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La denunciante se sintió impresionada y sin capacidad de reacción

Por Javier Alonso - Miércoles, 2 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

Columnista Javier Alonso

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Columnista Javier Alonso

EL miedo es un estado emocional de alarma provocado por un estímulo que nos sugiere una situación adversa, su presencia activa mecanismos defensivos en las esferas biológica y del comportamiento. Esta respuesta adaptativa representa una ventaja evolutiva ya que una buena gestión de los peligros que nos rodean resulta imprescindible para la supervivencia.

La amígdala cerebral, una pequeña estructura anatómica situada en las profundidades de los lóbulos temporales, es la responsable de la detección, procesamiento y gestión de las amenazas. Cuando percibe un peligro potencial, se desencadenan una serie de respuestas involuntarias que, por medio de los sistemas nervioso y el endocrino, nos preparan para enfrentarnos a una situación que podría comprometer nuestra existencia. Para esta parte del cerebro, que heredamos de nuestros antepasados prehistóricos y compartimos con otras especies animales, las dos opciones primordiales de respuesta son pelear o huir. Sin embargo, este centro de detección de peligros precisa estar modulado para evitar que ante mínimas amenazas se disparen todos los mecanismos neurohormonales que gestiona.

La regulación la realiza un sistema de control que está situado en la región del cerebro más próxima a la cara, la denominada corteza prefrontal, en la que asientan la mayoría de las funciones que nos diferencian de otras especies animales. Basándose en una compleja integración de informaciones provenientes de otras zonas del sistema nervioso, se encarga de las funciones ejecutivas. En ella residen los circuitos en los que se plantean nuestros objetivos, se diseñan las estrategias para conseguirlos, se ejecutan los planes para alcanzarlos y se eliminan aquellas respuestas inadecuadas que dificultarían nuestro propósito. Criba la información sobre potenciales peligros procedente de los órganos de los sentidos, de la amígdala y otras áreas cerebrales, contextualizándola con nuestra experiencia y conocimiento, para evitar acciones inapropiadas que no se ajusten a las necesidades reales.

Los depredadores sin escrúpulos de La Manada habían encontrado a la víctima que buscaban para poner en práctica sus perversiones sexuales. En el relato de los hechos probados de la sentencia se afirma que la joven sufrió la agresión “en el lugar recóndito y angosto, con una sola salida, rodeada por cinco varones, de edades muy superiores y fuerte complexión”. Ante esta descomunal amenaza “sintió un intenso agobio y desasosiego, que le produjo estupor y le hizo adoptar una actitud de sometimiento y pasividad, determinándole a hacer lo que los procesados le decían que hiciera, manteniendo la mayor parte del tiempo los ojos cerrados”.

La percepción de una amenaza de tal magnitud desencadenó en el cerebro de la joven los mecanismos defensivos iniciados por la amígdala cerebral. Sin embargo, luchar o huir, a la vista del aterrador escenario que la rodeaba, no se revelarían como opciones factibles, el tamiz consciente que ejercía la corteza prefrontal consideró inviables ambas alternativas y tampoco percibía posibilidad alguna de evitar el daño mediante la negociación u otro tipo de respuesta más elaborada. La angustia debió incrementarse hasta el punto de anular su capacidad ejecutiva por lo que la amígdala cerebral recobró el control inconsciente de la situación, enviando órdenes al tronco cerebral para que la persona detuviera todos sus movimientos, una respuesta -que también compartimos con otros animales- instantánea e inconsciente y que representa el último recurso ante una amenaza que alcanza un umbral crítico tal que la víctima se siente sin escapatoria. Este tipo de desenlace es el que se trata de evitar con la repetición de los entrenamientos militares que permiten adquirir hábitos que eludan respuestas automáticas cuando el miedo hace perder el control racional.

