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Períodico de Deia
vida de superación

“Jamás me he dejado llevar por el odio ni el rencor”

Tenía 10 años cuando una bomba colocada por ETA le reventó la pierna izquierda. 36 años después de la tragedia, Muñagorri relata una vida marcada por la superación ante la adversidad y los valores que le inculcó su madre

Un reportaje de Jorge Napal - Domingo, 15 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

El errenteriarra Alberto Muñagorri, de 46 años, entrena en el Paseo Fandería. Fotos: Iker Azurmendi

El errenteriarra Alberto Muñagorri, de 46 años, entrena en el Paseo Fandería. (Iker Azurmendi)

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El errenteriarra Alberto Muñagorri, de 46 años, entrena en el Paseo Fandería. Fotos: Iker Azurmendi

podía haberse consumido en un pozo de amargura existencial, pero desde un principio le dijo sí a la vida y no al lamento, sí a la convivencia y a la superación ante la adversidad. A los vecinos no les llama la atención la prótesis de fibra de carbono con la que Alberto Muñagorri acude a la cita. Los paisanos de cierta edad, a los que saluda afectuosamente, conocen de sobra su historia. Este hombre de 46 años, al que están habituados a ver practicando footing sobre una ballesta de fibra de carbono que le impulsa, es el mismo chaval al que una bomba colocada por ETA le reventó la pierna izquierda. Era un crío. Tenía 10 años cuando sufrió la amputación tibial por debajo de la rodilla debido a la explosión. Aquella tragedia, de la que se cumplen ahora 36 años, sobrecogió a una sociedad que en aquel mes de junio de 1982 vivía pegada al televisor, todavía en blanco y negro, siguiendo el Mundial de España, en el que la selección de Italia se proclamó campeona.

Los más veteranos recuerdan todo ello. A los más jóvenes les han contado la historia. Muñagorri jamás se ha dejado llevar por el rencor. En un contexto socio político como el actual, con la necesidad de tender puentes y aunar sensibilidades que sienten los pilares de una paz definitiva, su testimonio cobra especial relevancia. “Todo se lo debo a mi madre, a los valores que me inculcó desde un principio: hijo, no vivas con odio ni rencor, intenta ser feliz”. Y así lo ha hecho durante las tres últimas décadas.

Tanto es así, que en su relato de vida sorprende el desenfado con el que ha llegado a tomarse algunas de las consecuencias de la tragedia. Sonríe al recordar aquella ocasión en la que subido a una telesilla para practicar esquí cedió su prótesis por el peso de la bota y la pierna cayó desde varios metros de altura. Rememora también aquello que les decía a sus amigos en la playa. Que él era el único capaz de apagarse un cigarrillo en la pierna. “Anécdotas he tenido mil. Siempre me he intentado ver el lado más amable de la vida”, dice este deportista que hoy en día participa en un sinfín de carreras populares, y que prepara un triatlón junto a sus amigos de Kemen, la agrupación deportiva de personas discapacitadas con las que afronta tantos retos.

Pero tras su sentido del humor, que en ocasiones ha podido llegar a incomodar a ciertos amigos, habita una historia que no es ninguna broma. Recuerda muy bien el 26 de junio de 1982, aquella mañana de sábado. La mochila que contenía la bomba había sido colocada en una oficina de Iberduero de Errenteria, donde se guardaba material para la construcción de la central de nuclear de Lemoiz. El paquete bomba situado en la puerta del almacén debía estallar durante la madrugada del viernes al sábado. No lo hizo. Los informes policiales revelan que el artefacto estuvo colocado desde la media noche. Varios vecinos avisaron de que había una mochila sospechosa, pero los artificieros nunca se personaron en el lugar. El cordón policial se levantó a las 7.30 horas del sábado, con el cambio de turno de la Guardia Municipal. La cuenta atrás había comenzado para Muñagorri. “Era época de colonias, había muchos autobuses recogiendo a los chavales, y la bolsa que contenía la bomba parecía pertenecer a uno de ellos. Tanto es así, que un operario de Iberduero la tomó en sus manos y la puso a la vista de los críos, a su paso, convencido de que se la había dejado algún escolar”, rememora.

