finales de rugby en bilbao

Unidos para siempre

el leinster, un club de cantera y con mayoría de irlandeses en sus filas, hace historia en san mamés en una final agónica

Roberto Calvo - Domingo, 13 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Jonatan Gibson-Park aleja el oval de posiciones de riesgo ante la presión defensiva del Racing 92.

Jonatan Gibson-Park aleja el oval de posiciones de riesgo ante la presión defensiva del Racing 92. (Jose Mari Martínez)

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Jonatan Gibson-Park aleja el oval de posiciones de riesgo ante la presión defensiva del Racing 92.

bilbao- Quizás estaba escrito que debía ser así. El Leinster, un equipo que se precia de poner en valor su cantera, se proclamó campeón de la Champions Cup en San Mamés, el feudo de otro club que lucha con su particular filosofía contra otros modelos cargados de dinero. El conjunto dublinés no solo se alimenta a sí mismo, con 17 jugadores de su cantera en su plantilla, sino que también alimenta a la selección de Irlanda que ganó este año el VI Naciones y el Grand Slam. Es, por tanto, el Leinster un bloque muy poderoso, mucho más de lo que lo es el Athletic en el concierto europeo, salvando las diferencias entre uno y otro deporte, y ayer hizo historia al conseguir su cuarto título en la máxima competición del rugby con lo que iguala a los franceses del Toulouse.

Desde una hora antes del comienzo del partido, había en San Mamés el aroma de los grandes partidos, nada que ver con el de la víspera. Las gradas estaban bastante pobladas con suficiente antelación para sentir los nervios de los seguidores de uno y otro bando, identificables por las banderas que hacían ondear, de los muchos periodistas galos e irlandeses que cubrieron la final y de aquellos que, sin tener interés directo en la final, se pusieron de parte de sus compatriotas. Gente del Munster, gran rival del Leinster, tenía claras sus preferencias, lo mismo que aquellos que lucían camisetas del Stade Français, del Toulon o del Aviron Bayonnais. Todos son del rugby y de nuevo se trataba de disfrutar por encima de colores o de rivalidades mal entendidas y peor desarrolladas.

Los viajes a los bares y ambigús eran constantes ya que durante casi dos horas no se iba a poder, aunque muchos entraron cargados de alcohol de la calle, que era un hervidero de gente. Antes de que los equipos saltaran al verde en las gradas se formó un mosaico rojo, azul y blanco que dejó ver el lema Bilbao 2018. Como otro guiño a la buena aceptación que ha tenido estas finales en Bizkaia, los quince jugadores de Racing 92 saltaron al campo ataviados con txapelas. Por algo entre ellos hay un jugador de Iparralde: Teddy Thomas, de Biarritz.

máxima tensión La Catedral casi se llenó, -esta vez las cifras oficiales sí correspondieron con lo que se vio en las gradas de San Mamés- con mayoría de seguidores del Leinster que ocupaban casi una cuarta parte del graderío. Cada cual intentaba alentar a los suyos, aunque también fueron largos los ratos de silencio por culpa de la tensión y emoción explotaba en varios de los duros contactos que hubo sobre el césped. Y es que la enorme fortaleza de las dos delanteras no dejó resquicio alguno para llegar a las respectivas lineas de marca y, por eso, cada jugador que lograba avanzar unos pocos metros era jaleado como si hubiera conseguido una hazaña.

Saltaban chispas en los agrupamientos y en los intentos de percutir sobre la defensa enemiga y eso hizo que la emoción creciera con el paso de los minutos. Cualquier descuido podía ser fatal y al Leinster le llegó la oportunidad que aprovechó para llevarse su cuarto título de la Champions Cup e igualar al Toulouse francés.

Los irlandeses celebraron el triunfo con la misma pasión con la que acompañaron a su equipo durante el partido. Y es que el rugby es uno de los pocos deportes globalizados en los que pueden mirar a los demás por encima. El Leinster demostró que también se puede competir de otra manera y entregó también un gran premio a Johnny Sexton, que debutó en el primer equipo con 20 años, jugó durante dos temporadas con el Racing 92 y regresó a Dublín para recoger el testigo en el liderazgo del equipo del legendario Brian O’Driscoll y volver a ganar la Champions Cup. El próximo año las finales se jugarán de nuevo en territorio británico, en Newcastle, pero San Mamés ya ha hecho historia en un deporte nuevo para él y siempre irá ligado a la historia del Leinster, uno de los mejores equipos del rugby europeo.

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