaría penado con dos padrenuestros y tres Athletic, gorri ta zuria.

Me sorprendió gratamente que el nuevo estadio tuviera jardines decimonónicos y un pequeño estanque con carpas japonesas. Disfruté de ellos un rato hasta que una viejecilla en silla de ruedas me sacó del error: “Esto es la Misericordia, txotxolo. Si vienes por la reventa, date la vuelta. San Mamés trapichea para pagar al veterinario, pero ya ha cerrado la capilla y se ha acostado. Estos horarios del fútbol estarán bien para los americanos, pero a los socios de edad incierta nos hacen polvo”.

Crucé la calle y me fundí con la multitud, que estaba abarrotada. En los bares, con el cañón a 3 euros, había más sedientos que cervezas;y en los puestos, más bufandas que forofos. Con eso les digo todo. A los hinchas del Huesca se les distinguía perfectamente porque no llevaban la camiseta rojiblanca. El gentío daba vueltas al edificio en busca de acceso, como en la Meca. En la puerta me confiscaron los líquidos corrosivos (kalimotxo) y los petardos, barrenos y cohetes antitanque con los que esperaba animar al equipo. Agradecí el expolio porque la mochila pesaba el recopón.

Piscina colgante

Del Huesca solo sabía que limitaba al norte con la Primera división y, ahora, ya no. Gritaban: “Hueeesca, Hueesca”. Un himno muy pegadizo y fácil de aprender. Los locales decía ¡Uuuy! ¡Uuuy! y “levántate, que no es para tanto”. “Con los recién ascendidos hay que tener cuidado, para cuando te das cuenta te han birlado el partido y hasta los puntos del Eroski”, me comentó Kepa, compañero de grada y clarividente.

Me aburrí a ratos. Largos. De los 90 minutos, 75 estuvieron corriendo de un lado para otro sin llegar a meta. “Yo quitaría el centro de campo”, le dije a Kepa. “Y yo al portero”, dijo él. No estuve de acuerdo porque no están los tiempos para dejar sola una portería con la cantidad de partidos que roban y lo que roban los partidos. Consensuamos que habría que dividir el campo para que jugaran las leonas a la vez. Al circo Price le fue muy bien con las dos pistas simultáneas.

El estadio es precioso, pero desaprovechado. Si quitas a la gente, por dentro está vacío como un huevo Kinder. Seguro que cabría una piscina colgante, como la de la Alhóndiga. Evitaría que los jugadores se mojaran y cogieran la baja para ir de fiesta. El césped es magnífico, aunque yo lo habría bordeado de rosales o viñas de txakoli para darle un toque de color.

Lo dejo ahí por si no me permiten volver. Estas cosas hay que verbalizarlas, si te las quedas dentro luego no duermes. Buenas noches, corazones rojiblancos.

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