Indeseables a la carta

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Martes, 3 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Miguel Sánchez Ostiz

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Columnista Miguel Sánchez Ostiz

ME temo que ahora mismo las andanzas de La Manada son ineludibles desde el punto de vista mediático. Escribes de ello no porque te guste, sino porque está en el aire informativo que respiras y agrede. No me interesa ver cómo acuden a donde tienen obligación de ir, con que la policía nos informe de que han ido, me basta. Eso sí, me gustaría leer que han regresado a prisión, pero no mucho más. Si delirante es pedir hora para sacarse el pasaporte cuando tienes prohibido salir del territorio nacional, más delirante es justificarlo porque no sabes si para entregarlo tienes que sacártelo, una especie de lógica necia, que en este segundo caso, por muy increíble que resulte, retrata al personaje. Es para dudar de los test psicotécnicos que ha tenido que pasar el interesado para llegar a ser uniformado.

Estimo que donde mejor está esa gente es en prisión, al menos mientras dure su condena, pero esta es una opinión muy particular. Estaba claro que en su tribu iban a ser bien recibidos, con cohetería fina incluso y alardes de burricie, lo que habla no ya de tener un sólido arraigo social en su jarca urbana, sino de contar con una especie de cómplices, por jaleadores, que en la práctica les absuelven.

La alegría con la que hablaban los miembros de esta muta de caza, más que manada, del uso de la burundanga y la manera en que eso fue compartido por sus iguales, hace pensar en que eso es una práctica más habitual de lo que pensamos y que es de temer tendrá unas víctimas ocultas o silenciadas que desconocemos.

Un país que se ha acostumbrado a pensar y a reflexionar sobre los asuntos públicos que le atañen a base de programas televisivos de galleo tertuliano, lo tiene muy crudo para enfrentarse a cambios de verdadero calado

Los medios de comunicación que persiguen a los miembros de este grupo criminal, en una cacería mediática que mantiene vivo el espectáculo, y convierte a unos indeseables en objetivos no de información, sino de espectáculo mediático, eluden de esa forma el problema jurídico, social y educacional que subyace en el delito muy grave cometido, y que de ese modo queda en un segundo plano, tan segundo que casi mejor se queda para mañana o para nunca, porque no basta con cambiar el Código Penal, que por sí solo es por completo inútil para impedir la comisión de los delitos de violencia y agresión sexual. Hace falta una revolución educacional que llegue a donde se ve que la oficial hasta ahora no llega. Mientras el Catón de la educación sexual sea el porno, poco se puede esperar.

Para mañana o para nunca pueden quedar algunos otros asuntos que deberían haber estado en el programa electoral y de gobierno de cualquier partido que pretenda un cambio. El comienzo del acercamiento de los presos vascos a sus lugares de origen -asunto que tiene apoyatura legal plena, aunque tenga oposición política-, con el fin de ahorrar a encarcelados y familias sufrimientos innecesarios que no están previstos en el fallo de la sentencia por la que fueron condenados, único referente que debe ser tenido en cuenta en derecho… o en prisión preventiva como el caso de los políticos catalanes.

Con el inicio del camino de reconversión del monumento franquista de Cuelgamuros -sin un proyecto concreto que se conozca, al margen de sacar de allí los restos del dictador-- pueden ser unos primeros pasos de mucho impacto, pero a muchos nos gustaría ser impactados, de lleno además, por la inmediata derogación de la reforma laboral, de las leyes de educación que han dejado a esta en manos de negociantes, de la ley Mordaza que ha causado daños irreparables, como son miles de multas en las que se huele de lejos la arbitrariedad (48 diarias desde que se aprobó), hasta por no responder a un saludo avieso, y la creencia del uniformado entrenado en una discrecionalidad impune de que puede hacer poco menos que lo que le dé la gana, muy difícil me temo de desarraigar.

Un país que se ha acostumbrado a pensar y a reflexionar sobre los asuntos públicos que le atañen a base de programas televisivos de galleo tertuliano, de opiniones de descerebrados que en la pantalla aparecen por serlo, y a diario, y de profesionales de la bencina patriótica y del dogma de fe;un país, este, que prefiere el sermón, la arenga o la consigna como normas de conducta, al ejercicio de la libertad de conciencia, siempre costosa, me temo que lo tiene muy crudo para enfrentarse a cambios de verdadero calado.

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