Historias del metro con...

Cinco chispazos de vida

José Ignacio Ramos , víctima de un infarto e Iñigo Apellaniz, médico de empresa de Metro Bilbao

Alberto G. Alonso - Domingo, 24 de Junio de 2018 - Actualizado a las 17:20h

El desfibrilador entre José Ignacio e Iñigo

El desfibrilador entre José Ignacio e Iñigo (Borja Guerrero)

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El desfibrilador entre José Ignacio e Iñigo

Bilbao - José Ignacio Ramos volvió a nacer el pasado 18 de abril cuando tenía 59 años y estaba tramitando la jubilación. Ese día, sobre la nueve de la mañana, a este ferroviario de Balmaseda le dio un infarto al corazón cuando bajaba las escaleras mecánicas a la estación del metro de Cruces camino de Barakaldo, a una consulta con su dentista. Minutos antes se había despedido de su mujer, María Adelaida Fernández, que iba al colegio donde trabaja como profesora. “Bajaba el primer tramo de escaleras cuando me caí y no sé más, hasta que me desperté días después en el hospital”, recuerda el infartado.

“No le tocaba morirse” afirma sucinto Iñigo Apellaniz, médico y jefe del Servicio de Prevención y Salud de Metro Bilbao. Explica que “tuvo toda la concatenación de circunstancias para salir adelante”. Lo primero es que estaba en un sitio público, además en Cruces, una zona con mucha gente que trabaja en sanidad y en una estación del metro, con un desfibrilador a escasos metros donde le dio el arrechucho. Y para redondear el escenario positivo pasaban en ese momento la jefa del servicio de Cardiología del hospital y otro compañero cardiólogo. “No tocaba”, reitera Apellaniz mientras le esboza una sonrisa sincera el extrabajador de Feve. El médico describe que “bajaron, cogieron el desfibrilador y automáticamente el dispositivo ya dio el aviso de que se estaba usando, una opción que tienen los 42 de la marca B-Safe que tenemos en cada estación. Es más, desde un centro de control te dan instrucciones de su uso, pero en este caso no hacía falta. Sabían lo que tenían que hacer”. El dispositivo tiene registrados 20 minutos de actividad y los cinco chispazos que le dieron combinados con el obligado masaje cardiaco entre latigazo y latigazo. Fue cuando llegó la ambulancia, la evacuación a las cercanas Urgencias y ya allí le recuperaron. “Me desperté poco a poco, estaba grogui, aunque he tenido unos sueños bonitos, bonitos”, recuerda José Ignacio. Su mujer no se separó de él mientras salía del coma inducido al que le sometieron los médicos. “No sabíamos cómo iba a salir”, recuerda María Adelaida. Apellaniz explica que “las consecuencias de una atención retrasada en el tiempo es que puedes recuperar a la persona, aunque con muchas secuelas. El uso del desfibrilador es esencial”. Pero José Ignacio despertó y su mujer recuerda como “el primer gesto que hizo para comunicarse conmigo fue guiñarme un ojo, algo muy suyo. Ese momento fue de una emoción comparable a cuando te nace un hijo. No pude hacer más que llorar”. Tras 32 días ingresado, volvió a casa para “vivir más pausado y tranquilo porque esta experiencia te hace relativizar mucho las cosas. ¡Ah! y he vendido el coche porque ya no me dejan conducir, pero no me importa”. El médico del metro rubrica el final feliz de la historia diciendo que “el esfuerzo de poner el desfibrilador, la formación de nuestro personal para saber usarlo, todo eso es un costo económico, pero cuando ves la utilidad personificada en José Ignacio, ya está justificada cualquier inversión”.

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