Y no sentir vergüenza

Por Jasone Agirre Garitaonandia - Lunes, 23 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h

ME he impuesto una forma de reto a mí misma. Me he prohibido usar ciertas palabras como capitalismo, neoliberalismo, heteropatriarcado, fascismo u otros términos políticos. Ni siquiera voy a citar a Europa a la hora de escribir estas líneas. Sí, acabo de nombrarla, es cierto, pero en este caso no cuenta, porque solo sirve para explicar mis intenciones: nada de términos políticos, por lo que no me queda más que centrarme en lo personal para hablar de personas migrantes y refugiadas. No va a ser fácil. No será fácil porque lo cierto es que, como la mayoría de nosotras, he tenido pocas ocasiones de hablar mirando a los ojos a quienes están en esa situación. Esa es la verdad.

Como periodista, recuerdo que me impactó una entrevista que hice a un joven africano. Era un chaval que había tenido suerte. Llegó en patera, pero había conseguido estudiar una ingeniería en Bilbao. Recomendaba a otros en su misma situación que, si tenían que venir a Europa en esas condiciones, nunca lo hicieran con nadie allegado a ellos, ni familiares ni amigos, porque era horrible lo que una persona es capaz de hacer en una situación límite para salvar su propia vida. Tremendo. La persona. Vivir. Luchar por sobrevivir. Una huida y un sueño. Como los de la gente que vemos estos días por las calles de Bilbao y Donostia. Una persona, una historia. Ninguna fácil.

Y tengo que reconocer también que he tenido muchos prejuicios con este tema. Estudié en colegio de monjas. Aprendí mucho y me inculcaron muy buenos valores, pero el de la caridad se me quedó atragantado. No puedo con lo de ayudar a “los negritos”. Como decía Galeano, “la caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba;la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”. Es por eso que no quiero, ni puedo, ofrecer mi caridad a las personas migrantes y refugiadas. Solo quiero poder mirarles a los ojos y no sentir vergüenza. Nada más. Respeto. Respeto mutuo.

Pero respetar a las personas es, sobre todo, cuidarlas cuando lo necesitan. El cuidado es algo personal pero, sobre todo, es un acto político, y de lo más revolucionario, además. Y es ahí donde me planteo cómo podemos cuidar a migrantes y refugiados desde el lugar donde estoy, desde el Parlamento de Gasteiz, desde EH Bildu. A la vista ha quedado estos días que no hemos cuidado bien a las personas que han llegado a Donostia y Bilbao, personas desprotegidas, que, en muchos casos, no sabían ni dónde estaban, y que lo que más anhelaban era contactar con sus familias y amigos para decirles que estaban bien, y que cada vez les quedaba menos para llegar adonde fuere.

No las hemos cuidado bien porque, en muchos casos, nuestras instituciones no les han podido ofrecer ni siquiera un lugar donde dormir. No por falta de compromiso, seguro que no, pero sí por falta de previsión, de medios, de priorizar las necesidades.

Si queremos ser un verdadero país de acogida necesitamos algo más que buena voluntad y un discurso amable. Si ya tenemos un compromiso institucional, lo siguiente es ofrecer los medios suficientes y luego, claro está, usarlos como es debido. La experiencia nos ha demostrado que no es bueno para nadie concentrar a todas las personas migrantes y refugiadas en grandes centros de acogida. Eso, además, no se corresponde con la forma de ser de nuestro país. En EH Bildu creemos que es necesaria una gran red de centros de acogida repartidos por toda Euskal Herria, en pueblos pequeños o medianos. Tienen que ser pequeños albergues, pisos de acogida con unas dimensiones concretas para que, además de alojamiento y comida, se les pueda ofrecer afecto también. Sí, afecto. Porque no son mercancías, sino personas a las que respetamos y cuidamos. Personas a las que debemos escuchar, preguntar qué es lo que quieren, lo que necesitan. Esa tiene que ser la filosofía que guíe todas nuestras acciones como país, porque esto va para largo.

En el caso de la CAV, corresponde al Gobierno vasco dirigir y coordinar toda la atención que necesitan las personas que están en tránsito hacia otros países, y también la de quienes han decidido quedarse. Es su responsabilidad, aunque siempre deberá tener muy en cuenta la voluntad y la fuerza de todas esas personas particulares u organizadas en movimientos sociales que, desinteresadamente, ofrecen su ternura a quienes vienen de otros pueblos. Ternura como antídoto a todas esas palabras que me he prohibido citar, no porque esos términos no estén llenos de significado, sino porque, a veces, las grandes palabras nos alejan de las personas. Nada más.

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