Tribuna abierta

Jelkides en Nueva York

Por Iñaki Anasagasti - Domingo, 1 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Iñaki Anasagasti

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Columnista Iñaki Anasagasti

aNder Caballero Barturen ha sido delegado de Euzkadi en Estados Unidos desde 2013 hasta la semana pasada. Ha hecho un buen trabajo. Se queda en el país y sigue activo y comprometido desde su puesto de vicepresidente de la Euskal Etxea New England Basque Club. Ander se despidió de los vascos de Estados Unidos a través de una videoconferencia desde Nueva York dirigida a las autoridades y delegados de la North América Basque Organization en la convención de esta federación en la que fue su última intervención como delegado, reunidos en Winnemucca (Nevada). Les agradeció la atención y apoyo prestado. Todo normal.

Ander, hijo de Pello y nieto de José Mari Caballero, proviene de una saga comprometida con Euzkadi desde siempre. Confiemos en que las hamburguesas y la Coca-Cola no le hagan perder el gusto por el txakoli de Bakio y los pimientos de Tolosa. Hay muchos yanquis y cada vez menos vascos y mucho por hacer.

Pedro M. Urrutikoetxea fue un gudari del batallón Padura. Perdida la guerra pasó por varias prisiones recalando en aquel antro de exterminio del Fuerte San Cristóbal. Las emakumes de Pamplona les ayudaron desde fuera todo lo que pudieron y Pedro Mari se dijo, “si alguna vez tengo una hija le pondré de nombre Iruña,en honor a estas benditas mujeres”. Pedro Mari falleció pero su hija cada cierto tiempo viene a visitar la tumba de sus aitas en Arrankudiaga y en este caso también al Fuerte San Cristóbal. El viernes pasado estuvimos con ella en Sabin Etxea. Vive entre Estados Unidos y Caracas. Nos contó lo terrible que es vivir en Venezuela. No hay dinero, hay hambre, inseguridad y ningún futuro. Visita a sus hijas en Connecticut, Boston y Toronto que han tenido que rehacer sus vidas fuera. Nos contaba que su aita llegó en 1952 a Caracas y a la semana siguiente le mandó un telegrama a su ama en el que ponía: “Prepara viaje, paraíso terrenal”. Hoy es el infierno terrenal. Iruña con su móvil, su celular, lo mueve todo desde Venezuela, París, Ginebra, Estados Unidos. Y nos recalca que no solo hay vascos en Idaho sino en todos los Estados Unidos que saben de qué caserío tuvieron que salir sus aitas. De hecho en Connecticut acaba de celebrarse uno de estos encuentros vascos. Allí vive una de sus hijas.

Hace ochenta años se creó la delegación del Gobierno vasco en Nueva York, que posteriormente acogió al lehendakari Aguirre en su exilio. Allí Manu y Ramón Sota con su cuidado inglés de Cambridge, Antón Irala, Jon Bilbao y Jesús de Galindez, dejaron impronta de lo vasco enmomentos aciagos. Fue un equipo de superlujo.

Hay también vascos txirenes de cuya vida no sabemos nada. La guerra les obligó a salir de su nido y anduvieron por el mundo haciendo cosas hoy desconocidas. Uno de ellos fue José Luis de la Lombana, hijo de militar español nacido en Madrid y de una alavesa nacida en Santa Cruz de Kampezo, y que además se llamaba Toribia,como se llamaban las señoras y señores en aquellos años donde te ponían el nombre del santo del día.

José Luis nació en la calle Dato y la comadrona le chafó uno de los ojos, cosa que no le impidió tener, como pocos, una vista de águila.E studió en los Marianistas de Vitoria y como su padre era un militar chapado a la antigua, cuando Azaña aprueba su reforma militar en 1931 dejó el ejército y se fue a Madrid con la familia. Allí José Luis estudia dos carreras, Derecho y Filosofía, además de perito mercantil.

Hace ochenta años se creó la delegación del Gobierno vasco en Nueva York, que posteriormente acogió al lehendakari Aguirre en el exilio

Pero sus “malas compañías“, que así lo eran para su padre con gentes nacionalistas, hace que tras el 18 de julio de 1936, le encarcelen y Mola le dice a su padre,que había vuelto al ejército con la sublevación militar, que de momento no le fusilarían pero que Doña Toribia se estuviera quieta pues andaba removiendo Roma con Santiago para sacar a su hijo de la cárcel, cosa que logra entrando en el convento donde estaba su vástago negociando su salida. Vende después sus joyas para pagar a contrabandistas que le sacan a José Luis por los Pirineos. Toda una madre coraje.

