Mirar hacia otro lado

Nicaragua en rojo y negro

Por Mikel Mancisidor - Sábado, 16 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Columnista Mikel Mancisidor

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Columnista Mikel Mancisidor

No estamos prestando toda la atención que la crisis que vive hoy Nicaragua merece. Desde hace dos meses el país se haya inmerso en un conflicto en el que el gobierno ha apostado por la represión militar y policial para sofocar marchas populares y protestas sociales, provocando hasta la fecha más de 150 muertos y en torno a 1.500 heridos. Hemos visto estos días en este país fuerzas paramilitares, sicarios, pistoleros, verdugos y francotiradores actuando en unas ocasiones con terror generalizado, en otras con puntería fría y asesina, contra la población civil marchando en manifestaciones, cortando carreteras o parapetada tras barricadas.

A la larga lista de víctimas deberíamos sumar las amenazas, hostigamiento y campañas de acoso y criminalización contra miles de defensores de derechos humanos, periodistas, sacerdotes, estudiantes, improvisados líderes vecinales o simples manifestantes. Incluso, como denuncian en una carta conjunta varios expertos independientes de la ONU, se han acreditado casos de “represalias contra los trabajadores de salud que han intentado ayudar a los heridos durante las manifestaciones”, impidiendo así que los manifestantes heridos hayan podido acceder a los servicios de salud.

Las demandas sociales y estudiantiles se centraban en principio en la derogación de una reforma de la seguridad social, pero la degeneración de la respuesta gubernamental las ha transformado en demandas más básicas y de carácter prepolítico o al menos no-partidista, como son el respeto a los derechos humanos, la democracia y, si me permiten la expresión, la dignidad humana y social.

Hasta tal punto ha evolucionado el conflicto que hoy parece difícilmente aceptable cualquier salida que no pase por el abandono del gobierno del presidente Daniel Ortega y su vicepresidenta -y esposa- Rosario Murillo, que ejercen el poder, desde hace once años, con progresiva indignidad.

La solución a la crisis nicaragüense parece que debe pasar por el cese de la represión, el abandono más o menos inmediato del poder por parte del presidente y la vicepresidenta, y las garantías de justicia y reparación, sin impunidad, que aclaren las responsabilidades por la injustificable represión sufrida estos dos meses.

Este jueves se ha celebrado un paro nacional, que ha paralizado parte del país. Los dos principales periódicos españoles no recogían en su edición impresa de ayer, viernes, mención alguna a este paro.

Entre algunos sectores de izquierda esta ausencia de reacción ante lo que pasa en Nicaragua se explica, al menos en parte, por el enorme capital de legitimidad -ya dilapidado ante los ojos de quien quiera ver- acumulado en otro tiempo por lo que el presidente Ortega representaba. El movimiento sandinista mantiene un nombre, una historia y unos colores que atrajeron gran simpatía y solidaridad durante una década, la de los 80 del pasado siglo, que sin miedo puedo calificar de heroica en Nicaragua. A unos les cuesta más que a otros, pero creo que si queremos actuar con respeto a la democracia y los derechos humanos, o si quiera con un mínimo de decencia política, quienes mostramos en el pasado solidaridad con el sandinismo deberíamos hoy -por los mismos motivos que nos movían entonces- estar hoy con quienes luchan al otro lado de la barricada. Los colores sandinistas negro y rojo que despertaban ayer las pasiones de muchos, dentro y fuera del país, se muestran hoy, sucios y ultrajados, como rojo sangre y negro muerte.

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