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Desastre en Lisboa

José Ramón Blázquez - Lunes, 14 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Columnista José Ramón Blázquez

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Columnista José Ramón Blázquez

Todo salió mal la noche del sábado en una de las peores ediciones de Eurovisión. ¿Qué aporta a Europa este festival carnavalesco? Cuando un espectáculo necesita electrónica cegadora, fuego de soplete y una apariencia barroca para apabullarnos, lo único que demuestra es su vacío esencial y su mediocridad artística. Eurovisión es la caricatura de la identidad europea;en realidad, es la excusa para una semana de lujo y lujuria de los selectos directivos de los canales públicos, esta vez en Lisboa. La retransmisión fue una pesadilla de principio a fin, con errores de conexión y una realización tan pobre como un partido de fútbol regional en una cadena local. Deberían desterrar de Portugal para siempre a su responsable, por incompetente.

Y volvió a sobrevolar la sombra del fraude en las votaciones on line. Cuando restaban por votar los últimos tres países, y con un virtual empate entre los cuatro primeros, la presentadora cometió un fallo de información, hubo un desconcertante silencio, desapareció el panel clasificatorio y, de pronto, se eligió un ganador conveniente, Israel, de la misma manera que hace dos años Rusia, invasora de Ucrania, fue desposeída del triunfo. La chapuza, teñida de engaño político y corrupción, se diseñó probablemente en las oficinas de algún lobi. Los judíos invadieron los altos del Golán y ahora ocupan esta plataforma propagandística.

Lo de menos fue el intrépido espontáneo, más figura extraoficial del show que fallo de seguridad. Su valerosa acción y su lema podrían valer para cualquier causa justa: Catalunya, Venezuela, Nicaragua, Siria, Euskadi… “We demand Freedom”, gritó.

¿Y la pobre Amaia, cuarta por la cola? Ni con una voz prodigiosa se puede con el lastre de un partenaire estreñido y una canción de moñas. Que alguien la rescate del estilo cursi que le han impuesto, cruce entre María Ostiz y Perales. TVE fracasó en todo menos en audiencia, con más de 8 millones de espectadores desencantados. En el aniversario del triunfo prehistórico de Massiel, España ni canta ni sus males espanta.

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