Tras estas peripecias, llega a Barcelona donde con 27 años le nombran director del diario Euzkadi hasta que recibe la invitación para acudir a Nueva York al II Congreso de la Juventud Mundial por la Paz y ni corto ni perezoso llega a la capital del mundo, una ciudad que en 1938 había creído que los marcianos la estaban invadiendo gracias a un programa de radio de Orson Welles con su Guerra de los mundos. Pero la verdadera guerra, la civil española, a los norteamericanos les importaba un pito y aunque apoyaban mayoritariamente de sentimiento a la República los católicos norteamericanos, a cuenta de que Franco había sido bendecido como un cruzado, consideraron el acto del Madison Square Garden, donde habló Lombana con mucha pasión, como una sopa indigesta de rojos separatistas. Posteriormente Lombana llegó a hablar con su mal francés con Eleanor Roosevelt, pero luego le dijo al lehendakari Aguirre que la primera dama había estado muy solidaria, pero que se le notaba que no iba a hacer nada.

Ante aquel panorama el hombre, ni corto ni perezoso contrató los servicios de un intérprete y se dedicó a visitar universidades, Ohio, Chicago, Harvard, Texas, Georgetown, Nueva York, Illinois,explicando que los vascos no se habían sublevado contra nadie,que la sublevación no era una Cruzada,que el Gobierno vasco no había perseguido a nadie sino solo se había defendido de una agresión y que los vascos éramos la pera. No tengo ni idea lo que pensarían en aquellas casas de estudios ante un personaje como aquel pepito grillo, pequeñito, cabezón, gafas redondas y una erudición desbordante que les contaba aquellas historias y les decía que tarde o temprano iba a haber una guerra mundial y que los Estados Unidos, mal que les pesara, entrarían en ella.

Volvió a San Juan de Luz, se enamoró de una chica de Algorta y antes de que lo metieran en el Campo de Gurs apareció en Barranquilla, el puerto atlántico de Colombia, un país en el que tenía algún familiar. Y allí rehizo su vida dando clase de periodismo y luego en la Universidad Nacional de Derecho Constitucional, montando el mejor bufete de abogados de Bogotá durante años.

Pudo volver en 1959 y abrazar a su madre que le empapuzó a kokotxas como queriendo desquitarse de tantos tragos amargos y murió en 2001 añorando su tierra y escribiendo sobre ella.

Josu Erkoreka y yo, tras encontrar el informe que en 1938 le envió al lehendakari Aguirre, lo ambientamos y contextualizamos y lo hemos editado para que alguien interesado en estas vivencias sepa que Lombana existió aunque, ante la indiferencia general , no hay distribuidora nacional de estas rarezas que podían ser hasta guiones de películas. Sabemos que todas estas batallas acabarán diluidas en la niebla esperando ese relato que nunca llegará. Me falta espacio para hablar del busturiano Valentín Aguirre. Cuando llegó a Nueva York era un grumete anónimo;cuando murió, su garantía era suficiente para banqueros y compañías navieras, para la policía y las autoridades de la inmigración. Decía que se había graduado en la Universidad del Monte Sollube, es decir, en la vida y ante la política sin hechos, no le dolían prendas en comentar que también los canarios y los jilgueros “te están cantando todo el día, pero nada te “disen”.

Tenemos un elenco inacabable de gentes de bien repartidos por aquel continente que Koldo San Sebastián acaba de resumir en su libro Origen de la comunidad vasca de Nueva York 1880-1955 aunque con una portada impersonal y horrible, tipo agenda, la presentó hace un mes ante veinte personas en la UPV. Es lo lastimoso del caso, que estas cosas son para superminorías, pero él sigue como gota malaya trabajando tratando de recuperar una historia preciosa que pasa del imperdible que Valentín Aguirre ponía en la camisa de los vascos que llegaban sin saber una palabra de inglés a la ciudad de la antorcha, para ir a Nevada y a Idaho como pastores y, a la despedida por videoconferencia de Ander Caballero, una generación que lo tiene mucho más fácil, aunque hagan poco la mayoría de ellos, para honrar la acción de vascos y vascas extraordinario/as. Es también nuestra identidad.

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