Colaboración

¿Conectados en red o enredados?

Por Iñaki Galarraga Aldanondo - Lunes, 30 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

HABRÁ que reconocer que no corren tiempos especialmente apacibles para la política en España y quizá en ninguna parte. Aunque conviene avanzar que mejor que en Hungría, Polonia, Venezuela y muchos otros países. Vivimos en un contexto generalizado de deslealtades y un extenso tipo de trampas en que toda cautela y descreimiento resultan no solo convenientes sino absolutamente necesarios. Entre mensajeros, portavoces, pregoneros y otro tipo de tertulianos la inalcanzable y deseada verdad se difumina sin remedio. Siempre que con ingenuidad supongamos que la fuente origen del mensaje no esté intencionadamente emponzoñada. Luego, o paralelamente, aparecen los justicieros y otros tramposos de la comunicación, quienes establecen todas las premisas para que al margen de cualquier ponderación o profundidad de pensamiento el dictamen final resulte evidente y generalmente acusatorio. Lo que se conoce como la pena de telediario o con mayor precisión un intolerable prejuicio. No es difícil encontrar cada día la diabólica justicia de las “filtraciones”. Así es como el barco de todos hace agua.

Últimamente, entre la instrucción jurídica del proceso catalán y el título de máster en el elenco de atributos de la presidenta madrileña no hay manera de que sobre un mismo hecho objetivo las opiniones se aproximen. Todo se debate entre el bien y el mal (Ormuz y Ahriman) en sus dimensiones más absolutas. Cada uno de los extremos tiene toda una cofradía de amanuenses para la elaboración, salvaguarda y difusión de su propia verdad y anatematizar con contundencia cruel y de descalificación la parte que pudiera mostrar el adversario. Es el eterno juego de los dogmatismos agazapados. En un caso, entre el inveterado casticismo español y la astucia o zangamanga catalana, si hablamos del procés. O en las bienandanzas e fortunasdel partido en el poder en España si nos referimos a la titulación universitaria de la gobernanta madrileña. ¡Qué tristeza y cuánta desolación para quienes pensamos que la cosa pública y su retórica es la más noble de cuantas labores tenemos encomendadas los humanos!

Los ciudadanos no nos merecemos ni una clase política así ni unos medios de comunicación tan embaucadores y poco neutrales. Aunque, claro, tampoco se puede desdeñar aquella máxima por la que cada pueblo tiene la gobernanza que se merece.

Salir del atolladero puede resultar misión imposible. Al parecer, con menores motivos, Yahveh provocó un diluvio universal y ahora nosotros, los descendientes de Noé, según la tradición bíblica, la hemos vuelto a liar. Tampoco la solución que diera Gordias con su espada cortando el mítico nudo o su equivalente euskaldun “gorapillo con enpatxo” nos pueden consolar, ni sirve de remedio.

De entre todas las variantes de corrupción de la política, la mentira es, sin duda, la peor de ellas, pues si en algo se ha de basar la gobernanza de la polis es en la confianza

En todo momento ha habido iluminados y sagaces intérpretes de la sabiduría popular, a quienes llamamos populistas, que cuando más liados están los problemas con mayor seguridad irresponsable prometen solucionarlos de inmediato. No confíe usted en el demiurgo y como no se cansaba de repetir propugnando un sano escepticismo don Julio Caro Baroja: “No crea usted tanto”.

Es, evidentemente, y como siempre, el momento de la reflexión y del ser, tiempos para huir de los publicistas que nos arrastran al sueño, luego a la sinrazón y finalmente al conflicto y al caos.

Posiblemente, una de las maneras de ir escapando de la actual sinrazón política española sea la de que, cada cual, y cada uno, en vez de aplaudir como hooligans descerebrados al partido que hemos votado últimamente, le exijamos que cumpla con aquello que nos prometió. O si su fracaso es evidente y donde dijo digo dice ahora Diego, o en clave victimista endosa a otro su responsabilidad, se lo recriminemos públicamente. Y en la próxima confrontación electoral participar aún más activamente poniendo, con sensatez, la cabeza a gobernar al corazón.

Es sin duda llegado el momento de apartar la publicidad de la política o cuando menos, de insistir en que mantengan ambas relación saludable. Otra vez los principios equilibradores de Montesquieu. Algo así como limitar por ley la cuantía económica de las campañas electorales y perseguir con entereza y ejemplaridad las previsibles infracciones. O se presentan los políticos y sus partidos tal cual son, sin apoyaturas de engaño, o estaremos votando, como hacemos ahora, a un fantasma, producto amorfo de una superestructura del espectáculo dulce y la estupidez colectiva. Y en este punto alguna reflexión conviene a los medios.

De entre todas las variantes de corrupción de la política, la mentira es, sin duda, la peor de ellas, pues si en algo se ha de basar la gobernanza de la polis es en la confianza. Y cuando falla esta, de manera persistente y notoria, al margen del error humano disculpable, no hay texto legal ni interpretación de los jueces que restablezca el orden social. Por ello es perentorio que aquellos a quienes hemos pillado en flagrante mentira, en culposo eufemismo o en evidente contradicción, sean apartados y no vuelvan a aparecer solicitando nuestro voto o, si tuvieren la desfachatez de hacerlo, actuemos en consecuencia. Entonces demostraremos ser gentes maduras y merecedoras de la democracia. Y en caso contrario resignarse a seguir aguantando. Pues, es bien cierto que, también hubo tiempos peores.

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