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arraigo y prestigio

Y La Naja sobrevivió a los fuegos…

El concurso de fuegos artificiales, ligado a las fiestas de Bilbao desde antes incluso de nacer Aste Nagusia, congrega cada noche a 100.000 personas que miran al cielo

Aitziber Atxutegi - Sábado, 25 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

La seguridad no era prioritaria en 1980 cuando se tiraba desde el muelle de La Naja.

La seguridad no era prioritaria en 1980 cuando se tiraba desde el muelle de La Naja. (DEIA)

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La seguridad no era prioritaria en 1980 cuando se tiraba desde el muelle de La Naja.

Sobrevivióa duras penas. Cuentan los que lo vivieron que las cargas de pólvora de los castillos de fuegos artificiales que se disparaban desde la pequeña explanada de la calle Bailén, sobre La Naja, antes de trasladarse a las actuales campas de Mallona, casi terminan con la estación, desde donde se disparaban los castillos pirotécnicos. “Las detonaciones de los valencianos destrozaban los cristales de la estación. Y cómo temblaba el techo… No se la cargaron de casualidad. Tiraban hasta 1.200 kilos de pólvora y, pese a que la mayoría graduaban bien la potencia, los que venían a tirar por primera vez la hacían temblar”, rememoraba hace tres años Quico Mochales, ya fallecido y que, como relaciones públicas de El Corte Inglés, planteó al Ayuntamiento la posibilidad de que la empresa contribuyera con un gran evento en Aste Nagusia. Los fuegos artificiales siempre han estado ligados a las fiestas de Bilbao, antes incluso de que naciera Aste Nagusia como hoy en día la conocemos, aunque no fue hasta 1981 cuando se celebró la primera edición del Certamen de Fuegos Artificiales Bilbao Aste Nagusia. Una década después, el concurso dio el salto al ámbito internacional. Con el paso de los años, se ha consagrado como la cita más multitudinaria de Aste Nagusia: unas 100.000 personas están pendientes cada noche del cielo de Bilbao para disfrutar de los espectáculos pirotécnicos.

Las fiestas de la capital vizcaina siempre han contado con un espectáculo de fuegos artificiales en su programa. De hecho, era uno de los pocos actos gratuitos que había en una época en la que los festejos se reducían a toros, teatro y poco más. Como ya ocurriera con el concurso de ideas para diseñar unas fiestas populares y participativas convocado en 1978, fue el propio Quico Mochales quien planteó al Ayuntamiento en 1981 un gran evento patrocinado por El Corte Inglés. Descartadas una exhibición de bandas de música y un encierro de novillos desde Rekalde, se eligió un concurso de fuegos artificiales. Previamente ya se disparaban castillos de artificio, pero apenas llegaban a tres noches de espectáculos.

Durante aquellas fiestas de 1981 se celebró la primera edición del Certamen de Fuegos Artificiales Bilbao Aste Nagusia, en la que participaron seis empresas de Valencia, Barcelona, A Coruña y Zaragoza, además de la vizcaina Astondoa. A cada una de ellas se le pagó 300.000 pesetas por el espectáculo, que debía durar un mínimo de 15 minutos, y se concedieron dos premios de 100.000 y 50.000 pesetas, galardones en metálico que se suprimieron en 1990. Los fuegos fueron un éxito y para el año siguiente los fuegos comenzaron a lanzarse todas las noches de fiestas, con ocho noches de espectáculo.

Aunque hoy en día los castillos pirotécnicos se lanzan desde las campas de Mallona, esta zona no fue el espacio de lanzamiento hasta 1988. Durante más de cien años, los fuegos artificiales se habían lanzado desde la calle Bailén, en la pequeña explanada que había sobre la estación de La Naja. No solo resultaba peligroso para los espectadores, que se situaban a escasos metros de la zona de lanzamiento, e incómodo para los pirotécnicos, por el reducido espacio, sino también un problema para la propia estación, cuyo techo temblaba con cada zambombazo. Y es que las cargas pirotécnicas, sobre todo las de las empresas valencianas, eran cada vez mayores. Desde allí los fuegos se pasaron unos años al muelle de Ripa, a la estrecha franja que quedaba entre las vías del tren y la ría, junto al espacio que ocupaban entonces también las barracas, todavía un entorno industrializado y con pabellones.

