Tribuna abierta

La verdad y la mentira del diálogo participativo

Por Etiker - Viernes, 27 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

CADA vez se dan más llamamientos a la participación ciudadana: Asambleas populares de todo género para la aprobación de presupuestos municipales;preparación de fiestas;grupos de oposición para con infraestructuras provinciales o municipales;asociaciones y manifestaciones contra los desahucios, la corrupción política, apoyo a Cataluña, etc. etc. Muchos de estos eventos responden a un claro deseo de participación ciudadana, expresión sincera de una responsabilidad democrática. Otros, sin embargo, son groseras formas de coacción social, hábilmente manipuladas por fuerzas políticas o grupos de interés que han hecho del enfrentamiento ideológico, institucional y callejero una forma continuada de lucha revolucionaria.

La participación en la vida pública, así como en el trabajo del voluntariado, es uno de los valores cívicos más elevado que nos plenifica como personas. Participar en la mejora de los servicios públicos y en el compromiso político es el exponente más claro de conciencia social, más en estos momentos de cierto pasotismo.

En la década de los 60, todos nos sentíamos importantes. Teníamos la sensación de que estábamos escribiendo una página de la historia. Creíamos cambiar el rumbo de los acontecimientos y hacer grandes cosas. La famosa frase del 68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”, invitaba al compromiso transformador. Posteriormente, se ha hablado de “democracia devaluada”, “retroceso” y “claudicación”, “traición al pueblo”... Postura que alcanza, incluso, a deslegitimar las instituciones democráticamente elegidas y a todo lo que estas proponen.

Se apela al trabajo en común, pero desde principios propios indiscutibles, cuando el diálogo participativo exige sinceridad y honestidad. Hablar de diálogo como mera estrategia política es pervertir el sentido de la idea

La participación exige explicitar el auténtico sentido de su significado. Una cosa es la participación del pueblo como totalidad y otra la participación de una parte de ese pueblo. Se nos dice que lo que ha decidido una parte de ese pueblo coincide con lo que quiere todo el pueblo. Se apela al trabajo en común, pero desde los propios principios indiscutibles de una parte de ese pueblo, desechando los de los demás. “Nosotros somos el pueblo”. “Con los que piensan como nosotros solucionaremos los problemas que tiene este pueblo, porque tenemos la verdad”. Se vende el principio participativo, cuando está todo decidido. Es un signo de madurez democrática, la regulación de la participación ciudadana en los pueblos. Toda información sobre la gestión social y jurídica, tanto sobre la actualidad municipal, foral o de cualquier otra instancia, enriquece la democracia participativa, siempre que se haga con claridad y transparencia. Es gratificante buscar nuevas formas de participación. Se apela a un proceso participativo, pero “cuando mando yo”, se aplica el principio impositivo. Se apoya la participación para impulsar las propias ideas, pero cuando esto no resulta, la participación se convierte en una indisimulada mentira.

Algo similar ocurre cuando abordamos el significado de la idea del “diálogo”. Diálogo, sí, pero siempre desde nuestros presupuestos. La dimensión popular del diálogo participativo exige una actitud de sinceridad y honestidad, tanto en las relaciones entre los grupos políticos como dentro del mismo grupo, ya que aunque sean complementarias, no siempre coincide la verdad del que manda con la del que obedece, la verdad del pueblo con la del gobierno. Esta misma actitud se debe dar en el diálogo dentro del mismo grupo para que no sea un adoctrinamiento manipulador. Pretender construir la convivencia con medias verdades es una falacia. Máxime tratándose de problemas políticos y sociales de no fácil solución. Hablar de diálogo como mera estrategia política, con la intención de manipular a la opinión pública, es pervertir el verdadero sentido de la idea. Dialogar no debe ser un acto que se hace mirando a la galería, exige una sincera disposición de los interlocutores, buscando acuerdos que sean susceptibles de llevarse a cabo. La participación y el diálogo se deben fundamentar en unos valores éticos básicos.

Estos valores son el elemento necesario para una sincera y verdadera participación pública. Esta precisa de cercanía entre gobernantes y gobernados, preparación de las personas y los grupos, deshaciendo equívocos y aclarando ideas. No hay una buena práctica, sin un buen marco teórico en el que apoyarse. También es necesaria una actitud responsable por parte de todos los participantes, estudiando y profundizando las propuestas con espíritu abierto y no partidista. Si no existen unos valores éticos contrastables y asumidos por todos, así como una mínima confianza entre gobernantes y gobernados, es imposible una sincera participación pública.

El diálogo participativo, para un progreso real de la sociedad, necesita también una cierta tranquilidad social. La tensión es inherente a la vida social, lo mismo que el contraste de pareceres, pero cuando se vive en un permanente enfrentamiento con descalificaciones y acusaciones mutuas, la participación ciudadana se convierte en un agotador combate de boxeo que perjudica a todos. Convivir y construir el futuro de un pueblo se convierte en una tarea imposible.

No bastan llamamientos para realizar asambleas, foros, encuestas, debates, manifestaciones o ruedas de prensa que no sirven para otra cosa que para reafirmarse en la propia ideología de los convocantes, tergiversando la verdad de los problemas que se presentan. Es necesario, por encima de todo, el diálogo veraz, la fidelidad a los hechos demandados o denunciados y siempre el respeto al discrepante. Dialogar es saber ceder sin poner condiciones inalterables, aclarando con lealtad el verdadero sentido de las palabras. Para que un diálogo participativo sea eficaz sobran, por último, la cerrazón y la arrogancia, menos todavía en un pueblo pequeño como el nuestro en el que nos conocemos casi todos.

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