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Períodico de Deia
La corrida de toros Garapullos

La verdad y la manga que esconde el quinto as

Diego Urdiales revienta Vista Alegre con la armonía del toreo clásico
Sus tres orejas ‘eclipsaron’ las buenas mañas toreras de Ponce y El Juli

Jon Mujika - Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Un profundo natural de Diego Urdiales ante ‘Gaiterito’ en la fabulosa faena.

Un profundo natural de Diego Urdiales ante ‘Gaiterito’ en la fabulosa faena. ( Borja López)

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Un profundo natural de Diego Urdiales ante ‘Gaiterito’ en la fabulosa faena.

BILBAO. Cuando lo tuvo todo quiso más. Estaba llamado Diego Urdiales a sentarse en la mesa principal de los capitanes, con Enrique Ponce y El Juli con su leyenda y el peso de su historia a cuestas. El, aquel a quien Vista Alegre adora como santo patrón de sus elegidos por la verdad que arrastra sus muleta, pisó el ruedo ceniciento con apenas tres tardes en las mesas de arena a lo largo de este año (¡increíble que un hombre que tan bien sabe dónde y cómo no tenga sitio donde ponerse en los carteles!) y una fe inquebrantable en el toreo clásico al que ha jurado amor eterno, esa certidumbre que brota en los nacimientos de los grandes ríos;en los manantiales de los orígenes. Es el outsaider,el último de la fila, el niño mimado de casa, decían las voces más incrédulas. Le sacarán pronto de la mesa...

Bastó el compás de aquellas verónicas en la madrugada de la tarde, el son de aquel quite en el primer toro de El Juli, para que comenzasen los rumores. “Viene puesto, Diego”, decían en los corrillos, murmuraban en los corrales. El viejo hacer, musitaban los aficionados de escuela antigua. Fue suficiente ese aroma a toreo macho y sepia para que la atención se desviase a esa hombre que arrastra a los suyos;a sus partidarios que entronizan cada presencia y a los toros, que los eleva de la tierra al cielo con las alas de sus telas. Bastaron las cuatro verónicas, dije. Pero no fue suficiente ese cambio de los vientos. Solo el anuncio de que un hombre traía la verdad y el quinto as bajo la manga, no a la manera de los tahures del Misisipí sino como un naipe insólito y casi en desuso. La carta que gana. Ya casi nadie torea así.

¿Y cómo fue así? Asomémonos a la aparición del segundo Tonadillode la tarde (rompió plaza un alcurrucén de tal nombre con el que Ponce no pudo recrearse por andarín y deslucido...), un toro de casta de despertar tardío con el que Diego comenzó doblándose para enderezarse como un capitán en la colina y desplegar una muleta poderosa, una muleta que embestía al toro en un puja maravillosas. Dos tempestades cara a cara, guardándose las distancias primero y desatadas después, cuando los leves desajustes por la izquierda ya estaba sorteados. Aparecieron entonces redondos como globos terráqueos, muletazos largos y lentos que no eran sino el anuncio de lo que vendría después. La espada, empujada por la esperanza, cayo contraria y Diego hubo de conformarse con una oreja, suculento alimento a su coraje.

“A gran peligro os arrojastes/ cuando a decir verdad os atrevistes”, Galopan los versos de Lope de Vega hacia la crónica cuando ya no se piensa, se siente. Porque la verdad del toreo en toda su crudeza, en toda su hermosura, estalló cuando se vieron cara a cara Diego y Gaiterito,el sexto de la tarde. No hay fuerza más grande que la del hambre. Y hambre de gloria llevaba Diego. Y hambre de embestidas el toro, al que Diego susurró al oído aquello de “detén reloj tu camino” en un hatillo de naturales de cámara lenta, cadencioso y tibio como un aire caribe. Era la apoteosis de Moisés: mandó Diego callar a los vientos y a abrirse a las aguas para pasar y tras él lo hizo Vista Alegre entera. Era el guía que les llevaba.

Los olés, imagínenselo, caían roncos de desgarrados. La encastada sangre de Núñez viajaba rendida a un hombre que toreaba con muleta de seda china. Pura delicadeza a campo abierto, una tierra donde la alas del águila de Arnedo planearon toda la tarde. ¿No era este el hombre que entraba por la puerta de atrás? ¿No era el favorito? Cómo no serlo. Cómo no rendirse ante quien siguió las consignas del ilustrado Rousseau cuando dice que “si la razón hace al hombre, el sentimiento lo conduce”. Cabeza y corazón. El mismo sentimiento de las trincherillas de despedida, el mismo arrojo que acompañó a la espada a la segunda para partir en dos al toro. No había otra salida que la bendición de la puerta grande. Cayó sobre él. Nadie quería despertar del sueño.

Ha vivido tardes así Ponce. El diestro de Chiva, ya está dicho, se estrelló tras los primeros clarines con uno de esos toros dequenóy guardó pólvora e imaginación para dibujarle una faena a media altura a Afanosito,un toro de medio pelo, sin clase en los andares ni raza en el empuje. Ponce lo toreó como no merecía el toro que poco a poco fue apagándose como las velas de iglesia.

Tampoco El Juli logró despertar de su letargo a Dinastía,ni siquiera con los seis muletazos a pies juntos a la altura del tres. El animal llevaba la embestida tarda y los naturales, arrancados a dentelladas, acabaron por parársela del todo. Aquel toro dálmata (en la capa llevaba un mapa silueteado en blanco y negro...) lidiado como quinto, era el tris tras dos devoluciones que no enfriaron a Julián. Gallardo y con agallas, El Juli logró arrancarle muletazos de manos bajas entre los tornillazos en una labor tenaz. Todavía no se habían abierto los cielos. Diego miraba y soñaba. No despertó.


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