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Industria 4.0 y un nuevo modelo de universidad

Por F. Javier Arrieta Idiakez - Martes, 1 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:00h

POR ejemplo, los estudiantes de ciclos de Formación Profesional industrial logran el pleno empleo en seis meses. No obstante, la Asociación de Centros de Formación Profesional de Iniciativa Social de Euskadi trasladó a la sociedad varias de sus reflexiones-preocupaciones el 9 de abril. Una de las principales preocupaciones consiste en la falta de alumnado. Además, con el alumnado actual no se cubre la demanda de mano de obra que requieren nuestras empresas. Principalmente, hacen falta especialistas en robótica, telecomunicaciones, mecatrónica, diseño y mecanización, porque la industria 4.0 necesita perfiles profesionales con una cualificación técnica muy alta.

Casualidad o no, dos días después, la Diputación Foral de Bizkaia presentó el Basque Talent Observatory con la función de monitorizar el mercado de alta cualificación de Euskadi a través del análisis Big Data de múltiples fuentes on line. Una herramienta muy valiosa que permitirá configurar una base de conocimiento para saber qué es lo que hoy piden y mañana pedirán las empresas.

Y en esa misma línea se sitúa el Acuerdo Marco de Colaboración por el Empleo y la Cualificación para el período 2018-2020, firmado el 16 de abril entre el Gobierno vasco y Confebask. En efecto, por medio de dicho acuerdo se pretende afrontar las dificultades que tiene el tejido empresarial de Euskadi para encontrar trabajadores con la formación adecuada. Confebask estima que el 71% de las empresas tiene ese problema. Entre las principales causas, la falta de formación o especialización, de experiencia y de actitud, disposición e interés.

Al hilo de estas informaciones, es preciso responder a varias cuestiones. De entrada, ¿qué entendemos por industria 4.0 y que retos presenta? La industria 4.0 consiste en incorporar las nuevas tecnologías a la industria. Se trata de llevar a cabo la industria a través de herramientas tecnológicas, tales como Internet de las cosas (IoT), computación, cloud, Big Data, sistemas ciberfísicos, sensórica, robótica colaborativa, ciberseguridad fabricación aditiva o por capas (impresión 3D) o M2M.

Sin duda, todo ello está repercutiendo en el devenir de la industria, de las nuevas formas de organizar el trabajo, de la manera de trabajar y, en consecuencia, del empleo. Tal es así que comienza a generalizarse también la idea de que es necesario un Derecho del Trabajo 2.0, con el fin, por ejemplo, de identificar nuevos indicios de laboralidad y, por ende, de protección, para una nueva clase de trabajadores, o de crear nuevas formas de participación y representación en la empresa.

En verdad, las tecnologías tienen de por sí un componente disruptivo muy considerable, en tanto en cuanto tienden a transformar el entorno en el que se aplican, especialmente en su interactuación respecto a la organización, los procesos y las personas. Están contribuyendo al incremento de la competitividad de las empresas, pero tampoco cabe ocultar el lado oscuro de los adelantos tecnológicos. Y ello porque se está produciendo una polarización de la ocupación. Efectivamente, se está produciendo la concentración del empleo entre las ocupaciones laborales más técnicas y cualificadas. Ello supone, indirectamente, bien que entre las ocupaciones más básicas la nueva contratación se realice también seleccionando a los trabajadores más formados, bien que los nuevos despidos se centren en los trabajadores menos formados. Pero es que, además, se está incrementando la demanda de puestos de trabajo que mantienen una cierta ventaja sobre la tecnología, ya sea porque precisan mayor creatividad o porque requieren habilidades manuales o interpersonales. Otro gran problema que está surgiendo es lo que la OIT denomina “desajuste competencial”, fruto de la sobreeducación centrada en los estudios universitarios. Es decir, muchos universitarios, que no consiguen empleos acordes a su formación, acaban ocupando puestos de trabajo para los que se exige una formación inferior a la obtenida y ello tiene un efecto negativo en las posibilidades de ocupación de los jóvenes menos formados, ya que acaban siendo desplazados en su acceso al mercado laboral por aquellos. Por ello, es preciso que la formación de los jóvenes se centre cada vez más en el aprendizaje del uso de las nuevas tecnologías, la importancia del espíritu emprendedor, el trabajo en equipo, la responsabilidad, la capacidad de análisis o la necesidad de adaptarse a un entorno tremendamente cambiante. Y para ello es esencial conjugar varios factores como la calidad del sistema educativo, la presencia de adecuados caminos de integración y/o transición de la universidad al trabajo, la calidad del sistema de relaciones laborales y el funcionamiento de las instituciones del mercado de trabajo.

