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El personaje

Thomas Meunier, de la fábrica al Mundial de Rusia

A los 19 años, el belga Thomas Meunier jugaba en un club de Tercera y se ganaba la vida en una factoría de coches

Un reportaje de Jon Larrauri - Viernes, 6 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Thomas Meunier en el duelo entre México y Bélgica.

Thomas Meunier en el duelo entre México y Bélgica. (EFE)

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Thomas Meunier en el duelo entre México y Bélgica.

A finales de 2010, los vídeos de un espigado delantero del Virton, un modestísimo conjunto de la tercera división belga, se convirtieron en virales en el país. Balones a la red recortando al portero, mediante trallazos desde prácticamente el centro del campo, de rabona… ¿Quién es ese jugador?, se preguntaban los aficionados en YouTube. El chico era Thomas Meunier (Sainte-Ode, 12-IX-1991), a día de hoy lateral derecho del todopoderoso Paris Saint-Germain y de la selección belga, uno de los protagonistas del fantástico contraataque -el que galopa como un poseso por la banda y acaba sirviendo el balón de gol a Nacer Chadli- que colocó de manera agónica a los entrenador por Roberto Martínez en cuartos de final tras remontar un 0-2 adverso ante Japón.

A sus 26 años, Meunier ha desarrollado una exitosa trayectoria deportiva que de ninguna manera podía haberse vislumbrado en aquellos tiempos en el Virton, en los que para poder ganarse la vida debía trabajar como operario en una fábrica de automóviles. “En ocho años he pasado de tomar café con mis compañeros de trabajo a compartir camiseta con Neymar, mi vida no estaba llamada a ser así”, reconocía recientemente el propio jugador en The Players’ Tribune.

Y es que hubo un momento en la vida del joven Meunier en el que el fútbol parecía, paradójicamente, cosa del pasado, al menos en lo referente a cualquier sueño de alcanzar la élite. Su padre le inoculó el veneno del deporte rey y a los 13 años tuvo que abandonar a su familia para recalar en la academia del Standard de Lieja. Pero dos años después, por sorpresa, los dirigentes de las categorías inferiores del club decidieron prescindir de sus servicios y Thomas quedó absolutamente desencantado, despechado. No quería saber absolutamente nada del fútbol. Tuvo que ser su madre la que le convenciera de darse una segunda oportunidad, aunque fuera desde el punto de vista lúdico. Ella misma contactó con los dirigentes del Virton para concertar una prueba. “Ganamos 15-3 y metí diez goles. Me ficharon de inmediato”, recuerda el jugador.

Meunier recuperó la pasión por el fútbol, pero su sueldo de 400 euros mensuales no daba para demasiado, sobre todo una vez acabado el instituto. Había que llevar dinero a casa, por lo que tocaba buscarse un trabajo al margen del deporte. Primero, ejerció cuatro meses como cartero -“me levantaba a las cinco de la mañana para completar mi ruta antes de que saliera el sol;la próxima vez que veáis a un cartero acercarse a vuestra casa, deberíais abrirle la puerta con una sonrisa y hasta ofrecerle una taza de te, seguro que ha tenido un día duro”, asegura- para posteriormente encontrar acomodo en una fábrica de coches, en la sección de ensamblaje de parabrisas, con horario de 6.00 horas de la mañana a 14.00 de la tarde. Las tardes las dedicaba a los entrenamientos, los fines de semana jugaba los partidos y el lunes tocaba comentarlos en la cadena de montaje y aguantar las críticas y las bromas si el resultado había sido adverso.

Explosión deportiva Esa fue su realidad hasta que a los 19 años los vídeos con sus goles empezaron a llamar la atención de los principales clubes de élite. “Yo ni siquiera sabía que había gente grabando mis partidos y colgándolos luego en YouTube. Muy pronto toda la Bélgica futbolera hablaba de aquel chaval marcando goles locos en tercera división. Supongo que lo que no sabían era que aquel futbolista era en realidad un trabajador de una fábrica de coches”, recuerda hoy en día divertido. En enero de 2011 le llegaron numerosas ofertas (entre ellas, la del Standard de Lieja que años atrás le había enseñado la puerta de salida) y finalmente fue el Brujas el que se hizo con sus servicios por 200.000 euros. En noviembre de 2013, ya reconvertido en lateral derecho, debutó con la selección absoluta y el verano de 2016 recaló en el París Saint-Germain a cambio de siete millones de euros. Su vida deportiva iba a toda velocidad.

Desde entonces, Thomas Meunier ha formado parte del gigantesco proyecto parisino. El pasado verano se rumoreó sobre el interés del Chelsea por hacerse con sus servicios y en las últimas semanas ha trascendido que el belga no acaba de ser del agrado de Thomas Tuchel, nuevo inquilino del banquillo del PSG. Es posible que su rendimiento en este Mundial haga cambiar de opinión a su entrenador, ya que a base de despliegue, trabajo y proyección ofensiva se ha convertido en uno de los pilares de Bélgica, que hoy busca las semifinales ante Brasil. Y si le toca cambiar de aires, tampoco supondrá un drama para un jugador tan atípico -gran amante del arte, lleva como fondo de pantalla de su teléfono móvil el cuadro La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí, y ha reconocido en más de una ocasión que de niño soñaba con confeccionar dibujos animados- como acostumbrado a alcanzar metas por vías atípicas. “Mi vida no parecía estar diseñada para ser así”, aseguró como firma final en su intervención previa al Mundial en The Players’ Tribune.

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