rincones perdidos en la memoria

Los orígenes de la ‘ciudad de piedra’

El Palacio Arana de Belostikale, donde ya no se celebra La Magdalena como solía, es el palacio más antiguo que se conserva en el Casco Viejo de Bilbao. Ha sido testigo de grandezas, expolios y crímenes horrendos

Un reportaje de Jon Mujika - Domingo, 8 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Una estampa del Palacio Arana del Casco Viejo, testigo del desarrollo del ‘primer nuevo Bilbao’ .

Una estampa del Palacio Arana del Casco Viejo, testigo del desarrollo del ‘primer nuevo Bilbao’ . (Foto: Oskar Martínez)

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Una estampa del Palacio Arana del Casco Viejo, testigo del desarrollo del ‘primer nuevo Bilbao’ .

PUEDE hablarse del primer Bilbao, seguir su rastro siguiendo las huellas que dejó? No es pequeño el desafío. El Palacio Arana del Casco Viejo es una atalaya desde la que asomarse para ver los acantilados del ayer. Sin ir más lejos es el más antiguo que se conserva en Bilbao, construido hacia 1590. De carácter tardo-renacentista, tiene una portada en arco de medio punto que está protegida por dos hercúleos salvajes y se organiza en torno a un patio, como era costumbre de la época. Desde los viejos tiempos de la concesión de la Carta Puebla, Bilbao fue construyéndose alrededor del Casco Viejo, embrión de la ciudad, todo ello al amparo de su peculiar emplazamiento y de las virtudes extrapolables de su condición de villa y puerto.

A lo largo del siglo XVI, el desarrollo demográfico de la ciudad fue mayúsculo. La creación del Consulado, con precedentes previos pero institucionalizado a partir de este siglo;la proyección, allende los mares, de la villa y su cada vez más pujante peso comercial, trajeron consigo una nueva dimensión urbana y social. Poco a poco, en los comienzos de la expansión, diferentes linajes del entorno fueron edificando sus casas torre en las cabeceras de sus calles. Al tiempo, las nuevas elites, surgidas del comercio, reivindicaban su peso en lo más granado de la sociedad bilbaina.

El siglo XVI no fue, sin embargo, una época feliz para Bilbao. Se produjeron desafortunados acontecimientos;desde dos inundaciones relevantes hasta un voraz incendio, que destruyó buena parte de la ciudad. La desgracia trajo consigo una necesaria transformación arquitectónica y urbanística vinculada, a su vez, a un cambio de materiales. Nació entonces laciudad de piedra. Tal y como asegura Elías Más, uno de los analistas más profundos del Bilbao arquitectónico, “no tanto por la realidad de las nuevas construcciones que abundaron -en cumplimiento de las nuevas ordenanzas- en la utilización, en parte, de tal material, sino por lo que, en una especie de parábola, suponía el nuevo sentido que la población adquiría. Al principio y salvando la muralla con sus casas torres y el trazado regular, la población se había instalado de una manera elemental y sin excesivas preocupaciones urbanas. Con el paso del tiempo y con la consolidación del papel de la Villa en su entorno y en el panorama más internacional del comercio, lo que era poco más que un asentamiento se transformaba en una pequeña capital con predicamento”.

Ya está descrita la escena histórica. A finales de ese siglo agitado emergió en la villa una edificación singular: el palacio urbano. Fue uno de los primeros pasos de la reconstrucción del Casco Viejo tal y como se conoce hoy en día. En ese marco, el palacio de Arana fue levantado entre finales del siglo XVI o comienzos del XVII y, con bastante probabilidad, como resultado de la reconstrucción subsiguiente después del incendio o de la inundación de final de aquel siglo. Los soportales de la Ribera se construyeron poco más tarde, a mitad del siglo XVII. Eso hace intuir que guardaban alguna relación con el palacio.

Los soportales del palacio de Arana fueron los primeros que aparecerán en la zona constituida por el conjunto de casas cabeceras de las Siete Calles. Hoy en día, el acceso a su entrada principal, los soportales, los balcones, así como partes singulares de su tipología son algunos de los vestigios que sobreviven.

El Palacio está ubicado en la calle Belostikale, tiempo atrás conocida con el nombre de Pescadería por su proximidad al mercado donde se vendía pescado para la ciudad. La calle aún conserva los restos de una vieja tradición de las Siete Calles que ya cayó en el olvido: en otros tiempos, cada una de las Siete Calles tenía su patrón o patrona, según el caso, y el día de la festividad se celebraba tanto por comerciantes como por vecinos. En la actualidad, festejar los diferentes patronazgos es una costumbre desaparecida. La Magdalena es la patrona de Belostikale y su imagen se conserva frente a la calle, en los arcos del pórtico de la Catedral de Santiago, protegida por una potente hornacina. Restos del naufragio del ayer, ya ven.

imprudencia La historia del Palacio Arana va de la mano de un Bilbao que fue floreciente y violento, según los casos. Crucemos bajo el arco de medio punto para curiosear. Pasen, pasen y vean. Allí está Enrique Manuel Arana Salcedo y Serralta nacido en Bilbao el 26 de octubre de 1675 y que casó con Josefa Antonia Arriola y Axpe, hija de Zeanuri. Fue testigo de la Matxinada que comenzó quemando la casa de Allende Salazar, después la de los Barnechea y Sarachaga. Vio cómo el pueblo cortó la cabeza con una hoz en los Caños a un contemporáneo ilustre, Manuel de Orovio. Enrique Arana fue diputado General por Bizkaia por el bando oñacino. Escapó de su casa, que fue asaltada y registrada, se refugió en el Colegio de los Jesuitas de donde salió imprudentemente y se dirigió a los matxines que estaban reunidos en el Arenal para tratar de apaciguarles. Ese mismo día, el 5 de setiembre de 1718, fue asesinado en el Arenal. Una nube de pedradas y balazos cayeron sobre él dejándolo muerto, su cadáver sufrió mutilaciones y fue profanado.

Un día antes, las turbas habían entrado en la casa. Empezaron rompiendo todas las vidrieras, las ventanas y puertas de la casa. Una cuja bronceada, con colgaduras de damasco carmesí con hilos de plata y oro, toda la ropa de lino, seis camas más, sillas, taburetes, cuatro mesas, cuatro escritorios de concha, con mesas de nogal y algunos dijes sobre ellas, espejos, dos bufetillas;un arca grande y tres menores, dos catres. A ello hay que sumar que desaparecieron cien barras de damasco carmesí en tela, ropa blanca;treinta onzas de plata labrada, ocho arrobas de chocolate (dulce muy apreciado en aquella época), cecina, tocino, carne y licores;dos escopetas y dos espadas, cuatro pelucas dos sombreros y dos de golilla, amén de documentos, libros y papeles de los mayorazgos de Arana, Echévarri, Aperribay, Líbano y Lazcano. Esta relación de objetos destruidos figura en el Archivo de los Zabálburu, allá en el Archivo de la Diputación Foral de Bizkaia.

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