Ya a finales de los 90, la Comisión Europea, en su informe dirigido al Consejo Europeo Oportunidades de empleo en la Sociedad de la Información: explotar el potencial de la revolución de la información, advertía que la UE no estaba aprovechando al máximo el potencial de la Sociedad de la Información.

Hoy, veinte años después, se pone el acento en la digitalización. La Estrategia Española de Activación para el Empleo 2017-2020 conecta los principales retos del empleo con la necesidad de creación de más y mejor empleo que se adapte a las necesidades de cambio técnico y organizativo que está teniendo lugar. En dicha estrategia se constata que un factor preocupante es la concentración entre los desempleados de personas con bajo nivel de cualificación, lo que contrasta con que los trabajadores de mayor nivel de cualificación copan el empleo neto creado durante los últimos años. Así, para combatir dicha situación se estima que la incorporación de la digitalización y la apertura a mercados globales requieren un esfuerzo de reaprendizaje tanto para trabajadores como para demandantes de empleo que permita aportar capacidades demandadas en el presente y el futuro. Concretamente, entre los objetivos estructurales se resalta la importancia de la formación dual y en alternancia con la actividad laboral que permitan al beneficiario adquirir competencias o mejorar su experiencia profesional, para mejorar su cualificación y facilitar su inserción laboral. Por su parte, el Informe sobre el progreso digital en Europa (2017) incide, respecto a España, en el menor nivel de crecimiento en las competencias digitales, dado que ello obstaculiza el desarrollo del capital humano. Respecto a Euskadi, el informe Economía y sociedad digitales en el País Vascorealizado por Orkestra, Instituto Vasco de Competitividad, y presentado en enero de este año, al referirse al capital humano indica que, en cuanto a capacidades humanas avanzadas en tecnología, Euskadi se sitúa en una posición avanzada (56%) en relación a los principales indicadores, pero por debajo de países como Finlandia (73,8%), Reino Unido (64,2%) o Suecia (61,8%). No obstante, se constata una desigual distribución entre la proporción de graduados universitarios STEM (ciencias, tecnologías, ingenierías y matemáticas) y aquellos que se dedican profesionalmente a las áreas TIC. Y se concluye que el peso de los especialistas TIC es muy débil para abordar los profundos cambios que la digitalización plantea para el presente y futuro próximo.

Por todo ello, no es de extrañar que se estén dando los primeros pasos hacia un nuevo modelo de universidad. La Comunicación de la Comisión de mayo de 2017 sobre una agenda renovada de la UE para la educación superior es un claro ejemplo. Y ello no ha pasado desapercibido para el Gobierno vasco. Ha puesto en marcha la I Estrategia Vasca Universidad-Empresa 2022, y el 27 de noviembre de 2017 presentó el sistema de certificación de la Formación Dual, pionero en el Estado, con el objetivo de que los primeros grados universitarios duales entren en vigor durante el curso 2018-2019. Estos grados combinan un alto grado de formación académica con una estrecha relación con el entorno social y productivo, mediante una colaboración de la universidad con entidades externas que participan tanto en la elaboración del plan de estudios como en la tutorización de prácticas y en la financiación de los estudiantes. Así, estos estudiantes deberán realizar un mínimo de un 25% de la titulación en forma dual. Sin duda, el rumbo está marcado, con el objetivo de llegar a buen puerto. Sin embargo, tal vez falta por concretar el tipo de embarcación que permita realizar ese viaje. Es decir, falta por concretar, con garantías, la regulación de la prestación de servicios de los estudiantes universitarios en las empresas, en régimen formación dual, y su protección social.

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