Tribuna abierta

Aritmética azarosa

Enrique Zuazua - Jueves, 21 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h

columnista enrique zuazua

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la llegada al mundo de los cachorros humanos se produce en un evento extremo, no exento de riesgos. Y, aunque los avances de la medicina y la tecnología han conseguido que en buena parte del mundo el porcentaje de partos plenamente satisfactorios aumente de manera considerable, el riesgo persiste. No puede ser de otro modo pues, en el parto, el cuerpo de la madre se abre para desdoblarse y alumbrar un nuevo ser independiente e íntegro.

Algo tan increíblemente singular y que tan intensamente define el concepto de vida no puede siempre producirse según los protocolos ideales de seguridad. El riesgo siempre acecha y se acrecienta en las poblaciones que aún no tienen acceso a una vida digna, segura y saludable. Tal vez el mejor ejemplo sea el de las madres que alumbran a sus criaturas en la patera, escapando de las guerras y de la pobreza.

A pesar de lo azaroso del trance del nacimiento, los niños tardan en desarrollar la percepción del riesgo, no ya de ese primer suceso que no recordarán yque marca para ellos el minuto cero, sino del que intrínsecamente entraña la vida en este planeta: Siempre acecharán los virus, las bacterias, las catástrofes naturales, y sobre todo, sus iguales, los demás humanos.

Tanto es así que, aun aquellos que conduzcan su vida con orden y planificación, no conseguirán eliminar el riesgo inherente al estar vivo.

La Ciencia lo ha asumido plenamente y ha desarrollado e integrado conceptos tales como caos o incertidumbre. Hoy el cálculo de riesgos o la estimación de la probabilidad de eventos extremos es un área fecunda e hiperactiva de las Matemáticas, con aplicaciones en ámbitos tan diversos como las finanzas o los desastres naturales.

Pero cada día vemos que, a pesar de los grandes avances de la Ciencia y los esfuerzos que se realizan en el uso inteligente de las herramientas que esta proporciona, todos ellos resultan siempre insuficientes. Lo veíamos estos días en la inesperada erupción del volcán de Fuego en Guatemala que se ha cobrado decenas de víctimas.

A pesar de ello, los métodos de base científica cada vez más evolucionados y los protocolos de prevención, que han de estar siempre acompañados de recursos y de grandes dosis de sentido común, siguen siendo nuestras mejores armas. Todos sabemos, por ejemplo, que un paso a nivel del tren entraña riesgos. ¡Qué menos pues que poner barreras en los más transitados!

Ahora bien, hagamos lo que hagamos, nunca será suficiente: el mundo está sometido a las reglas de lo inesperado, del azar.

Afortunadamente, en esa arriesgada aventura de la vida, la aritmética es un gran aliado, un refugio siempre seguro. Contar, sumar y restar y, si es necesario, multiplicar y dividir, es un arma a nuestro alcance y que siempre hemos de usar.

Por ejemplo, cuando el estrés y la ansiedad se apoderan de nosotros ante el cúmulo de tareas y responsabilidades, nada mejor que contabilizar las horas de trabajo o estudio y de descanso disponibles, enumerar los trabajos pendientes y ordenarlos de modo que podamos recuperar la serenidad y abordarlos uno a uno de manera eficaz. Lo mismo puede decirse de las economías, tanto de las más pequeñas, a escala casera, como de las de los países más poderosos.

La gran política está también basada en la aritmética. Se contabilizan votos para asignar escaños en las cámaras de representantes que, a su vez, determinan el color político de nuestros gobernantes y de las decisiones más transcendentales que estos adoptan.

Pero, si la aritmética es una herramienta valiosísima para gestionar la incertidumbre y el azar, puede ser también generadora de eventos inesperados como el insospechado cambio de Gobierno de hace unas semanas, derivado de las caprichosas combinaciones que los números pueden generar.