Año clave: 1988 Hasta que, en 1988, Quico Mochales se puso manos a la obra para buscar un nuevo emplazamiento. Se barajaron espacios como Artxanda o el viaducto de la autopista sobre Rekalde, pero no le convencieron. Hasta que dio con Mallona, una explanada que el Ayuntamiento había acondicionado entre la antigua fábrica de gas y los ascensores de Begoña. Contaba el relaciones públicas de El Corte Inglés, a modo de anécdota, cómo una noche se recorrió Bilbao subido a su Harley Davidson mientras Pepe Hernández, Pepillo, disparaba fuegos desde las campas, para comprobar que tenían buena visibilidad desde todos los rincones de la capital vizcaina.

De la noche al día Izaskun Astondoa, última generación de una larga estirpe de pirotécnicos, no recuerda haber visto los fuegos artificiales desde Bailén, pero atesora una anécdota de aquel emplazamiento. “El año de las inundaciones tuvimos que ir a rescatar a un pirotécnico que se quedó aislado con la furgoneta por la zona del Casco Viejo. Seguro que vi alguno en Bailén o Ripa, pero mi primer recuerdo es ya desde Etxebarria. Aita hablaba mucho de los fuegos que se disparaban desde allí”, relata. La gerente de la pirotecnia vizcaina pone los ojos en blanco cuando se le pregunta cuánto han cambiado los fuegos artificiales en estos 40 años de Aste Nagusia. “Un fuego artificial es una combinación de producto y de diseño. Y en ambas partes, además de la incorporación de la tecnología para disparar, ha cambiado mucho. Sobre todo, se ha ganado en seguridad y en espectacularidad”, reconoce. “Los efectos que se veían antes eran mucho más sencillos y simples que a lo que estamos acostumbrados hoy en día”. Hace cuatro décadas, se utilizaban figuras fijas, cohetes multicolores y poco más;la variedad de efectos de hoy en día dejaría con la boca abierta a aquellos espectadores. “Ahora se hace prácticamente cualquier cosa: figuras que sonríen, sauces, crisantemos, magnolias… Cada día nos sorprendemos con nuevos efectos”, reconoce.

Hace años, cuenta, los castillos se disparaban a mano, con una bengala: el pirotécnico iba dando fuego a las mechas, una a uno, con lo que el ritmo del espectáculo dependía en gran medida de la destreza del experto. “Ahora todo el espectáculo se programa y se dispara desde un ordenador, lo que ha permitido que los espectáculos hayan ganado en sincronización”, afirma. “Todos los efectos que son muy rápidos, o secuenciados a décimas de segundos, son impensables de disparar de manera manual, porque dependía de la velocidad a la que se moviera la persona que le daba a la mecha. Ahora puedes, por ejemplo, sincronizar la parte baja con la parte alta. Nada es como era, ni será en un futuro”, vaticina. Para bien o para mal, advierte. “Hay gente muy crítica con el efecto digital;yo también comparto que el fuego artificial tiene que conservar también esa magia de la irregularidad, de que algo te sorprenda y no sea todo tan medido y previsible”.

Sin olvidar la seguridad que se ha incorporado. “Para todos”, advierte Astondoa, tanto para los espectadores como los pirotécnicos. “La normativa ha ido evolucionando;antes apenas había distancia de seguridad con el público y ahora se estable en función del calibre de los artificios que se van a disparar”. En Bilbao, por ejemplo, es de 150 metros -los que separan Mallona de las primeras viviendas de la calle Sendeja-, con lo que los calibres de los cohetes están limitado a 180 milímetros.

los pirotécnicos opinan sobre los fuegos artificiales en Bilbao

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