Los nuevos ciudadanos de Bilbao

Ocho personas de distintos países que ahora viven en la capital relatan sus experiencias, las dificultades que han pasado y su integración en la sociedad

Un reportaje de Olga Sáez - Domingo, 3 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Luana,de Brasil;Mohamed, de Argelia;Afaf, de Marruecos;Daniel, María Marleni, Liliana y Miguel, una saga de Colombianos;Ami, de Senegal;Anka, de Rumanía;Roland, de Alemania;Indira, de Venezuela;Celine, de Francia… Son los nuevos vecinos de Bilbao que hacen de la capital una ciudad diversa. Sus experiencias vitales son tan distintas como sus países de origen. Ocho de estos nuevos bilbainos relatan sus experiencias y el camino para integrarse en esta sociedad.

Luana es brasileña. Ayer cumplió 37 años y vive en Miribilla. Tenía 22 cuando dejó Brasil, donde estudiaba Derecho, para apoyar los sueños de su pareja. Los inicios fueron duros. Por su juventud, por su relación frustrada, por la nostalgia de su familia y de la hija que dejó en Brasil y por la precariedad económica que sufría volvió a su país, pero regresó a Bilbao para enfrentarse al destino y labrarse un futuro. Y vaya si lo consiguió. “Del manto más oscuro florecen las flores más bellas”, dice. Así es como ve ella la trayectoria de su vida. Y asegura que ese camino lo volvería a recorrer para llegar al punto actual. Rehizo su vida con un joven de Bilbao, tuvo un hijo con él -“el vasquito”, le llama cariñosamente-;trajo a su madre y a su hija y se labró un futuro. En septiembre terminará su carrera. Ha cumplido su sueño y es Trabajadora Social. Su vocación de ayuda y superación están en su ADN, por eso está encantada en el centro de menores donde trabaja. Cuando le preguntan si echa de menos su país, lo tiene claro. “Mi país es mi familia. Y tengo un trocito de Euskadi que es mi hijo Kai. El pueblo vasco es increíble”.

El sueño de Mohamed de 49 años se cumplirá cuando por fin pueda traer a su familia a vivir con él en Zurbaran. Es en lo que está volcado en estos momentos. Su primeros años, en 2004, cuando llegó de Argelia fueron duros. “Dormir en la calle no se olvida. Venía en busca de un mundo mejor y me costó verme sin un techo”, recuerda todavía con cierta amargura. Pero, lo superó con la ayuda de la Cruz Roja y de otras instituciones. “Empecé por aprender el idioma, hice un curso de electricidad, realicé prácticas y ya con Bolunta me formé como integrador social”. Y es precisamente donde encontró su salida laboral ayudando a la gente que como él llega en busca de un mundo mejor.

A veces siente cierto rechazo de algunas personas cuando saben que es argelino, “pero tampoco puedo culparles porque gente de mi país ha hecho barbaridades”, señala.

Afaf es de Marruecos y vive en Bilbao La Vieja. Activista feminista. Tiene una hija de 8 años. Vino a Bilbao buscando la libertad. “Quería vivir en paz”. También para ella el principio fue “durísimo”. El choque cultural, aprender el idioma, tener unos recursos económicos con los que poder sustentarse, y “todo eso con la mochila que llevamos”. En ese empeño de conseguir el bienestar continúa día a día. Busca los espacios interculturales porque tiene claro que “la participación está en las personas”. A veces, cuando se enfada por las dificultades que sufre piensa en volver a su países o irse a otro lugar, pero “cuando me enfrío ya no lo contemplo”. Para Afaf, “la clave para conseguir una buena convivencia es abrirse, adaptarse y dialogar”.

Khalid, también marroquí de 37 años, se siente afortunado por el apoyo recibido por la gente. Hace diez años que llegó a Bilbao y vive en San Adrián con su familia. Licenciado en Historia, las primeras dificultades tuvieron que ver con su título. “Me costó mucho convalidar mis estudios primarios para poder realizar aquí algún curso. Pero, finalmente pude titularme como Educador Social”. Trabaja en un centro de menores nacionales y aunque confiesa que el cambio de cultura, de idioma, costumbres... resulta difícil de superar en un principio, después de una década “me siento más de Bilbao que de ningún otro sitio”.

La mayoría colombianosLa población de origen extranjero más numerosa en Bilbao procede de Colombia. Según explica la concejala de Cooperación y Convivencia del Ayuntamiento de Bilbao, Itziar Urtasun, entre otras cosas, porque los convenios entre países hacen más fácil su movilidad, así como la posibilidad de nacionalizarse. Prueba de ello es el caso de María Marleni Amaya de 75 años, que lleva en Bilbao desde hace 16. Llegó con su marido aunque hace unos años enviudó. Vive en Uribarri y ha conseguido adaptarse a a las costumbres de aquí. De hecho, “la comida vasca es una de las cosas que más me gustan”.

A ella le había allanado el camino su hijo Daniel de 50 años que lleva en Bilbao desde hace 17. Trabajaba en Colombia en el sector de la construcción y se quedó sin empleo. Su hija vivía con él y necesitaba buscar un trabajo, así que hizo caso de su hermana que había venido unos años antes y vino a Bilbao en busca de un futuro mejor. Entiende que “la gente en los peores momentos de la crisis, se ofuscaban porque pensaban que teníamos trabajos que podían ser de los autóctonos, y en cierto modo puedo entenderlo. Pero, por lo demás, yo creo que en Bilbao la gente es acogedora”. A veces, cree que “se generaliza el tema de la delincuencia, pero después cuando la gente te conoce si eres honesto te trata como uno más”.

La experiencia de Liliana, colombiana de 48 años, ha sido positiva en todos los aspectos. Vino hace 10 años porque quería conocer Bilbao. Y eso, a pesar de que sus padres temían que pudiera pasarle algo, porque entonces no eran tiempo tranquilos en el País Vasco. Sus primeras lágrimas fueron de impotencia porque quería hacerse autónoma para regularizar su trabajo en una inmobiliaria que dirigía y no podía. “Tuve que contratar un abogado de Vitoria para que me ayudara a hacerlo, porque la administración no sabía”. Después, tuvo otro trabajo, luego otra inmobiliaria y ahora tiene un centro de estética. “Yo era muy morena y alta así que al principio cuando llegué a la gente es verdad que le llamaba la atención. Pero siempre me he sentido bien acogida, salvo por algún percance aislado”.

El más benjamín de todos, Miguel tiene 17 años y vive desde que tenía cinco en Uribarri. Estudia un grado superior de Sistemas y Redes y se siente uno más entre sus compañeros. “Yo creo que la gente de mi generación es más abierta e inclusiva, puede que los más mayores hayan vivido otras experiencias pero, no es mi caso”.

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