En esa arriesgada aventura de la vida, la aritmética es un gran aliado. Sumar y restar y, si es necesario, multiplicar y dividir, es un arma a nuestro alcance y que siempre hemos de usar

En efecto, el Gobierno de España se decide y/o se modifica al alcanzar la mitad más uno de los votos, 176 en el caso del Congreso de los Diputados. El Partido Socialista echó sus cuentas y vio que la suma de los escaños de los parlamentarios que podrían votar por una alternancia en el Gobierno, en el ecuador de la legislatura, podría llegar a ese umbral de 176, lo intentó y lo consiguió. Rara vez un partido político había utilizado la aritmética de manera más hábil y ágil.

La clave estuvo tal vez en darse cuenta de que no había que sumar en función de los criterios habituales que asignan a cada grupo un color o tendencia de voto permanente, y que por tanto establece distancias en apariencia insalvables, sino en sumar los que en aquel preciso momento podrían estar prioritariamente interesados, por muy diversas razones, en que el Gobierno cambiase de color o, simplemente, en no formar parte de los que lo sostenían.

Pocos creyeron, cuando la moción de censura fue registrada, en sus posibilidades de prosperar. Pero fructificó. La mayoría de los ciudadanos hicimos las cuentas al modo tradicional, pero los impulsores de la iniciativa tuvieron la inteligencia de ver la oportunidad de sumar de otra manera.

En esta ocasión, la aritmética y el azar, viejos conocidos, volvían a unirse, pero para propiciar un episodio de alternancia inesperado.

Sin duda, lo ocurrido quedará como ejemplo de las dinámicas excepcionales a las que puede conducir un sistema democrático, en principio diseñado para que los gobiernos cambien y se alternen cuando acaban las legislaturas y los ciudadanos, con su voto, definen un nuevo reparto de escaños. Las leyes fundamentales prevén que se puedan interponer mociones de censura y que los gobiernos puedan cambiar sin que la cámara de representantes lo haya hecho, pero es un suceso ciertamente improbable que en esta ocasión se ha dado.

Lo ocurrido, en Matemáticas, es lo que se denomina un “evento raro”. “Raro” en este caso se refiere no a que sea extraño o indeseable, sino meramente improbable.

Nuestro sistema político ha vivido un cambio de fase como cuando el agua se congela en hielo o, por el contrario, el hielo se derrite. Ambos estados, el anterior y el nuevo, son estables, y lo insospechado de lo acontecido no significa que la nueva configuración de nuestro mapa político no sea duradera.

Nos encontramos de este modo, inesperadamente, ahora que el curso académico y legislativo estaba apunto de acabar, en un nuevo tiempo, en un nuevo estado, fruto de un evento raro.

Las lecturas políticas son variadísimas, como no podía ser de otro modo. Algunos aún no pueden creer la pérdida del gobierno y otros tampoco que el cambio no haya sido más favorable a sus intereses. Los ganadores no han tenido apenas tiempo para celebrarlo ante la inmensa responsabilidad adquirida, y entre los que han apoyado la moción puede que haya incluso alguna duda, pues no todo estaba escrito en el momento en que decidieron apoyar el cambio.

Pero todo eso poco importa ahora que, de manera inesperada e impulsiva, hemos entrado en otro tiempo. En él estamos.

Nunca llueve a gusto de todos, tampoco en este caso, pero algunas novedades son ya visibles desde el primer momento. La Ciencia recupera un Ministerio, lo cual genera ilusión en una comunidad científica española que perdía la esperanza, tras haber visto que el fruto de varias décadas de inversiones y esfuerzo se debilitaba a lo largo de un decenio marcado por la crisis.

No podría ser de otro modo;un Gobierno pergeñado en una operación audaz y original de aritmética azarosa, tenía que hacer un guiño a la Ciencia.

El parto es un evento singular, que parte a uno en dos, y a partir del cual ambos tienen vida propia independiente. En el nacimiento de una nueva criatura, una vez que el recién nacido llora y comienza a respirar y alimentarse, la probabilidad de que eso dé lugar a una vida sana, se acrecienta enormemente.

Lo ocurrido no ha sido menos épico y ha dado lugar a una nueva configuración del mapa político que ya tiene, también, su propia historia y narración.

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