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Veinte años lo eran todo

El Athletic había perdido, poco antes, su primera final europea y la democracia andaba en pañales cuando aquella sokamuturra del 78 trajo consigo la desgracia

Un reportaje de Jon Mujika - Domingo, 19 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Eran las primeras alegrías de Aste Nagusia de 1978 cuando la marquesina se vino abajo.

Eran las primeras alegrías de Aste Nagusia de 1978 cuando la marquesina se vino abajo. (Foto: DEIA)

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Eran las primeras alegrías de Aste Nagusia de 1978 cuando la marquesina se vino abajo.

ERAN las ocho de la mañana de un miércoles, 23 de agosto de 1978, cuando se encapotó de llantos el cielo de Bilbao, hasta entonces puro hervidero de celebraciones, con la Aste Nagusia recién estrenada. Las fiestas de Bilbao, rescatadas de las catacumbas del olvido y de los tiempos negros del silencio, se vivían con desenfreno e intensidad. Hasta ese miércoles eran las alegres fiestas aunque Bilbao fuese todavía una ciudad aprendiz en celebraciones. Cada paso sabía a nuevo y nada frenaba a una ciudad entregada al frenesí. ¿Nada? No es lo más acertado decirlo así.

El presupuesto aprobado para aquel año fueron casi 8 millones y medio de las antiguas pesetas. Se delimitó el recinto festivo al paseo de El Arenal y al Casco Viejo, y se buscaron, en el baúl de las añoranzas, las señas de identidad de las fiestas vascas como los Gigantes y Cabezudos o el famoso Gargantua que no llegó a tiempo a aquella primera convocatoria y el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz cedió su entrañable tragaldabas de 1922.

A lo largo de los primeros días de fiesta ya se había lanzado alguna que otra advertencia. La sokamuturra programada en El Arenal atraía a multitudes, ávidas de ver y vivir, en el caso de los más osados, las vicisitudes de correr el toro ensogado. Tanta atención despertaba el espectáculo, tanta gente se apiñó alrededor de la fiesta, que los miembros de la comisión alertaron, en días anteriores, del peligro que entrañaba la utilización de las marquesinas como platea, como butaca de patio del escenario. La gente se encaramaba a la techumbre para vivir la fiesta en primera línea de fuego. Avisaban los altavoces de los riesgos e incluso se había lanzado un SOS desde una rueda de prensa de vísperas.

Cuentan las crónicas del día cómo horas antes de que ocurriera el accidente, algunos miembros de la comisión fueron recibidos al grito de “¡que se vayan!”, cuando trataron de desalojar a un grupo que se había subido a una de estas marquesinas. No fue pero tanto da. Lo cierto es que apenas segundos después de que saltase el primer toro, una marquesina se derrumbó en el paseo de El Arenal bajo el peso de varias decenas de personas que se habían encaramado para presenciar el encierro. La víctima, José Ignacio del Río, de veinte años, que corría delante del toro, quedó aprisionado materialmente bajo los escombros. La marquesina que servía para proteger de la lluvia en la parada del autobús y que estaba construida para soportar pesos de unos mil kilos, sostenía en ese momento a unas 45 personas. Fue necesaria la presencia de los bomberos para extraer a las doce personas que habían quedado enterradas: tres jóvenes resultaron también heridos de gravedad -uno de ellos con amputación traumática de un pie- y otros ocho fueron atendidos de lesiones de pronóstico leve. Se había hecho la noche a primeras horas de la mañana.

Reunida la comisión de fiestas después del accidente, comenzaron los duelos y reproches pero ya nada era reversible. Desde la organización se acordó que todos los actos festivos programados para el día dieran comienzo con un minuto de silencio. Las comparsas que subían a Vista Alegre en pasacalles tampoco hicieron uso de sus instrumentos musicales en la plaza de toros ni durante el desfile posterior que finalizó con la lectura de un comunicado en el mismo escenario en el que ocurrió la muerte de José Ignacio del Río.

La lluvia de estrellas que emanaba del tamboril del txistulari que adornaba el cartel anunciador de Aste Nagusia encargado al ilustrador Juan Carlos Eguillor (el dibujo original se lo llevó, al igual que tantas otras cosas, la riada de 1983) cesó de repente. El pueblo había aprendido, en sangre propia, las consecuencias de un desenfreno alborotado. En cada corrillo, en cada grupo de jóvenes y no tan jóvenes, se hablaba de los luctuosos hechos del quién tuvo la culpa y el por qué, entremezclándose con charlas sobre Iribar y la final de la UEFA perdida un año antes, sobre las txosnas y comparsas que recreaban un nuevo paisaje alrededor de la ría. Tiempo después se llegó a la conclusión de que todo fue fruto de una imprudencia de juventud de las fiestas. Para José Ignacio, veinte años lo eran todo.

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