Tribuna abierta

Reputación

Por Javier Otazu Ojer - Lunes, 30 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

DOS de las personas de las que más se ha hablado durante las últimas semanas han sido Cristina Cifuentes y la reina Letizia. En el primer caso, se ha hecho famoso el máster. Y dentro de lo malo, ha generado un efecto colateral positivo: muchos políticos se han dedicado a ajustar sus currículums. Por desgracia, el uso de la mentira para lograr diferentes objetivos está muy extendido en nuestra sociedad, ya quetodo el mundo lo hace”. Existen culturas que no soportan la mentira bajo ningún concepto, pero eso es una historia que merece ser contada en otro momento. Volviendo a Letizia, en el segundo caso estaba el tema de las relaciones reales que existen dentro de la familia real.

¿Por qué estos aspectos son tan graves? Muy sencillo. Dañan la reputación de las dos personas. Y nada hay más difícil de recuperar que la reputación perdida. Un ejemplo sencillo lo proporciona la antigua presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, cuando después de una infracción de tráfico dejó a la autoridad con un palmo de narices y se escapó como si fuese una simple delincuente. Sí, después se puede decir lo que se quiera a la prensa. Lo visto, visto está. Y eso no tiene vuelta atrás. Además, Aguirre está también marcada por las graves acusaciones de corrupción a las que se ha visto sometido el PP de Madrid. Su reputación no está muy alta, no (una curiosidad: en los tiempos de gloria de la Comunidad, había un programa de televisión llamado Espejo de lo que somos;si jugamos con las palabras queda Espe j… lo que somos;por supuesto, el programa cambió su nombre).

El rey emérito perdió gran parte de su reputación después de la caída que tuvo cuando estaba de cacería por África. Las personas tendemos a tener reducida la información relacionada con las personas que conocemos, de forma que los podemos resumir en unas pocas palabras: “Simpático, agradable, buena o mala persona, etcétera”. ¿Qué ocurre aquí? Antes se veía al rey como la persona que evitó el golpe de Estado del 23-F. Con esa referencia, las cosas buenas se exageran, las negativas se minimizan. No obstante, si el hecho principal es negativo, ocurre lo contrario. Las cosas positivas se minimizan, las negativas se exageran. Así, la imagen del rey emérito es la de un vividor que le ha hecho pasar a su esposa Sofía una vida que no es precisamente de cuento de hadas.

Obviamente, no es intención de estas líneas difundir uno u otro relato sobre las personas que aparecen en el mismo, no. Las ideas principales son dos. Primero, la reputación perdida tiene una reparación muy difícil y compleja. Dos, personas con problemas de reputación tienen una visión por parte de los demás extremadamente negativa, ya que asociamos la persona al hecho. Así, Cristina es “la del máster”, y Letizia es tan antipática que “no deja ni que la abuela se saque una foto con sus nietas”.

Esto nos enseña que a nivel de comportamiento humano debemos ser muy cuidadosos con aspectos que pongan en riesgo nuestra reputación. Se puede fracasar en un negocio, en una relación de pareja o en una competición. Es lógico y normal. Pero ir bebido con el coche y causar un accidente, por ejemplo, tiene un difícil arreglo posible. Es así. Por lo tanto, cuidado. Nos podremos dejar llevar en muchos aspectos de la vida cotidiana, pero existe una regla sagrada. No hacer nada que manche nuestra reputación.

¿Y las instituciones? ¿Cómo está la reputación de las mismas? Es claro que confiamos más en los servicios sanitarios que en los políticos. ¿A qué se debe? ¿Qué organismos tienen una mejor o peor reputación?

Por desgracia, los incentivos de la política muchas veces no son los más adecuados para generar bienestar social, como han mostrado múltiples estudios. Uno de esos incentivos es influir en diferentes organismos, públicos o privados. Y mientras que todos tenemos la imagen de la justicia politizada, no ocurre eso con la sanidad. A nivel universitario, se han generado dudas, ya que en Madrid existen centros que están asociados a diferentes opciones políticas y eso no es precisamente ejemplar. El tiempo dará y quitará razones, pero es seguro que todas las mejoras tecnológicas que llevan aparejadas transparencia se usarán para evitar más falsedades en el futuro.

En este escenario, la batalla por el relato importa. Pensemos en la Iglesia. ¿Cuál es su reputación? Para unos, se aprovechan de las ayudas del Estado y de leyes que les benefician para mantener sus privilegios y prebendas. Para otros, hacen una labor social y religiosa inigualable: las valoraciones de términos del PIB acerca de actividades de ayuda a los necesitados son enormes.

Esto nos enseña que en términos de reputación, como tantas otras cosas en la vida, es fundamental explicar bien lo que hacemos.

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