La joven violada en los Sanfermines del pasado año no disponía de esas habilidades que le hubieran permitido afrontar una situación angustiosa de la magnitud que describe la sentencia. Como la mitad de las mujeres víctimas de agresiones sexuales, ni pudo huir, ni fue capaz de gritar y el último recurso inconsciente de que disponía para su defensa era activar una respuesta de supervivencia, la denominada inmovilidad tónica, con la que acabó paralizada, rígida y sin capacidad para hablar. Se han descrito otras formas de reacción frente a una agresión sexual, como la pérdida de conciencia o el adormecimiento, pero en ella, como ocurre a la mayoría de las mujeres violadas, según se desprende de los datos científicos, su mecanismo de defensa inconsciente fue la inmovilidad tónica.

La policía, la justicia, una parte de la sociedad, exigen signos inequívocos de resistencia frente a las agresiones sexuales porque cuando no hay pruebas evidentes de oposición se comienza a poner en duda la existencia del hecho. La credibilidad de la víctima para los tribunales de justicia se fundamenta, en muchas ocasiones, en la coherencia narrativa de unos hechos vividos en la situación más espeluznante que puede sufrir una mujer. Se trata de unas prejuicios comunes que la ciencia ya ha conseguido desacreditar. Hoy se puede afirmar que lo normal es que la mujer asaltada sexualmente tenga un recuerdo confuso de los hechos ya que es imposible codificar y almacenar correctamente los recuerdos experimentados durante el trauma y que otro tipo de respuestas, distintas al heroico -y a veces mortal- enfrentamiento y a la casi siempre inefectiva huida, son habituales. La fuga o la pelea contra los violadores son solo dos formas minoritarias de reacción ante la abrumadora amenaza que representa una brutal agresión sexual secuencial y simultánea perpetrada, como en este caso, por cinco varones.

Una persona puede desmayarse, adormilarse, quedarse paralizada como reacción a un pánico inmanejable por los mecanismos adaptativos habituales. La inmovilidad, con tono muscular o sin él, asociada a la incapacidad para hablar, la analgesia y la escasa reacción a los estímulos externos son, además de legítimas, respuestas comunes frente a una violación. Lo que para la ley o para un tribunal no se considera violación porque no se acredita la resistencia de la víctima (lo que podría interpretarse como un consentimiento pasivo) representa una reacción fisiológica normal y esperada ante un miedo incontrolable, un simple -y probablemente efectivo- mecanismo de defensa involuntario que el cerebro humano comparte con el de otras especies animales.

El desconocimiento de las bases neurobiológicas del miedo y de los mecanismos de respuesta a él ha podido condicionar que dos de los tres magistrados ponentes consideren que se produjeron solo abusos sexuales debido a la falta de violencia e intimidación. Sin embargo, si la víctima no presentó lesiones traumáticas fue debido a que las coacciones que padeció pusieron en marcha un arcaico mecanismo de defensa encargado de garantizar su supervivencia. Aun entendidas en el sentido técnico-jurídico y no bajo el prisma coloquial, la violencia y la intimidación existieron, como evidencia la parálisis tónica de la víctima en respuesta a un miedo insuperable, una reacción defensiva situada en las antípodas de una muestra de consentimiento.

Una argumentación que no será de utilidad para el magistrado ponente del voto particular en el que estimó la absolución de los acusados sosteniendo que la víctima “ha incurrido en tan abundantes, graves y llamativas contradicciones que las modificaciones introducidas en su relato durante el acto del juicio oral constituyen auténticas retractaciones” sin considerar las graves disfunciones que se producen en las vías para la formación de la memoria durante una violación y que fue capaz de afirmar que ”la joven muestra una “innegable expresión relajada, sin asomo de rigidez o tensión”, lo que “impide sostener cualquier sentimiento de temor, asco, repugnancia, rechazo, negativa, desazón, incomodidad” sin tener en cuenta que describía una de las fases de la respuesta humana al miedo y no una humillante escena de una película pornográfica.

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