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La despedida del Athletic en San Mamés se presenta como un trámite engorroso, donde el factor ambiental cobra mayor relevancia que lo que ofrezcan los jugadores sobre el césped

José L. Artetxe - Domingo, 20 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

El técnico José Ángel Ziganda, ayer en Lezama.

El técnico José Ángel Ziganda, ayer en Lezama. (Borja Guerrero)

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El técnico José Ángel Ziganda, ayer en Lezama.

bilbao- Desde un prisma futbolístico, el plato fuerte del menú que hoy se sirve en San Mamés es el que cierra la tarde. Todo el interés deportivo de la doble sesión se concentra en el Bilbao Athletic, que ha terminado pletórico la temporada regular y se faja por la consecución del ascenso a Segunda División. El partido del primer equipo asoma como un aperitivo de escasa sustancia y dudoso gusto, adopta la forma de un trámite engorroso. Siendo objetivos, todo lo que se juega el Athletic es la posibilidad de arrebatarle la posición al conjunto que recibe, un Espanyol que tampoco alberga motivo alguno de celebración. La máxima aspiración consiste por tanto en eludir ser decimosexto en la clasificación, un aliciente a tono con la campaña, ciertamente triste, y que, de lograrse, tampoco colmará a nadie.

Lamentablemente, en la fecha de clausura del calendario oficial del Athletic, la expectativa se enfoca básicamente al plano ambiental, lo que vaya a suceder en torno al balón es secundario. Los interrogantes versan sobre la afluencia de socios: cuántos miles optarán por acudir y cuántos preferirán dedicar su tiempo a otras actividades propias del fin de semana. Se prevé una entrada discreta o floja en La Catedral por culpa de la saturación de la gente, cansada de sinsabores. También genera curiosidad conocer qué exteriorizará la grada, no tanto durante el encuentro, lo que dependerá de lo que sean capaces de ofrecer los jugadores, sino a la conclusión del mismo. La indiferencia y los pitos son los registros previsibles, en cualquier caso nada que pueda catalogarse de agradable.

Una vez el árbitro Fernández Borbalán -que cuelga el silbato precisamente en Bilbao- señale el camino a vestuarios, conscientes de los pecados cometidos a lo largo de diez meses, los futbolistas se reunirán en el centro del terreno para despedirse y sus aplausos no hallarán una réplica amable. Está por ver qué hace José Ángel Ziganda en ese momento propicio para el desahogo colectivo, si bien su circunstancia merece una consideración aparte. Siendo verdad que el trabajo realizado no le ha cundido, se debería considerar que a efectos prácticos figura como la principal víctima del proceso cuando resulta que ha sido la totalidad del grupo profesional la que, por rendimiento, ha quedado retratada. Por cierto que está por ver si el entrenador es finalmente el único pagano de esta historia, duda más que razonable que se resolverá según pasan los largos días que desembocarán en el banderazo de salida de la próxima campaña.

Desde luego, Ziganda y la suerte no han hecho migas en todo el año. El partido de su adiós es elocuente en este sentido, pues lo afronta con el tipo de condicionantes que casi nunca le han abandonado. En ocasión tan señalada debe apechugar con siete ausencias forzosas, tres sancionados y cuatro lesionados, lo cual obliga a recurrir a la plantilla del filial para completar el listado con Dani Vivian y Víctor San Bartolomé. Y se dirá que llegados a este punto tan anodino el amplio parte de guerra resulta casi anecdótico, pero recalca su mal fario.

RIVAL Y PIZARRAPuestos a desentrañar el cruce, la racha que trae el Espanyol bajo la batuta de David Gallego, su actual técnico, se antoja otro inconveniente pensando en que la tarde no se complique en exceso. Diez de doce puntos posibles han maquillado levemente el semblante de un equipo que renqueaba con Quique Sánchez Flores. Los misterios del fútbol. A la ola de optimismo que cabalgan los pericos se mide un Athletic loco por recoger los bártulos y airear la cabeza, pero antes de preparar las maletas le conviene echar el resto, plantar cara y, si es posible, amarrar un marcador favorable.

Se desconoce si Ziganda repetirá el dibujo de los tres centrales empleado en los dos partidos anteriores, así como qué elecciones hará para suplir a los indispuestos. Detalles que, la verdad, no quitan el sueño. Al margen de por dónde vayan los tiros en la pizarra del técnico navarro, hay personal suficiente para diseñar una alineación reconocible. Luego, hará falta que sean los protagonistas quienes brinden una versión que les haga reconocibles, objetivo en el que han fracasado muy a menudo esta temporada que echa el cierre. De no haber sido así, el programa de hoy hubiera adquirido un cariz muy distinto.

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