selectividad

Industrialización Vasca y Atxaga

11.000 estudiantes de Bachillerato se enfrentaron ayer al primero de los tres días de la selectividad entre nervios

Idoia Alonso - Jueves, 7 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h

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(Edorta Nafarrate)

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Arrancan los exámenes de selectividadReproducirEstudiantes de Bachillerato se enfrentan al primero de los dos exámenes de la mañana de selectividad en la Escuela de Ingeniería de la UPV/EHU. Fotos: Borja Guerrero

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BILBAO- “He hecho muchas quinielas estos días y no sé si quiero o creo que va a caer el tema cinco, Industrialización en el País Vasco y las consecuencias sociales”, afirmaba ayer Leire Maeso de El Salvador Maristas minutos antes de entrar al examen de selectividad. Pues pleno al quince. Ayer cayó en el examen de Historia el tema que andaba en boca de muchos de los corrillos de estudiantes que se arremolinaban frente a la Escuela de Ingeniería de Bilbao de la UPV/EHU. Pero quien abrió oficialmente la Evaluación de Acceso a la Universidad de este año fue el Premio Euskadi y Premio Nacional de Narrativa, el literato vasco Bernardo Atxaga con un artículo publicado en la revista Argia, titulado Nola joan dira ilusio zaharrak?(¿A dónde han ido las viejas ilusiones?).

Ilusión, lo que se dice ilusión, no es lo que reflejaban las caras ojerosas de los estudiantes. Si acaso, se veía alguna risa nerviosa. Ese tic que no es una verdadera risa por diversión, sino una reacción física al estrés, la tensión, la confusión o la ansiedad. En otras palabras, al cuadro sentimental que provoca la temida e inevitable selectividad. Algo que sin duda alguna es la antítesis de esa vieja ilusión de Atxaga a la que aludía el comentario de texto del examen de Lengua Vasca y Literatura con el que arrancó la Evaluación de Acceso a la Universidad.

La jornada comenzó muy temprano. A eso de las siete y media de la mañana ya se podía ver en los aledaños de San Mamés a grupos de estudiantes acompañados de sus profesores. En los vagones del metro de Bilbao compartían espacio quienes se dirigían al trabajo con jóvenes pegados a sus apuntes fosforescentes. En la calle el mercurio marcaba 13 grados y el sol hacía amago de querer abrirse en el cielo. Un buen augurio, teniendo en cuenta esta primavera de Euskadi pasada por agua. A medida que la hora H del día D se acercaba, la tensión iba in crescendo. Abrazos y saludos entre compañeros de instituto en la entrada de la Escuela de Ingeniería;visita al tablón de anuncios para comprobar el número de tribunal y el aula en el que toca hacer el examen y búsqueda de “esa maldita clase”, como le dijo Ander a una de las asistentes que no paraba de repetirle con gran amabilidad que debía dar la vuelta al edificio para dar con el aula que buscaba. “Tranquilo, tienes que girar por este pasillo a la derecha y es la cuarta clase, la del fondo”.

Son las 8.40 y los estudiantes se arremolinan en los pasillos de ingenieros,impacientes por entrar en el examen y acabar de una vez por todas con la agonía de la incertidumbre. La verdad es que más que una facultad, los pasillos parecían la sala de espera del área de maternidad de un hospital lleno de padres primerizos. Pero antes de ocupar el pupitre hay que pasar por el último trámite, mostrar el DNI y la hoja con el código identificativo del alumno al presidente del tribunal mientras decía: “No podéis perder esta hoja con el código, es más importante que vuestra vida”. Al escuchar este comentario un par de estudiantes bromearon diciendo: “Tranquilo, hombre, que no nos queremos suicidar”.

Algo tan improbable como no llevar el código de acceso a la selectividad se convirtió en la pesadilla de una estudiante que rompió el silencio general para decir en alto: “¿Qué hoja del código? ¡Yo no tengo una hoja con ningún código!”. Todas las miradas se concentraron al instante en esta chica mientras su cara se volvía blanca como un folio y las lágrimas comenzaban a asomar en sus ojos. Al parecer, esta alumna se presentaba a subir nota y se la llevó una profesora con la esperanza de poder solucionar el problema.

Uno a uno los estudiantes fueron entrando a las aulas asignadas, mientras se cerraban las puertas y el silencio se hizo en los pasillos. Alea iacta est, la suerte está echada, la fase atribuida a Julio César cuando pasó el río Rubicón como declaración de guerra contra el Senado romano. Solo quedaba algún profesor, como Susana, jefa de estudios del Instituto Rekaldeberri, quien comentaba la lógica inquietud mostrada por su grupo. “Les he visto nerviosos, están histéricos, la verdad es que no son capaces de ver el número de aula en la que les toca hacer el examen aunque lo tengan delante y ahí he estado acompañándoles hasta que entrasen, por si había algún problema, pero afortunadamente no ha pasado nada”. La jornada discurrió con normalidad hasta que por la tarde saltaron las alarmas por la supuesta filtración del examen de Historia a través de WhatsApp, unos rumores que fueron inmediatamente desmentidos por los responsables de la Universidad del País Vasco.

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