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El muro

‘Los Iguales’ llegaron en tiempos ancestrales y según la tradición oral eran fuertes, ricos y listos. También eran invencibles y en la inmensa Roma estaba su emperador. Hubo quienes se alistaron entre sus huestes para combatir a los bárbaros pictos y ellos mismos pasaron a ser ‘Los iguales’

Un relato de Javier Ganboa - Sábado, 30 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:01h

El muro.

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El muro.

Por las historias que escuché de niño junto al fuego de nuestro hogar, Los Igualesaparecieron por primera vez en tiempos del abuelo de nuestro abuelo. En nuestra tierra jamás habían visto nada parecido. Caminaban juntos, a menudo sin mujeres, niños ni ancianos. Acarreaban extraños artefactos. Hablaban una lengua nunca escuchada. Pocos vestían pieles y todos portaban armas de hierro, las mismas, brillantes cascos, muy parecidos, y unos enormes escudos idénticos. Por eso, entonces, los llamaron Los Iguales.

Los hermanos de las tierras al sur contaron a los abuelos de nuestros abuelos que hacía muchos inviernos que Los Iguales habían construido un poblado grande, de piedras pintadas, paredes brillantes y suelos pelados, carentes de hierba o barro. Decían que mostraban gigantes de roca y bronce en sus calles. Gigantes inmóviles y aterradores que pareciera fueran a gritar o caminar de un momento a otro. Quizá escondieran espíritus malignos atrapados en su interior. Ese poblado sin medida se levantaba en una colina del meandro ancho del Río Rápido que baja de las Montañas Altas al Río Ancho. Lo llamaban Pompaelo. Que yo recuerde, nosotros jamás estuvimos cerca.

Hechiceros del agua Decían las gentes de la orilla del Río Ancho que los hechiceros de Los Iguales conocían los sortilegios precisos para que el agua corriera a su voluntad. Que eran capaces de conducirla, sin crecidas ni sequías, desde las entrañas de la montaña hasta los brocales de sus propias casas. Agua limpia, clara, en un flujo continuo. Decían que sobraba la comida en las plazas de Pompaelo. Que hasta el más humilde artesano disponía de vajillas finas, telas tejidas sobre su cuerpo y calzado de cuero. Que llegaban de la lejanía frutas de vivos colores y sabores desconocidos, aves gruesas como corderos, corderos como terneros y terneros enormes. Y los caballos no se podían contar.

Relataron a los abuelos de nuestros abuelos que no era posible vencer a Los Iguales. Si en alguna ocasión un grupo de ellos había caído en una escaramuza y los nuestros habían podido ofrecer los corazones del enemigo abatido a los genios de los Árboles y a la Luna, resultaba peor. Siempre. Regresaban antes de que se cumpliera el siguiente verano. Otros. O quizá los mismos. A menudo, en mayor número. Pero iguales. Y sin clemencia. Como si se tratara de una plaga. O de una maldición. Más de un hombre valiente se despertaba, empapado de madrugada, jurando que había escuchado el marchar de aquellos calzados claveteados.

Entonces Roma era un lugar legendario. Inabarcable. Allí moraba el que ellos reverenciaban como Dios Emperador. En el corazón del Mar Interior. Mucho más allá de Tarraco, que es donde muere el Río Ancho y donde comienza el camino enlosado por el que aparecían perpetuamente los llamados Iguales.

Oiarsso Cada vez que iba a Oiarsso, con su pequeño puerto, el foro y las minas cercanas, acompañando a nuestro padre, trataba de imaginar Roma. Once veces más grande. Once veces once. Entraba en Oiarsso con la boca abierta, ayudando a nuestro padre con la mercancía: las piedras de hierro y la buena madera de nuestros ricos bosques.

Yo no había cumplido aún la edad de portar armas. Ni de cazar al lobo. Y en Oiarsso vi que los romanos poseían la magia que logra mantener grandes embarcaciones a flote. Embarcaciones que juran navegar al otro lado del Mar Exterior, quizá atravesando el soplido de las ballenas o los inmensos bancos de peces azules. Vi que podían cortar enormes cubos de piedra con aristas perfectas y moverlas con aquello que eran máquinas. Sin salmos ni encantamientos. Vi a los cirujanos sanar a soldados heridos en reyertas de taberna. Y vi desestibar fardos arribados de todos los confines. Vi joyas, vidrio y otros objetos que nunca comprendí. Ni siquiera ahora.

Sin escuchar a nuestros abuelos, ni a nuestros padres, decidimos ver aquel mundo que solo podíamos soñar. Y nos alistamos. Casi sin esperar al día siguiente de poder cargar nuestra propia espada. De todo hubo aquellos años. Guerreamos con galos. Y con tingitanos. De los ardientes campos de olivos de Mauritania nos condujeron a la estéril raya de los germanos. De las jornadas sin lluvia pasamos a las jornadas sin sol. De la sed perpetua a la tos sin descanso. Hubo amigos, amantes y sacerdotes. Hubo vino. Y hubo sangre.

Uno de aquellos amaneceres oscuros de la raya germana, el centurión nos dio la nueva. Nos destinaban al norte de la gran isla de los britannos. El que adoraban como Dios Adriano Emperador había mandado levantar una muralla de costa a costa donde la isla muestra cintura de doncella. El augusto quería confinar a los bárbaros pictos al otro lado, dejándoles el norte. Así nos lo dijo el centurión dibujando el mar, la isla y el muro en una tablilla de cera. La piedra es nada sin su guarnición, sentenció.

Los pictos Los pictos no duermen. Lanzan alaridos luna tras luna al otro lado del muro. Y tratan de asaltarlo a continuación. Con los cuerpos pintados desde los tobillos hasta las cejas, embriagados por las setas o enloquecidos por el hambre, arrojan sogas y raquíticas escalas de madera sin desbastar. Son los mismos aparejos que cubren sus cadáveres al amanecer. Nos bastan los pilum y la pericia de nuestros arqueros para desbaratarlos.

La última vez que los pictos regresaron a sus refugios del norte, encargamos un ara votiva al artesano tallador de la cohorte. Los de la II Cohorte Várdula queríamos agradecer a los dioses del destino que nos mantuvieran vivos otra campaña. Pronto nos licenciarían. Podríamos poseer algún cultivo en la Bética. O ver Roma. O retornar a casa. Ese fue el momento en el que, pensando en los abuelos de nuestros abuelos, me di cuenta de que, en este muro, Los Iguales éramos nosotros.

Para los pictos, nosotros éramos los romanos.

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