Ventana a la memoria

La gatikarra Nekane Arrieta, funcionaria de profesión, concluyó el año pasado sus estudios de Arte

En su trabajo de fin de grado, muestra con una metáfora cómo era la vida en el caserío en los 50 y 60

Carlos Zárate - Jueves, 31 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Nekane Arrieta observa uno de sus cuadros, en el que representa una ventana muy especial, la del caserío de Gatika donde su abuelo disfrutaba de los atardeceres.Foto: Carlos Zárate

Nekane Arrieta observa uno de sus cuadros, en el que representa una ventana muy especial, la del caserío de Gatika donde su abuelo disfrutaba de los atardeceres.Foto: Carlos Zárate

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Nekane Arrieta observa uno de sus cuadros, en el que representa una ventana muy especial, la del caserío de Gatika donde su abuelo disfrutaba de los atardeceres.Foto: Carlos Zárate

GATIKA- A través de una ventana se puede contemplar la vida. Supone un área visual que invita a la reflexión. Una mirada indiscreta desde el interior al mundo o viceversa. Quizás, para algunos, suponga una pérdida de tiempo, mientras que otros encuentran en su profundidad la perspectiva adecuada para contemplar la evolución. Este es el caso de Nekane Arrieta (Gatika, 1955). Funcionaria de profesión, hace ocho años se dio cuenta de que le quedaba una asignatura pendiente no resuelta en su vida. Por eso se matriculó en Bellas Artes, la carrera universitaria que más le atraía, y se adentró de lleno en el mundo artístico. “Siempre me ha gustado la pintura”, reconoce. Con la complejidad añadida de compatibilizar su trabajo como secretaria del director de la Escuela de Ingeniería de Bilbao, el año pasado finalizó sus estudios con un trabajo de fin de grado cargado de simbolismo. Titulado Memoria, empleó la ventana del caserío familiar como metáfora para contar cómo era la vida en los caseríos en los años 50 y 60 del pasado siglo.

“Quise que fuera una especie de homenaje a los niños que nacimos en aquella época, a los que se nos robó gran parte de la niñez por la educación recibida, y mostrar cómo se ha tratado el tema de la educación infantil de entonces en los entornos rurales, analizando la fidelidad a las costumbres, cómo vivimos y cómo se ha contado el tema del euskera”, explica.

Gracias a este trabajo de introspección, a través de sus composiciones Arrieta ha descubierto que “nada se borra por completo, no desaparecen las emociones, están ahí escondidas, es cuestión de tiempo y en su caso, de haber hecho este recorrido”. Natural del histórico caserío Urrutxu de Gatika, “se remonta al 1600”, desvela, creció en un entorno donde el nivel educativo entre hombres y mujeres estaba muy diferenciado. “De los 6 a los 9 años fui a la Escuela Nacional de Gatika y a los 9 empecé el Bachillerato en un colegio de monjas de Derio. En esa época, la gran mayoría de las niñas dejaban de estudiar a partir de los 14 o 15 años y los niños seguían estudiando o empezaban a trabajar”, recuerda. Nekane se acuerda a la perfección de aquella separación de destinos porque muchas de esas niñas iban a su casa. “Mi madre era costurera y enseñaba a coser”, indica. Sin embargo, para su hija quería algo distinto. “Era algo inusual en el entorno rural de la época, pero quería que estudiara una carrera universitaria. Sin embargo, mi insistencia y rebeldía hicieron que al acabar el Bachiller dejara de estudiar”, apunta. Por entonces, “era fácil encontrar trabajo en cualquier empresa del entorno con pequeños conocimientos de contabilidad, mecanografía e inglés. Estuve casi dos años trabajando hasta que con 20 años lo dejé para casarme e irme a vivir a Iruñea”, prosigue. Un cambio de vida profundo. “Fue un shock pasar de vivir en un entorno rural a la ciudad”, señala.

Posteriormente, se dio cuenta de que no quería “limitarse”. “Volví a encontrar trabajo, estuve dos años en la Diputación y empecé a estudiar para opositar”, prosigue. Desde 1985 es funcionaria, pero ha sido a través del arte donde ha encontrado la conexión con sus raíces. “Donde la palabra no alcanza, donde la reflexión no acierta, donde la emoción se esconde, el pincel llega, la luz propone y el misterio de arte revela”, sostiene. “Gracias a estos años de recorrido en la facultad he aprendido a comprender y a comprenderme mejor, a reconocer en la creación artística una herramienta única para ver y decir”, añade.

Así, en su trabajo final de carrera realizó un paralelismo entre su “evolución personal” y su “maduración en el mundo artístico”, una trayectoria en la que se ha aproximado al realismo, a lo figurativo y a la abstracción. Sus trabajos son su forma de expresión y en uno de ellos recuerda la figura de su abuelo Ángel Rementeria, Errementari. “Aún recuerdo su olor”, explica mientras contempla el lienzo en el que ha plasmado sus rasgos con tonos que transmiten con fidelidad su oficio de herrero. Un lienzo, como otros muchos, que evocan su niñez a través de la ventana de su memoria.

etiquetas: uribe kosta

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