Tribuna abierta

La cloaca

Por Miguel Sánchez Ostiz - Viernes, 4 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Miguel Sánchez Ostiz

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Columnista Miguel Sánchez Ostiz

LA sentencia de La Manada ha tenido que ser un alivio para Cristina Cifuentes que ha visto cómo la publicación de la prueba de su hurto y consiguiente dimisión ha pasado de golpe a un segundo plano y va camino de la desaparición y el olvido. La indignación popular y mediática que pide a gritos la calificación y pena consiguiente de una violación en lugar de una agresión sexual, evita ya seguir por el sendero de que Cifuentes ni admite que su máster es un pufo mayúsculo ni dimite del cargo electo que ostenta para gozar de la protección del aforamiento, en un alarde ejemplar de cinismo. Estamos a otras, aunque sigamos en las mismas, en la misma cloaca quiero decir.

Por su parte el fallo de la sentencia de La Manada indigna y deja perplejo porque se entiende mal. Es discutible que no hubiese violencia ni intimidación a la vista de lo sucedido y sus protagonistas. La violencia no es solo física y el miedo, la intimidación, el actuar en consecuencia de esta es producto de una violencia, pero esto, claro, es una opinión particular. Pongamos el ejemplo de un robo callejero a punta de navaja. La víctima reacciona y se debate y se lleva un chirlo, de modo que la calificación jurídica sube de grado, o bien la víctima se acoquina a la vista de la navaja y entrega voluntariamente la cartera, de modo que la calificación jurídica baja. Esto que acabo de señalar tiene el valor de ser un ejemplo de papel, burdo y rebatible porque luego, en la realidad de las salas de audiencia las cosas nunca son como en los manuales y no hay abogado que no sepa que tarde o temprano tiene las sorpresas aseguradas.

En algunos aspectos hay un abismo entre las páginas del Código Penal y la realidad social más progresista, en otros, el articulado baila al compás de la clase dirigente y parece estar escrito a su servicio exclusivo

Convendría leer la sentencia entera y no confundir su contenido estricto con el bochornoso voto discrepante que revela una mentalidad no ya poco digna, sino repulsiva -muy alejada de una sensibilidad social hoy por fortuna muy amplia-, propia de una educación sexual deficiente, educación a secas. Pero supongo que esa lectura reposada, a sabiendas de que se trata de un texto legal, de poco iba a servir porque el convencimiento generalizado es de que hubo una violación en toda regla, con toda clase de agravantes, no un mero abuso y mucho menos un “jolgorio”, algo que causa alarma con solo leer la expresión. En algunos aspectos hay un abismo entre las páginas del Código Penal y la realidad social más progresista, en otros sin embargo, el articulado baila al compás de la clase dirigente porque parece estar escrito a su servicio exclusivo.

Si los jueces ven desproporcionada la respuesta ciudadana a la sentencia de La Manada es porque con arrogancia propia de casta ignoran hasta qué punto habían calado en el tejido social los hechos que se enjuiciaban. No en vano el propio gobierno se apresura a anunciar que va a revisar el articulado del Código Penal relativo a los delitos sexuales. Pero ni el tribunal puede dar marcha atrás, ni el clamor popular puede hacer por sí solo que la sentencia se cambie en sucesivas instancias, ni pueden pedir los jueces silencio ante una discrepancia tan generalizada como la provocada.

Caras pixeladas las de La Manada y caras descubiertas las de los muchachos de Alsasua, que no tienen derecho alguno a la intimidad y llevan desde hace más de año y medio con la condena colgando del cuello, algo que no indigna en absoluto a los acérrimos protectores de la intimidad y de la presunción de inocencia. Resulta llamativa la manera en que se ha ido desmontando la retorcida versión oficial de los hechos con la aportación, siquiera parcial, de pruebas documentales y testificales que desmienten las más tremendistas afirmaciones y el alegato fiscal sostenido en invenciones e indicios remotos que ignoran las palmarias pruebas en contrario. Que fue desde las cloacas o trastiendas del Estado desde donde se echó a rodar ese procedimiento para cobrarse una pieza de terrorismo, de eso a mí no me queda ninguna duda. Solo así se explica la manera en la que se denunciaron los hechos, ante quien sí y ante quién no, y quién fue el siniestro personaje que incitó a la denuncia.

El otro día me invitaron a besar la tierra que piso como paradigma de bienestar, cultura, derechos y amplias libertades y apreté a correr, no sé en qué dirección, solo sé que escapé: las miasmas cenagosas matan.

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