Rojo sobre blanco

Desfogar: dar salida al fuego

Por José L. Artetxe - Lunes, 30 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

José Ángel Ziganda se desgañita desde la banda mientras da indicaciones a sus jugadores.

José Ángel Ziganda se desgañita desde la banda mientras da indicaciones a sus jugadores. (Foto: P. Viñas y Borja Guerrero)

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José Ángel Ziganda se desgañita desde la banda mientras da indicaciones a sus jugadores.

LA derrota siempre duele, aunque las hay que además escuecen por la forma en que se pierde. Ya son unos cuantos los partidos del Athletic que han provocado ese escozor. El de Anoeta entra en esta categoría, al margen de que genere mayor enojo si cabe en quien no soporta el sentimiento visceral que guía las celebraciones de buena parte de la hinchada de la Real. Dejando a un lado la particularidad del derbi en territorio guipuzcoano, evento que al fin y al cabo tiene lugar una vez al año, la gravedad del problema viene marcada por la insistencia del equipo en ofrecer una versión tan deslavazada de sí mismo.

La reacción del entorno, incrédulo ante tanta contumacia, tiene una doble vertiente: una muy visible, cual es el paulatino descenso de la asistencia a San Mamés, y otra, que se detecta fácilmente en diversos ámbitos (la calle, las redes sociales, la prensa o el propio estadio) y que se resumiría en el deseo de que rueden cabezas.

Cabezas, que no cabeza. El singular de meses atrás, referido a la figura del entrenador, hoy es un plural. Amplio plural que no se circunscribe en exclusiva a la plantilla de jugadores y salpica asimismo a las altas esferas. Ni los responsables técnicos ni los directivos, con el presidente en el centro de la diana, están a salvo. Es indiscutible que el número de candidatos al descarte de cara a la próxima campaña ha ido creciendo a medida que se sucedían los partidos indigestos.

La gravedad del problema viene marcada por la insistencia del equipo en ofrecer una versión tan deslavazada de sí mismo

Así que mientras el campo se vaciaba físicamente, resulta que mentalmente, en el pensamiento de los aficionados, se han ido vaciando los estamentos del club: el vestuario, Lezama e Ibaigane. Habrá que decir que felizmente solo quedan tres partidos más y por tanto, de no mediar una enmienda del equipo, esas son todas las posibilidades existentes para que, al paso que va la burra, la peligrosa tendencia consiga el objetivo de dejar el Athletic como un solar, barrido.

Una mujer mayor de este país utilizaba una expresión que viene al pelo para describir lo que está ocurriendo. Sus palabras venían a ser algo así como “que la culpa no se caiga al suelo”. Es decir, cuando vienen mal dadas, se plantea un conflicto o discusión, o se percibe un malestar generalizado, enseguida conviene buscar a quién echar la culpa. Ella no pensaba precisamente en fútbol, pero la vida le había enseñado que adjudicando a alguien concreto la responsabilidad, uno eludía la misma y, sobre todo, se quedaba más tranquilo.

No iba descaminada. Desfogarse exigiendo dimisiones, destituciones o directamente exilios forzosos, es algo natural en cualquier situación cotidiana. En fútbol, un ámbito donde la pasión se impone a la racionalidad, la búsqueda de culpables es un ejercicio preferente y gratuito. No implica costes, al igual que emitir opiniones y valoraciones en torno a lo que pasa en el campo. Desfogar, según el diccionario, quiere decir “dar salida al fuego”.

Ahora hay barra libre en el Athletic para señalar a todo el mundo y se comprende hasta cierto punto. La gente acumula motivos para la insatisfacción y se expresa como estima conveniente. No faltan, por supuesto, los francotiradores que aguardaban agazapados la ocasión de emplear la munición que se les estaba oxidando, pero se debe reconocer que el descontento general está fundamentado y que la toma de decisiones es obligada.

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