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Berlín: memoria e identidad

Por Gerardo del Cerro Santamaría - Lunes, 21 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Gerardo del Cerro Santamaría

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Columnista Gerardo del Cerro Santamaría

CUALQUIER urbe es un reflejo de la relación compleja entre tiempo, espacio y memoria que tan fuertemente influye en las sociedades humanas. Todos los lugares contienen capas de historia, algunas visibles, otras ocultas, otras parcialmente borradas, algunas fáciles de encontrar y otras imposibles de descifrar. Es algo que debe descubrirse en cada ciudad y que explica en parte la enorme fascinación que los seres humanos sienten por las ciudades.

La capital alemana ha sido el centro de seis experiencias históricas muy diferentes. Primero, como centro del Reich prusiano, cuyo poder militar condujo a la unificación de Alemania en 1871. Después de la derrota de la Primera Guerra Mundial, se convirtió en la capital de una democracia frágil, la Weimarer Republik, lo que llevó a Adolf Hitler a tomar el poder y transformar la ciudad en su sueño, en Germania, una futura megalópolis. La derrota de la Segunda Guerra Mundial convirtió a Berlín en una ciudad dividida de ruinas, así como en un punto conflictivo de la Guerra Fría.

De 1961 a 1989, la ciudad fue cortada en dos. La parte oriental era el centro político de una República Democrática Alemana (Deutsche Demokratische Republik) gobernada por socialistas;la parte occidental era un Land de la República Federal Alemana (Bundesrepublik Deutschland), con un estatus especial. Después de la reunificación alemana en 1990, Berlín, unificada de nuevo, fue declarada capital de la República Federal. Estos proyectos políticos, sociales, culturales, económicos nacionales dejaron herencias, tanto reales como imaginarias, aún en pie o ausentes, restauradas u ocultas;facilitan y atormentan la experiencia de la ciudad y determinan su compleja identidad contemporánea.

Esto queda claro si nos fijamos en el Muro de Berlín, Die Mauer, Die Schandmauer (el muro de la vergüenza), como lo llamaba el alcalde Willy Brandt. Fue construido en 1961 como una estructura defensiva, una barrera antifascista creada para defender el socialismo democrático alemán del capitalismo federal alemán. Sin embargo, se convirtió en una jaula, una trampa y un símbolo de opresión. El acto de escribir sobre él desde su lado occidental se convirtió en una forma de manifestarse en contra de un régimen. También era parte de una nueva cultura callejera o subcultura popular. Cuando cayó, se convirtió en un símbolo de libertad y democracia. Esta es la razón por la que es posible encontrar una parte del Mauer en Estrasburgo, de pie frente al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, como símbolo del Berlín libre.

Sin embargo, es fácil olvidar que el Muro era una barrera y un borde y, por lo tanto, un objeto con dos lados. Examinar el otro lado de la pared se siente como mirar la parte trasera de una pintura, no tiene ningún significado en sí misma. Su significado es escondido, olvidado, no considerado, borrado, aunque este lado de la pared también importaba. Es el lado que la gente veía cuando intentaba escapar, el costado desde el que se construía la pared, el lado que se suponía era invisible, intocable y, por eso, tan materialmente visible. El otro lado, el pintado, aunque accesible, tangible, escribible, se mantuvo como si no estuviera allí. La pared tenía dos lados, no uno. Uno es hoy invisible.

La arquitectura urbana se ha convertido en el lenguaje para borrar, preservar, reescribir, comunicar, transmitir, esconder y restaurar la memoria deliberadamente en nombre de las nuevas estructuras de poder de la ciudad. Como señala Goebel: “Si la identidad nacional alemana después de la reunificación es notoriamente inseparable de las conexiones complejas entre la economía posindustrial, el poder político y la memoria cultural, la nueva arquitectura berlinesa puede ser un importante vehículo interpretativo para contribuir a nuestra comprensión de estos temas”.

