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La corrida de toros Garapullos

Caiga el peso de la ley sobre los fugitivos

Roca Rey corta dos orejas y sale por la puerta grande con una intensa faena

Los nobles toros de Victoriano del Río acabaron rajándose en la muleta

Jon Mujika - Sábado, 25 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Roca Rey, a hombros, rindió honores a la estatua de Iván Fandiño al salir por la puerta grande. Comienza una tradición.

Roca Rey, a hombros, rindió honores a la estatua de Iván Fandiño al salir por la puerta grande. Comienza una tradición. (Foto: José Mari Martínez)

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Roca Rey, a hombros, rindió honores a la estatua de Iván Fandiño al salir por la puerta grande. Comienza una tradición.

Bilbao- Una lluvia intermitente y tres hombres que cabalgan sin desmayo en pos de los fugitivos. Sergio Leone, Sam Peckinpah o Clint Eastwood, cineastas grandes del western, lo hubiesen rodado todo bajo una luz crepuscular y al son de una banda sonora más inquietante que intrigante. Porque si bien los toros de Victoriano del Río fueron almas cándidas de noble son, no es menos cierto que llevaban en su sangre el estigma de los cobardes, una de las grandes acusaciones que se pueden verter sobre el corazón de un toro bravo. En su inmensa mayoría fueron animales huidizos que salían en fuga hacia las tablas, llevándose consigo las pocas esperanzas que quedaban en Vista Alegre mientras los tres cazarrecompensas -Sebastián Castella, José Garrido y Andrés Roca Rey...- mastican el polvo de la persecucion, cada cual a su manera, trataban de acorralarles. Perseguían todos ellos el anhelo de no dejar libres a los forajidos pero parecía un imposible darles caza. ¿Qué ocurrió entonces?

Sobre la tarde, de fatigas y persecuciones, de parones y entregas sinfín, tronó una voz poderosa: caiga el peso de la ley sobre los malvados. Andrés Roca Rey, el más joven de los tres jinetes se lanzó a galope tendido sobre la presa y la dio alcance cuando Despreciadoya se encaminaba hacia la guarida de las tablas. Un muletazo, dos, y el toro se va, tras aquel trepidante comienzo con unos estatuarios dignos de Miguel Ángel, continuidad de aquellas explosivas saltilleras a mano cambiada del rey de Perí, la dinamita puesta para que saltasen por los aires los refugios y las prudencias. Todo vibrante sí, pero el toro se va. Adiós. Al animal y a la esperanza.

¿Fue la fe o el conocimiento, la sangre que hierve o la cabeza que piensa? Tanto da. Porque allá donde siempre se habían salvado los malos apareció de repente la silueta de un hombre cuajado que dijo no. Allá en los riscos de madera donde se movían a su antojo los cobardes, Roca Rey desenfundó su arte como un revólver feroz, un colt de cuyo tambor saltaron las balas de dos tandas de naturales fabulosas, como nacidas en otro mundo, muy diferente del que se vivía en la tarde. Fue aquella poderosa mano izquierda la que gritó al viento ¡detente y ven!, con Vista Alegre tan entusiasta como asombrado. La mano temida por los toros cobardes. Cuajadas dos soberbias series, Roca Rey, pura intuiciñon natural y cabeza de Sócrates, dictó un nuevo discurso: ahora mando yo, dijo. Y a sus órdenes el toro acudió al redondo dictado por la mano diestra con la misma profundidad, el mismo temple, el mismo mando aplastante. Llevándose al toro prendido de las esposas, preso por la bamba de la muleta Estaba rendido.

Cayo entonces, con esa captura, el peso de la ley. Vista Alegre pedía la recompensa de gloria para el hombre que había logrado abatir el horror de una feria en carne viva. Roca Rey se tiró a matar e hizo hueso. A la segunda, la espada alcanzó como un rayo al toro y le presidente, quizás cegado por tan bello esplendor, concedió el máximo botín, que ya buscó antes, cuando abrió su tarde con una apertura por cambiados explosivos y muletazos que mecieron la embestida hasta que fue. Cuando el toro dijo no desenfundó aquellos cambiados por la espalda, trepidantes, antes de estallar la bala de la espada en la piedra. Ahora no, ahora había caza mayor.

En el nombre, tambien, de Sebastián Castella, hecho todo un titán ante la embestida con transmisión de su primero (fue hermoso aquel comienzo, agarrado al olivo...) y desbordado por impaciencia de un público harto de huidas, y de José Garrido, enredado en dos toros que iban a regañadientes, dos toros de alma rendida, Roca Rey salvó al pueblo de tanto quedarse encerrado en casa. Sopló, al fin, el viento alegre.


etiquetas: toros, aste nagusia

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