A las 11.00 horas, una hora antes de la explosión, Alberto se dirigió a casa de su abuela a pedirle la paga. La amona le pidió que le acompañara a hacer la compra, pero el plan de ir a jugar con los amigos junto a la academia Iztieta era mucho más atractivo para aquel chaval de diez años. “Sobresalían unos plásticos negros de la mochila. Recuerdo que caminaba por la acera al encuentro de mis amigos y que cerca de mí paseaban dos chavalas a las que dejé pasar. Siempre se dijo que yo le di una patada a la mochila, pero eso no es así. Esa fue una versión que dio mi padre a los periodistas que le preguntaban en el hospital cómo pudo ocurrir. Él dio aquella versión, pero yo no soy zurdo, y perdí la pierna izquierda. Lo más normal habría sido que, en caso de golpearla, le hubiera dado a la bolsa con mi pierna derecha”, reflexiona.

La onda expansiva le desplazó cinco metros, quedando tendido sobre la carretera. La explosión se oyó desde todos los rincones de Errenteria. Los ecos de la barbarie también llegaron a oídos de su hermano Fran, que acudió al lugar de la tragedia. Alberto estaba ensangrentado. Su hermano no le reconoció inicialmente, hasta que acabó por asumir la verdadera dimensión del drama familiar que se estaba gestando. “¡Ama, que a Alberto le ha explotado una bomba!”. Presa de la agitación, apenas podía pronunciar aquellas palabras, y encima su madre no le tomaba en serio. “¡Cállate loco!”, le respondió, cansada de las bromas que le solían gastar sus hijos por el interfono.

Pero poco tardó en darse cuenta de que el estruendo que había escuchado poco antes guardaba relación con el desconcertante relato su hijo. “Salieron disparadas, mi madre y mi abuela. Cuando llegaron estaba consciente. Solo pedía que me tapasen, que tenía frío, hasta que vino la ambulancia”. En ningún momento perdió la consciencia. Los sanitarios le preguntaban el nombre de sus padres, y él contestaba que Sara y Jose Mari. También supo darles el teléfono de casa.

Ingreso en la UVI

La conmoción social y la repercusión mediática fue tremenda. A un niño le acaba de explotar una bomba colocada por ETA. Aquel niño de Errenteria, el mismo que poco antes le había pedido la paga a su abuela para ir a jugar con sus amigos, se había convertido en el centro de atención de medio mundo.

El legendario portero de la Real Sociedad Luis Miguel Arconada le regaló sus guantes. Jesús María Zamora su camiseta, y recibió la visita en su casa de los jugadores del Athletic Club de Bilbao. “El impacto fue tremendo. Inicialmente hubo un acercamiento institucional, pero lo más importante para que yo saliera adelante fue la capacidad de lucha que me inculcó mi madre. Estuve ingresado quince días en la UVI, y durante dos meses en el hospital, con un equipo médico que me dispensó un trato humano impagable. Pero fueron los valores que me inculcó mi madre los que me permitieron salir hacia adelante. Su mensaje era siempre el mismo: que no tuviera odio ni rencor, que intentara ser feliz”.

Era fácil decirlo, pero por aquel entonces no era más que un niño de diez años que cuando despertó en la UVI pensaba que le habían ingresado por un empacho de caramelos. ¿Cómo explicarle lo ocurrido? Fue trasladado a planta, y comenzaron a hablarle de La isla del tesoro, la novela de aventuras escrita por el escocés Robert Louis Stevenson. Le dijeron que le había explotado una bomba, y que él iba a ser a partir de entonces algo así como Long John Silver, el célebre pirata de su infancia, que usaba una muleta porque le faltaba una pierna. “Yo no me creía todo eso, hasta que un día levanté la sábana...”.

Nuevamente, su madre cobra a partir de ese momento un papel crucial. “Me dijo que tenía que aprender a vivir con lo que había pasado. En la habitación del hospital no dejaba llorar a nadie. Decía que bastante estaba pasando yo como para escuchar lamentos. Fue mi madre la que me inculcó que mi vida iba a ser diferente, con la pérdida de visión del ojo derecho y la amputación de la pierna izquierda”. Fue ella quien le dio a elegir: “Hijo, tienes dos opciones, o quedarte arrinconado y vivir dando pena, o aprender a vivir con lo ocurrido”. Y no tuvo dudas.

A partir de entonces, en aquel desconcierto en el que vivía, con aquellas sensaciones fantasmas en su miembro amputado, se dio cuenta de que vivir con rencor no le iba a llevar a ninguna parte. “En mi casa nunca hubo espacio para la rabia. Sentir odio no iba a cambiar mi pasado”. Pero no todo era un camino de rosas, y había que enfrentarse al día a día.