Goebel describe la búsqueda arquitectónica del Berlín de la autenticidad como un uso elusivo de la simulación mediática y las citas históricas. Estos usos se recogen tanto en edificios institucionales oficiales (el Reichstag, la destrucción del Palast der Republik y la reconstrucción de la fachada de Schloß) como en experimentos comerciales (Postdamer Platz, Hotel Adlon y Friedrichstadt-Passagen). Los proyectos que glorifican la economía globalizada contemporánea, las restauraciones de edificios olvidados pero altamente simbólicos, la destrucción o eliminación quirúrgica de íconos socialistas fueron creando un palimpsesto indescifrable compuesto de una multitud de capas que apuntan hacia el complejo pasado, presente y futuro de la ciudad.

Peter Eisenmann diseñó el Holocaust-Mahnmal (el Memorial del Holocausto) con la intención de señalar la necesidad de preservar la memoria crítica en Berlín, una memoria reflexiva y contemplativa que plasmara o evocara las condiciones sociales estructurales de cierto pasado urbano y europeo. Los 2.711 bloques de diferentes alturas que forman el Mahnmal, edificado en el corazón de la ciudad, junto a la Puerta de Brandenburgo, el Reichtag y el Tiergarten, evocan la memoria de una forma sutil y abstracta por medio de varios procedimientos arquitectónicos: la repetición, la experiencia temporal, las características del suelo y la cuadrícula que forman los bloques.

Como ocurre en los cementerios judíos de Praga o Jerusalén, el Manhmal no tiene un centro definido, no hay nombres ni por ello un foco de atención;la repetición usa la diferencia en alturas de cada bloque, las diferentes inclinaciones, que evocan una repetición variable que impide estabilizar la imagen del monumento, congelarla o identificarla con facilidad. La repetición, pues, promueve la abstracción, pero preserva el carácter activo y problematizador de la memoria convulsa del holocausto judío. A ello contribuye también el suelo, lleno de ondulaciones, inclinaciones, donde caminar no es sencillo y es problemático, donde la certeza se nos hurta al dificultarse nuestra trayectoria, nuestra propia historia.

Respecto al carácter experiencial del monumento, hablamos de una arquitectura peripatética que ha de ser representada, caminada, experimentada a pie entre los bloques;se trata de la memoria viva del recuerdo, que queda edificada en una cuadrícula antinatural formada en realidad por dos cuadrículas: la que corresponde a la base de los pilares y la que corresponde a sus topes inclinados. Estas cuadrículas son la representación arquitectónica de una abstracción estructural, calibrada escrupulosamente pero que no se puede ver, y que por ello se revela como un ejemplo de la imaginación arquitectónica en representación de la memoria histórica de un trauma colectivo.

En este marco de memoria preservada e identidad histórica recuperada y monumentalizada, un viaje a Berlín está cada vez más conectado a la experiencia de un lugar vibrante y auténtico, donde las capas de la historia pueden y deben buscarse, descubrirse, recordarse o reconocerse. Parte de la renovación arquitectónica que experimentó la ciudad está conectada con el turismo y las oportunidades que ofrece este tipo de consumo urbano. La creciente diversificación de la experiencia del visitante se ha venido orientando en torno a una mayor atención hacia la autenticidad y la sostenibilidad. La experiencia cosmopolita individualizada de un lugar se considera más que una mera visita: los visitantes de Berlín nos convertimos en Ein Berlíner.

Y así como en Berlín, también en Madrid, Gernika, Nueva York o Tokio. El presente arquitectónico y monumental urbano evoca, representa y a veces oculta un pasado que no debe olvidarse. Pretender suprimir la memoria urbana no es posible;intentarlo es una estrategia política deliberada y destructiva que impide mirar al futuro con confianza, con la cabeza alta. El pasado da forma al presente incluso en los casos de pretendida ruptura y reconstrucción, de la misma manera que cualquier trayectoria ha de definirse necesaria y conjuntamente por su destino y por su origen. Quienes pretenden hurtar a los pueblos su trayectoria, lo hacen casi siempre por motivos oscuros e injustificables. No hay duda de que enfrentarse a la verdad de la Historia para celebrarla o repudiarla, o simplemente reconocerla, es como las sociedades recuerdan, construyen y dignifican la experiencia urbana y la experiencia colectiva.

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