exposición y documental en Gasteiz

El espía jeltzale al que consideraron hombre santo

Se cumplen 75 años del fusilamiento del único miembro de la Red Álava que fue ejecutado

Un reportaje de Iban Gorriti - Lunes, 7 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Luis Álava Sautu. Fotos: Fundación Sabino Arana

Luis Álava Sautu. Fotos: Fundación Sabino Arana

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Luis Álava Sautu. Fotos: Fundación Sabino AranaCrónica del fusilamiento.

Mediocentenar de personas formaron la Red Álava activa entre 1936 y 1947. De ellas, 19 resultaron condenadas a muerte. Fue ejecutado únicamente aquel que dio nombre a la organización, Luis Álava Sautu. Hay quien lo llegó a calificar de “hombre santo” después de que un pelotón lo fusilara en Madrid el 6 de mayo de 1943, es decir, tal día como ayer, hace 75 años.

Estos días se inaugura en Gasteiz la exposición y documental que abunda en la labor activa de cuatro mujeres integrantes de aquella organización: Itziar Mujika, Delia Lauroba, Bittori Etxebarria y María Teresa Verdes. Se podrán oír las voces originales de las primeras con cien dibujos animados por Iñaki Madariaga. “La palabra que nos daba terror es espionaje, pero hacíamos espionaje”, se le escucha a Bittori Etxebarria.

Además de esta muestra itinerante y el trabajo de la empresa Baleuko titulado Red Álava: mujeres invisibles, solidaridad y espionaje. 1936-1947, Roman Berriozabal está ultimando una biografía sobre la vida de Luis Álava Sautu que formará parte de un libro de varios autores sobre esta red histórica vasca.

Gracias a las investigaciones de Berriozabal, sabremos aún más de aquel nacido en Murgia (Zuia) el 18 de noviembre de 1890 y que fue presidente de la Junta Municipal del PNV de Gasteiz. “Reseñable sobre él diría -adelanta el escritor a DEIA- que tuvo una formación académica ejemplar. Era ingeniero agrónomo con mil y una posibilidades de despuntar en su ámbito”, valora, y va más allá al apuntar que “la Guerra Civil no fue muy beligerante con él. No sufrió la misma represión que otros compañeros. Pese a la tranquilidad que vivía, fue involucrándose cada vez más llegando a lograr que Francisco Javier Landaburu -diputado por Araba y vicepresidente del Gobierno vasco en el exilio- pudiera fugarse de Gasteiz llegando a Elizondo y a Iparralde”.

Así, su compromiso fue cada vez mayor en el seno de la red de espionaje que atendía a los presos en las cárceles y pasaba, por ejemplo, de forma clandestina por el monte a pilotos y perseguidos por la dictadura. La organización, apoyada por el propio lehendakari Aguirre, estaba formada por alaveses, vizcainos, navarros y guipuzcoanos. Los golpistas los acusaron de adhesión a la rebelión y al espionaje con las agravantes de trascendentalidad y peligrosidad.

Precisamente, Francisco Javier de Landaburu, en un informe, narró cómo fue su ejecución y cómo su catolicismo lo obligó a perdonar a sus asesinos. El documento da cuenta de que el lunes día 3 de mayo de 1943 se supo que había sido incluido en la lista de fusilados de la semana y, a pesar de las muchas peticiones de indulto que por él se habían hecho, nada pudo conseguirse. “La cosa no tiene remedio”, valoraba.

Fue un lunes por la mañana cuando el abogado, acompañado de su confesor de Azkoitia y capellán de la cárcel de Ventas, fueron a comunicarle que no había solución y que su muerte parecía inmediata. “Él quedó un rato sin hablar y todos creyeron que la causa de su silencio era la impresión que producía en su ánimo tan terrible la noticia. Sin embargo, según manifestaciones que hizo más tarde, en aquel momento de tan gran emoción solo estuvo recogido para ofrecer a Dios Nuestro Señor su vida y sus dolores”, cita el informe.

El martes llegaron sus hermanas a Madrid. Le vieron sereno ya que “recibía su muerte contento, pues iba a su destino eterno y hablaba de todo como si tal cosa y como si nada sucediese”. Su hermano Emilio le pidió su rosario para cambiarlo por el de él, y lo sacó del bolsillo. De lo que más se acordaba era de sus compañeros de la cárcel. “Son 5.000”. El miércoles se supo que la ejecución estaba preparada para el alba. El abogado solicitó poder recoger el cadáver de Luis. A las 16.00 horas del miércoles llegó el funcionario. Había de firmar su sentencia. Hizo confesión: “Estoy tan contento que no quiero que nadie llore por mí ni se haga banderín de mi muerte. Él me espera, ya que no estoy aquí sino en el cielo”. Comenzó la ceremonia de la misa comulgando Luis y otros dos presos.

fusilamientoEn el camión los llevaron a las tapias del cementerio para fusilarlos, de madrugada. Los pusieron en el paredón con las manos atadas unos con otros. El capellán pidió aplazar la ejecución y absolvió a aquellos hombres. Les impuso el escapulario de la Virgen del Carmen y murieron. Según el informe, este capellán dijo que era el primer pelotón que en Madrid, desde su actuación, “había muerto con Dios en el corazón de todos los hombres que lo formaban”. La épica del relato es importante: “El tiro de Luis fue directamente al corazón y ni una gota de sangre encontraron los que lo recogieron, y su cara seguía resplandeciente”, afirmaron. Las mujeres oyeron los tiros de las siete y diez horas. “El cadáver fue rodeado de claveles rojos y blancos enviados por las chicas nuestras. El testamento ha sido que no se haga bandera política de su muerte y que se le rece, pero que en esas oraciones entren también los que con él murieron. Él solo era vasco;los demás eran rojos pero grande ha sido su suerte al encontrarse con un compañero tan grande y un Dios tan misericordioso”, redactaban aquellos que lo calificaban de “mejor que héroe”, “de santo”, hasta el hecho de que, al “pasar para la celda de los condenados, todos los presos lo abrazaban y lloraban, algunos al ver que perdían un hombre tan santo”.

Según Berriozabal, antes de morir pasó unas horas con otro preso ateo. “Luis consiguió que se confesara y que se casara canónicamente con su esposa”, detalla y explica que la familia tocó mil y una aldabas para conseguir su perdón: “Llegaron hasta la Nunciatura Apostólica de Madrid y el Vaticano conoció el caso ante Franco, pero no lo lograron”.

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