El 12 de septiembre de 1982 salió del hospital. Él niño se negaba a reincorporarse al curso escolar sin su pierna, y tuvo que llegar a un pacto con su madre. “Te dejo que te quedes una semana en casa con los juguetes, pero luego vas al cole”. Y así, regresó al aula al cabo de los días, amputado. “Cuando me caía en casa, mi abuela siempre estaba encima, tendía a ser muy protectora, y era mi madre la que nuevamente estaba ahí. Decía que me dejara levantarme solo, que durante mi vida iba a tener muchas caídas”. Aquella filosofía de vida, sin la más mínima cesión a la autoconmiseración, ha hecho de Alberto una persona madura. Un hombre fuerte que aprendió a valorar la vida. “Iba a la playa con mis amigos con una prótesis especial. La gente se quedaba mirando pero nunca me preocupó”. En la cuadrilla el que más ligaba era él, y nunca tuvo complejo alguno a la hora de mantener relaciones con chicas.

Usted sonríe constantemente. ¿Cómo se puede llegar a reír uno de lo ocurrido?

En este punto de la conversación Alberto toma aire durante un par de segundos para poner palabras a esa mezcla de dolor y superación. “No, de lo ocurrido nunca me he reído, ¡cómo voy a hacerlo! Cuando hay alguien que me dice algo sobre mi pierna, todo depende de cómo me lo digan. Pero sí es cierto que he llegado a bromear con mis amigos, diciéndoles que soy el único que se puede apagarse un cigarro en la pierna. Quien me quiere, sabe que cuando me voy a la cama lo hago sin la prótesis, o que me ducho también sin ella. No es reírse de lo ocurrido, es aprender a ser feliz a pesar de las circunstancias”.

Al lado de los que sufren

El niño que fue noticia en aquel trágico arranque de la década de los 80 fue dejándolo de serlo en la medida que se sucedían los atentados de ETA. Entretanto, Muñagorri fue creciendo guiado por los valores que le inculcaron. “He aprendido a valorar la vida y a ponerme en el lugar de las personas que sufren. Durante todo este camino ha habido momentos en los que no me he sentido identificado con algunos mensajes de las víctimas. Nunca me he enrocado en el odio, en el rencor, en el ojo por ojo. Me pasaría horas hablando. Jamás he abandonado mi pueblo, y llegué a ser delegado de clase en plena kale borroka. Nunca he cambiado mi dinámica de vida. Recuerdo que le detuvieron por actos de kale borroka a un compañero de clase que fue torturado. Yo le preguntaba a su hermana a ver qué tal estaba, y ella se quedaba a cuadros por el hecho de que mostrara preocupación. ¿Por qué no iba a hacerlo? No compartía su ideología pero era mi compañero de clase. Habíamos tenido contacto, y por eso me preocupaba”.

No niega que durante el camino, como cualquier otro ser humano, ha cedido en alguna ocasión a la rabia. “Soy muy básico en la vida. La violencia de ETA no estuvo bien. Creo que si no reflexionamos y si no aprovechamos la oportunidad de aprender de lo ocurrido no vamos a avanzar en la defensa de los derechos humanos. Tenemos que tener en cuenta que ha habido otras violencias, como ha sido el GAL, aunque el mayor dolor lo ocasionó ETA. Cada uno puede tener su ideología, pero no se puede legitimar la violencia”.

Su discurso, siempre alejado del ojo por ojo y diente por diente, le relegó a un segundo plano, hasta el año 2000. “El odio no va a anidar en nuestros corazones”. Era octubre, apenas habían transcurrido tres meses desde que ETA asesinara a su marido cuando Maixabel Lasa pronunció aquellas palabras durante una manifestación en Bilbao. “Hasta entonces mi mensaje no interesaba, pero a partir de ahí las cosas empezaron a cambiar poco a poco”.

Fue hace tres años cuando empezó a colaborar con Gogora, el Instituto vasco de la Memoria, la Convivencia y los Derechos Humanos. Se sumó a ese deseo de “preservar y transmitir la memoria de las experiencias traumáticas marcadas por la violencia”;la memoria del sufrimiento injustamente padecido y también del esfuerzo por construir y defender una convivencia democrática y una sociedad basada en la defensa de los derechos humanos y la paz.

“Ahora visito institutos y participo en charlas junto a otras víctimas del GAL y ETA”, precisa Alberto. Participa en el programa Adi-Adian del Gobierno vasco, que permite llevar a las aulas de la CAV los testimonios de las víctimas del terrorismo. “La respuesta de los escolares es una de las mejores experiencias que he conocido. Se sorprenden con mi relato, pero les recuerdo que tras ello hay también una historia de sufrimiento. El sufrimiento injusto de una madre y unos hermanos. La respuesta es maravillosa. Algunos tienen la misma edad que tenía yo cuando todo ocurrió. Y algunos se ponen a llorar”.

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