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El año del alboroto y aquella monedita

La llegada del euro supuso toda una revolución, más profunda y larga en el tiempo que aquel amor latino de Bisbal. Y si sonreíamos al tranvía, lloramos al ‘Prestige’

Un reportaje de Jon Mujika - Viernes, 24 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Las playas de Bizkaia vivieron estampas de limpieza sobrecogedoras. Foto: DEIA

Las playas de Bizkaia vivieron estampas de limpieza sobrecogedoras. Foto: DEIA

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Las playas de Bizkaia vivieron estampas de limpieza sobrecogedoras. Foto: DEIA

QUINCE años después de que la plaza del Gas se convirtiese en un singular escenario para la música en directo de los conciertos que tanto alimentó el espíritu de quienes viven Aste Nagusia prestos a mover el esqueleto hasta descoyuntarlo, el viejo escenario corrió el telón aquel agosto de 2002. Con la urbanización en marcha de la explanada situada sobre la antigua fábrica municipal de gas, próxima al Ayuntamiento, la convivencia entre el traqueteo de las obras, el descanso de los futuros vecinos y la descarga de decibelios, era un imposible. Pesaban, además, sus pendientes para himalayistas y sus estrechísimos accesos, lo que hacía que, a medida que avanzaban los conciertos uno se sentía inmerso en una de esas room scapes. A más de uno y de una se les vio con la angustia de dar con la llave de salida. Cuando la música de Michael Prophet, Tena Stelin, Loud &Lone y el reagge de The Sound Dealers, tronó por última vez en un escenario que fue testigo, por ejemplo, de la puesta en escena de Pablo Milanés, Georges Moustaki, Fermin Muguruza (dio en el Gas su primer concierto para una institución y fue tumultuoso...) o Henry Rollins entre otros, cayó el rayo de la nostalgia. En los altavoces de aquella Aste Nagusia contrastaba el reinado de aquella melena de oro, la de un emergente David Bisbal que lanzaba al mercado su álbum del debut, Corazón latino. Julen Guerrero ya vivía su ocaso así que aquel era el rubio rompecorazones de la época por Bilbao y sus alrededores, es decir, buena parte del mundo civilizado.

Pero el auténtico alboroto no fue el de aquellos rizos sino otro de signo bien distinto. Aquel año nos cambió la vida para siempre con un terremoto de incalculables dimensiones: llegó el euro a nuestras vidas. Trajo consigo aquel revuelo matemático de los conversores, ¿se acuerdan? Y todo el mundo echaba cuentas y pestes porque la traducción de la peseta al euro nos dejó malheridos los bolsillos del día a día. Vaya revuelo que se armó a uno y otro lado de las florecientes barras, vaya remolino de quejas y protestas. Es cierto que trajo consigo el abaratamiento de los tipos de interés pero también la burbuja inmobiliaria que vendría poco después. Aquellos días, el Bilbao en fiestas se quejaba del precio del kalimotxo y del teatro... ¡Ay lo que vino después!

Sobrevolaba en los corros más comprometidos con el pensamiento político que tato pesa, los dimes y diretes sobre el Plan Ibarretxe, en plena ebullición y aún no había estallado una de las grandes tragedias ecológicas del siglo XXI que nos tocó de cerca, que llegaría poco después a nuestras costas merced al empuje de la marea gallega: el naufragio del Prestige que tiñó de negro nuestras playas y acantilados, un crespón de luto que lloraba por las malas artes del ser humano y su relación con la madre Naturaleza.

Aquel Bilbao trepidante del 2002 escuchó en directo a Simple Mind y Amaral y el pueblo celebró el estallido del teatro de calle en la plaza el teatro Arriaga que alcanzó cotas inimaginables. Bilbao a cielo abierto antes que bajo techo. También bajo las nubes cárdenas triunfó con estrépito El Juli en Vista Alegre cuando aún era un chorro de aire fresco en los ruedos, un joven cargado de promesas, y los bocadillos de la txosna de Mamiki, que desataron los jugos gástricos de miles de pájaros y pájaras nocherniegos. Hubo, ya ven, mayúsculas de titular de primer página y la letra pequeña de una ciudad que estaba acompasándose al son de los tiempos, marcados por una monedita que...

Hubo alguna que otra distracción en aquel año de las transformaciones, dignas de los más vibrantes cabarets del alegre Berlín de los años 20 del pasado siglo. A las ya citadas, hay quien añade con la aparición del tranvía en los paisajes de la ciudad como alegre serpentina. Anda que no se hablaba de todo ello día y noche, cuando el trajín diario daba un respiro para darle a la sinhueso con un poquito de calma.

de qué se habló en aste nagusia 2002... de Bisbal, el euro, el ‘prestige’ y un nuevo tranvía

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