Tribuna abierta

... Y ahora, Turquía

Por Joaquín Arriola - Miércoles, 15 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:00h

columnista Joaquin Arriola

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EN su informe de abril sobre Turquía del pasado abril, el Fondo Monetario Internacional (FMI) constataba “el sólido desempeño económico de Turquía, impulsado por fuertes estímulos políticos y condiciones externas favorables. “La existencia de un cierto recalentamiento económico, el aumento del desequilibrio comercial y la inflación se achacaban hace unos pocos meses al rápido crecimiento económico.

El FMI sí anotó la existencia de un problema de financiación exterior: como la inversión extranjera no cubre la totalidad del déficit comercial, el país se venía enfrentando a una necesidad de financiación exterior que estaba mermando las reservas de divisas. No va desencaminado, porque, de hecho, el año pasado los pasivos financieros internacionales se duplicaron;Turquía ha tenido que recurrir a un endeudamiento creciente para hacer frente a una balanza comercial deficitaria, de cerca de 40.000 millones de euros al año, no compensada suficientemente por inversiones internacionales, que se han retraído.

Así, en los últimos tres años Turquía ha perdido 20.000 millones de dólares en reservas, una cifra similar al aumento de reservas en España en el mismo periodo. Pero con todo, incluso teniendo en cuenta la necesidad de refinanciar unos 75.000 millones de dólares a corto plazo, no parece una situación desesperada para un país con un PIB de más de 850.000 millones de dólares, un déficit fiscal inferior al 1,5% del PIB y una deuda externa que entraría dentro de los parámetros de la normalidad de la muy exigente política de la Unión Europea (UE).

Una vaga referencia a los “riesgos geopolíticos” se acompañaba entonces con la usual recomendación del FMI al bálsamo de Fierabrás de las “reformas estructurales” (privatizaciones y deterioro de la seguridad jurídica de los contratos de trabajo fundamentalmente -la inseguridad jurídica de los contratos de trabajo es la única permitida y es más, alentada, por los organismos internacionales-) y el ajuste fiscal (contención del gasto público, reducciones de salarios de funcionarios y aumento de IVA).

Finalmente, se recomendaba el aumento de las tasas de interés para frenar la inflación (en concreto el FMI pedía “un endurecimiento monetario concentrado en los primeros días para ayudar a contener la inflación, volver a anclar la lira y la reconstitución de las reservas”) y limitar la capacidad de pedir créditos en divisas por parte de las empresas.

Con un crecimiento por encima del 4% y una deuda externa neta inferior al 40% del PIB, nada hacía sospechar que Turquía pudiera tener problemas cambiarios a corto plazo. Y sin embargo, la lira se ha depreciado un 16% en una semana, y ya lleva una caída respecto al euro superior al 40% en lo que va de año.

Que los problemas con el tipo de cambio se produzcan al mismo tiempo que el presidente Trump anuncia medidas restrictivas contra las exportaciones turcas puede considerarse parte del asunto, pero en ningún caso como la causa del mismo.

Por mucho bombo que se dé al asunto, Estados Unidos tan solo representa el 5% del mercado de exportación para Turquía, y la demanda estadounidense de acero y aluminio turcos es solamente el 10% de su mercado exterior de estos productos, que como para casi todo lo demás, es de forma preferente el de la UE: solo la eurozona absorbe un tercio de las exportaciones turcas, y en 2017 casi duplicó su peso en las exportaciones de acero y aluminio hasta casi el 40%.

También argumentan algunos que la elevada cotización del dólar estaría detrás de la debilidad de la lira turca, cuando esta también se ha debilitado frente al euro, sin que nuestra divisa disfrute de ninguna coyuntura alcista por el momento.

Tampoco parece que los errores de política económica del gobierno de Turquía tenga mucho que ver. Se achaca al presidente Erdogan una cierta alergia a que los tipos de interés suban, y así lo manifestó cuando el banco central de Turquía decidió seguir la recomendación del FMI y subió en abril ligeramente los tipos. Hay que tener en cuenta que los tipos de interés son la referencia de la ganancia de los que prestan dinero, sean bancos o inversores internacionales, pero también es el coste que hay que pagar por las inversiones realizadas a crédito. Y si ese coste aumenta, las inversiones se retraen.

La apuesta económica fundamental del Gobierno turco, hoy por hoy, no es la estabilización y el frenazo, sino el crecimiento y la expansión. Si la inflación es elevada, en torno al 15%, no lo es tanto cuando el país se encuentra en una senda de crecimiento elevado, crecimiento sostenido con un elevado volumen la inversión, más de 250.000 millones de dólares al año, cerca del 30% del PIB.

Se tacha a las políticas del Gobierno de “populistas”, o de “no ortodoxas” (The Wall Street Journal), pero sin ningún argumento de peso, a no ser que se considere que solo el ajuste permanente es la ortodoxia, y que cualquier política orientada al crecimiento económico real es populista -en ese caso, la UE seríamos los más férreos guardianes de la ortodoxia, y China, el paraíso del populismo-.

Si la economía de Turquía no experimenta ningún tipo de problema externo e inevitable, si estaba en una senda de crecimiento elevado, con unos saldos fiscales y comerciales en tendencia negativa pero con niveles manejables, ¿qué ha pasado?

Posiblemente la respuesta la encontraremos en las páginas de Política más que en las de Economía. Estamos ante la materialización de lo que el FMI denominaba de forma vaga “riesgos geopolíticos”, unos riesgos que nunca se analizan de forma rigurosa en los informes tecnocráticos de los organismos internacionales, quizá porque muchos de ellos son parte inherente a dichos riesgos. El error político más grave cometido por el Gobierno de Turquía ha sido pretender constituirse en potencia regional dominante, lo cual exige cierta autonomía de decisión que se ha materializado en los ámbitos político y militar, con la capacidad mostrada por el país para establecer acuerdos geoestratégicos a la vez con Rusia o con Israel al margen de la OTAN, o con su decisión de intervenir militarmente en Siria, de nuevo, al margen de Estados Unidos y sus aliados…

Pero en el terreno económico no solo no se ha aplicado una política de autonomía, sino que se ha profundizado en la inserción financiera de la globalización, es decir, del sistema monetario-financiero dominado por Estados Unidos. Una dominación que, al igual que en el terreno de la acción militar, se lleva a cabo en ocasiones por medio de fuerzas aliadas. Así, en el caso de Turquía, el socio preferente de la globalización financiera ha resultado ser… España. La exposición de la banca española en Turquía comenzó en 2011, cuando pasó de ser un acreedor marginal, en torno a 400 millones de dólares, a más de 20.000 millones, el 10% de los pasivos bancarios internacionales de Turquía. Pero ha sido en los años más recientes cuando la apuesta ha subido hasta tener una exposición de más de 80.000 millones de dólares, un tercio de dichos pasivos internacionales. Llama la atención que entre los países occidentales solo la banca española ha aumentado de esa forma su compromiso con la financiación de Turquía.

Grave error del Gobierno de Turquía el pretender combinar la autonomía política y militar y la subordinación económica y financiera. Una mala decisión permitir el control extranjero de gran parte de la banca nacional. Una decisión desastrosa el permitir que las empresas, incluso de mediano tamaño, se pudieran endeudar en divisas. Cuando la financiación de la economía depende de otros, serán estos otros los que dictarán si cierran el grifo o lo mantienen abierto. Y el que tiene el mando sobre del surtidor, parece muy cabreado. Erdogan tiene razón.

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