Editorial

Memoria es libertad

La verdadera dimensión de la represión asociada a la guerra del 36 y la dictadura franquista debe aflorar para encarar con memoria los debates sobre el pasado y los modelos de convivencia del futuro

Jueves, 19 de Julio de 2018 - Actualizado a las 07:33h

TIENE todo el sentido del mundo que un 18 de julio como ayer, 82 aniversario del golpe de estado de 1936, comenzara un curso universitario sobre violencia masiva y fosas comunes. La caracterización histórica que exige ser repasada y descrita en la memoria colectiva sobre el período de guerra al que dio lugar el levantamiento militar y el ciclo de represión y asesinato político que le siguió durante la dictadura de Franco tiene que ver con la identificación de esa realidad literalmente sepultada. Una realidad que incomoda a sectores de la derecha española, que siente como propio un vínculo con aquella, como sigue acreditándose cada vez que se afronta el tema de la memoria histórica. Desde la simbología asociada al enterramiento del dictador en el Valle de los Caídos, hasta la dificultad con la que se admite la dotación de recursos para la búsqueda de víctimas de la represión. Desenterrar ese pasado no es un ejercicio de revanchismo sino de verdad. El trabajo que se viene realizando desde iniciativas como las de la sociedad Aranzadi y las instituciones de la Comunidad Autónoma Vasca y la Foral Navarra es un elemento diferencial. En otoño próximo, el Gobierno vasco hará público el primer balance del exhaustivo estudio sobre vulneraciones de derechos entre 1936 y 1978. Aflorar esa verdad es una obligación. Situarla en su auténtica dimensión permitirá encarar con memoria los debates sobre el pasado y los modelos de convivencia para el futuro. Los hechos veraces y su difusión son el mecanismo más fiable para desarmar de una vez los discursos de sobreentendidos o de tibieza sobre lo que fue el trato dado a los perdedores de la guerra;la disidencia política a la que se aplicó estrategias de exterminio. El revisionismo que trata de endulzar el pasado obviando la crueldad de un proyecto nacional basado en la subyugación de la divergencia o su aniquilación debe ser desterrado con datos profusos y fiables. Este es un momento propicio para hacerlo. Cuando los últimos atisbos de violencia política en Euskadi aún tienen rescoldos por apagar, es oportuno que la dimensión global de la violencia política sufrida en el último siglo se vea con perspectiva. Sin enmascarar responsabilidades propias en las ajenas sino identificando todas ellas. Sólo esa memoria sincera hará libre a la próxima generación de vascos y vascas.

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