finales de rugby en bilbao

El martilleo del Leinster le da su cuarta corona

el conjunto irlandés conquista la champions en el último minuto ante un racing 92 que no supo en los minutos finales conservar su ventaja en una final que dejó un alarde defensivo

Pako Ruiz - Domingo, 13 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Los jugadores del Leinster portan el trofeo que acredita la conquista de su cuarta Champions.

Los jugadores del Leinster portan el trofeo que acredita la conquista de su cuarta Champions. (Jose Mari Martínez)

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Los jugadores del Leinster portan el trofeo que acredita la conquista de su cuarta Champions.

LEINSTER RUGBY: Kearney, Larmour, Ringrose, Henshaw, Nacewa;Sexton, McGrath;Healy, Cronin, Furlong, Toner, Ryan, Fardy, Leavy y Jordi Murphy.

También jugaron: Tracy, MacGrath, Porter, Ruddock, Conan, Gibson-Park, Carbery y O’Loughlin.

RACING 92: Dupichot;Thomas, Vakatawa, Chavancy, Andreu;Lambie, Iribaren;Ben Arous, Chat, Gomes Sa, Ryan, Nakarawa, Lauret, Le Roux y Nyanga.

También jugaron: Avei, Kakovin, Johnston, Palu, Chouzenoux, Gibert, Tales y Rokocoko.

Marcador: 0-3: Min. 4;Golpe de Iribaren. 3-3: Min. 17;Golpe de Sexton. 3-6: Min. 22;Golpe de Iribaren. 6-6: Min. 39;Golpe de Sexton. 6-9: Min. 45;Golpe de Iribaren. 9-9: Min. 54;Golpe de Sexton. 9-12: Min. 71;Golpe de Iribaren. 12-12: Min. 74;Golpe de Nacewa. 12-15: Min. 79;Golpe de Nacewa

Árbitro: Wayne Barnes (Inglaterra)

Incidencias: Final de la Champions Cup disputada en un San Mamés prácticamente lleno con 52.282 espectadores, según datos oficiales. Presenció el partido, entre otras personalidades, el lehendakari Iñigo Urkullu. Sensacional ambiente en las grandas con mayoría de seguidores ingleses sobre los franceses, dos aficiones que se comportaron de forma exquisita.

bilbao- San Mamés se convirtió ayer tarde en La Catedral del rugby por unas horas. Fue un momento histórico en el deporte del oval, ya que por primera vez la final de la Champions Cup aterrizaba lejos del territorio del Seis Naciones. Bilbao presumía de semejante privilegio y no falló en la cita de mayor alcurnia en las competiciones por clubes. El lleno en las gradas dibujó la magia del rugby, representada por dos conjuntos que defienden un modelo marcadamente diferente en cuanto a política de proyecto, pero que comparten la excelencia en su juego, especialmente de delantera, y la ambición por el triunfo. El fútbol y el rugby conocen sus desavenencias en su forma de entender el juego, pero tienen sus similitudes. Y una de ellas dice que las finales se juegan para ganarlas. Y ayer se trataba de conquistar la corona más preciada en el Viejo Continente. La atrapó el Leinster Rugby, que se impuso a falta de un minuto escaso gracias al segundo golpe de castigo ejecutado por su capitán Isa Nacewa en lo que apuntan que será el último partido del ala neozelandés. Un pateo que acabó con la solvencia del Racing 92, al que se le resiste la Champions, al contrario del conjunto irlandés, que se alza con su cuarto título, con lo que iguala en entorchados al Toulouse galo.

La final cumplió con las expectativas, aunque algunos echaran de menos un juego más abierto, con más protagonismo en los tres cuartos. Fue un duelo mayúsculo en delantera, donde los dos equipos incidieron en no dar tregua al contrario. Es otra de las virtudes del rugby. Ayer tocaba no ofrecer debilidad alguna y ello pasaba por hacer espeso el juego del rival. El trabajo tanto de la primera línea como de la segunda fue descomunal, lo mismo que el de los flankers. Fruto de ello, ni el Leinster ni el conjunto de Nanterre tuvieron apenas opciones de consumar ensayo alguno, un matiz revelador de lo que sucedió durante los ochenta minutos, como también fue el hecho de que el segunda del cuadro dublinés James Ryan resultara elegido como el mejor jugador de la finalísima, resuelta a base de golpe de castigos, nueve transformados de los doce intentos en el cómputo total.

Los honores en cuanto a titulares se los llevaron los pateadores, con mención especial al medio melé de los bleus Teddy Iribaren, sustituto del lesionado Maxime Machenaud, que se sumaba también a la baja de última hora del legendario all black Dan Carter, ya que el apertura del Racing 92, que probará en el rugby japonés, no se recuperó a tiempo de una molestias musculares. A tal merma, se unió la lesión a los tres minutos del también apertura Pat Lambie. Iribaren, originario de Toulouse y que asomó una profunda frialdad, transformó cuatro de los cinco golpes que protagonizó y todos ellos sirvieron para poner por delante a su equipo en cuatro ocasiones, mientras que la sensación irlandesa Johnny Sexton, exjugador curiosamente del equipo francés, ejecutó tres de los cinco lanzamientos que intentó. Los dos restantes, los últimos, llevaron la firma del capitán Nacewa y que sirvieron para culminar la remontada en el minuto 79. Rami Tales, sustituto de Lambie, intentó en el suspiro final un drop que forzara la prórroga, pero su pateo se fue ligeramente desviado del palo izquierdo y que generó la felicidad en las filas irlandesas.

defensa, defensaLa final se resolvió en la definición en los golpes a palos, pero hubo mucha letra pequeña que propició tal escenario. El Leinster tuvo que renunciar a su juego dinámico y meterse en el terreno al que le llevó el Racing 92. Fue un duelo de titanes en delantera y las incursiones en la línea de 22 del rival se contaron con los dedos. El órdago estaba servido y restaba conocer quién supiera rentabilizar su poderío físico en un alarde impactante de bloqueos abajo, donde se cuecen la penalización de los golpes de castigo. Como muestra, un botón. El conjunto francés, donde ejercieron los vascos Teddy Thomas (Biarritz) y Baptiste Chouzenoux (Baiona), cruzó la 22 dublinesa en la fase inicial y final del segundo acto, pero en ninguna de ellas llegó a ensayar por culpa de la monumental defensa irlandesa, detalle que ocurrió también en el caso del Leinster, sin protagonismo de sus alas y muy escaso también de los centros.

El pragmatismo cobró más protagonismo con el paso de los minutos. Encajar un ensayo se entendía como la sentencia. Se trataba de evitar ceder metros al rival. Laurent Travers sustituyó a sus tres primeras de una tacada a los 55 minutos. Una declaración de intenciones, como le respondió Leo Cullen, técnico irlandés, que también dio aire fresco en sus posiciones delanteras. Al segundo le salió la jugada mucho mejor, ya que su empuje en el tramo final fue espectacular para sacar dos golpe de castigo que le otorgaron un título que le hace reinar en la Champions después de vencer sus nueve partidos, un pleno que hasta la fecha solo presentaban los Saracens dos temporadas atrás.

Fue el broche de oro a un fin de semana atípico e inolvidable en Bilbao, empapado del mejor rugby en un escenario grande y con dos finales que dejan huella y que también debe servir, por lo menos para los amantes de este deporte en Euskadi, para sembrar de cara al futuro. El lleno que registró ayer San Mamés habla por sí solo. El Leinster se llevó la gloria. Una Champions que tiene su corazón bilbaino.

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