prueba de acceso a la universidad

Batallitas de la selectividad

¿Quién no se acuerda de su paso por la selectividad? Distintas generaciones comparten sus anécdotas y recuerdos

Idoia Alonso - Viernes, 8 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Cuatro mujeres de distintas generaciones recuerdan para DEIA su experiencia en selectividad

Cuatro mujeres de distintas generaciones recuerdan para DEIA su experiencia en selectividad (Borja Guerrero)

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Cuatro mujeres de distintas generaciones recuerdan para DEIA su experiencia en selectividad

Bilbao - Hoy es el final de etapa de la selectividad para los 11.000 estudiantes que ayer seguían dando pedales. Fue el turno de Lengua Castellana y Literatura, Matemáticas, Geografía, Biología o Economía de la Empresa. En el descanso del mediodía, la plaza Mikel Laboa - el corazón del Campus de Leioa de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU)- parecía un animado zoco de universitarios y bachilleres, compartiendo los mismos jardines y comiendo en el mismo tuppergune. Estaban juntos, pero no revueltos. Y sin embargo había entre ellos una conexión invisible.

Porque, ¿quién no se acuerda de su año de selectividad? Nadie. Sería como olvidarse del día en el que se pierde la virginidad. Un recuerdo que el paso de los años puede desdibujar, añadir y quitar detalles, pero nunca borrar. Además, la selectividad tiene la cualidad de igualar y unir a distintas generaciones. DEIA ha querido bucear en distintos recuerdos para saber si la hipótesis se sostiene.

Se han prestado para el experimento Idoia Camacho y Ana Mendieta, profesoras de la Facultad de Ciencias Sociales y la Comunicación, junto a Ane Orronsoro y Miriam Luque, dos estudiantes que están haciendo el Trabajo de Fin de Grado y la tesis doctoral en el Achucarro Basque Center for Neuroscience, centro de investigación dedicado al estudio del cerebro. Dos veteranas de letras frente a frente a dos promesas de ciencias.

Abre fuego Ana Mendieta, que se presentó a la selectividad cuando aún no habían nacido quienes hoy están haciendo la Evaluación para el Acceso a la Universidad (EAU). “Recuerdo, uno, la falta total de información;dos, que estaba muy nerviosa;tres, que la preparé durante un mes;y cuatro, que la hice fatal y mi media bajó de sobresaliente a notable”. Aun así, Mendieta sonríe cuando lo cuenta. “Yo, la verdad, es que era pavísima. Hice la selectividad en el año 1984 y no tenía que ver nada con ahora, porque para empezar no sabíamos ni lo que era la selectividad”. Ana estudiaba en un colegio de monjas que jamás las prepararon para realizar esta prueba. “Te decían: Tiene que ir usted tal día a tal sitio y hay un examen. Pero, vamos, no sabíamos nada de nada”. Así que ella y unas amigas fueron en autobús de línea a Leioa, casi con el uniforme puesto, y sin saber a lo que se enfrentarían. Era tal su ingenuidad en aquella época que, según confiesa, “una amiga me dijo que después de la selectividad nos iban a dar unos taquitos de jamón y queso. Y claro, yo después toda nerviosa buscando los taquitos de jamón y queso”. Para esta profesora de Multimedia y Medios de Comunicación Local, la principal diferencia entre su juventud y la de ahora es la sobreprotección parental que existe en la actualidad. “Nosotros huíamos de los padres. No sé si mi madre vino a la universidad alguna vez, pero aquí no había ningún padre ese día. Eso es lo que me alucina de la generación de ahora”, señala. Casi 25 años después, la catalana Miriam Luque también lo vivió con la incertidumbre de la falta de información. Y es que fueron “la primera generación que hicimos la prueba puntuando hasta 14”, cuando la selectividad recibía el nombre de la PAU (Prueba de Acceso a la Universidad). La verdad, dice, “es que nos sentimos como conejillos de indias porque los profesores del instituto no sabían cómo iban las materias específicas, no sabían cómo iba a funcionar. Al final no tenías mucha información del nuevo sistema”. En su caso, “tenía pavor a las lenguas, al catalán y al castellano, porque yo era de ciencias puras”. Esta estudiante de doctorado se acuerda de “la presión” que sintió porque la nota de corte para acceder a Biotecnología en la Universitat de Girona era 10 puntos. Y tampoco olvida el alivio que sintió cuando acabó la PAU. “Ese año fuimos a la feria de Palamós porque era una fecha próxima a San Juan, que si petardos, que si hogueras, que si la coca de San Juan...”.

Ni hogueras, ni cocas. Ane Orronsoro disfrutó del final de selectividad disfrazada de Avatar. “Eran fiestas en el pueblo, en Beasain, y lo di todo porque el fin de semana anterior no pude salir porque estaba estudiando. Era día de disfraces y en la cuadrilla nos disfrazamos de Avatar, todas de azul”. Pero cuando realmente lo celebró fue cuando “me dieron la nota y pude entrar a Bioquímica”, que hace cinco años pedían ya un 12,3. “¡Qué presión! Tenía que sacar buena nota sobre todo en las asignaturas específicas para poder entrar. Y entré”, afirma esta estudiante de cuarto.

La profesora Idoia Camacho fue más formal después de acabar. “Cuando salí del último examen me liberé completamente, pero me imagino que después me iría a casa a descansar”. Lo que no olvida es que “estaba muy nerviosa, creía que me dirigía al patíbulo. Luego te das cuenta de que solo es un trámite, pero hay que pasarlo para saberlo. Lo pasé fatal”. Pese a todo, estas cuatro mujeres defienden que la selectividad -quizá en otro formato- es necesaria para ordenar el acceso a una carrera porque, según Orronsoro, “en algunos colegios se suben las notas a los alumnos y debe haber una prueba a la que vayamos todos en igualdad condiciones”.

etiquetas: selectividad, pau

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