El sacacorchos

El ‘oficio’ de responder

Por Jon Mujika - Viernes, 27 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

TIENEN por costumbre y por oficiodar respuestas. No en vano siendo estudiantes viven rodeados de preguntas por las cuatro esquinas aunque me temo que no tanto por que interesen sus apreciaciones sino para salir del trance de esa suerte de juicio sumario al que se someten en cada examen. Preguntad a un estudiante,bien pudiera ser ese el título de esta columna que girará sobre el encuentro entre los gestores de la ciudad y sus habitantes: en este caso, los estudiantes de toda procedencia y condición, con sus necesidades y percepciones a cuestas.

La historia de hoy llega con una curiosidad bajo el brazo: quieren extraer lecciones de una juventud que mira la vida con otros ojos. Les han dado la palabra y no han callado. Elogian, por encima de todas las cosas, las virtudes de una ciudad de vanguardia ubicada en un escala de pueblo. Eso y que Bilbao sea una ciudad limpia (cuentas esto en las décadas de los setenta y ochenta del pasado siglo y el descojone es mayúsculo, no me digan que no) y guapa. Sacados los colores con tanto elogio resultó de más interés la lista de la compra. O sea, las necesidades de una ciudad que quiere abrirse al mundo.

¿Qué comprar en el mercado de abastos y qué en los supermercados del progreso para llenar el armario y la nevera de la juventud? Eso es lo que se pretendía conocer Juan Mari Aburto en el encuentro con los estudiantes. La respuestas estuvieron cargadas de sentido común, una munición de devastadoras consecuencias. Veámoslo con ejemplos. Ellos y ellas se quejan del son monolingüe (bilingüe a lo sumo, si se juzga el euskera...) en el que se mueve la villa. No saben inglés los camareros ni orientan en la lengua de Shakespeare los carteles, dicen, no sin razón. ¡Zasca! Por preguntar.

No se detuvo ahí la retahíla. Pese a que agradecen las evidentes bondades de la gastronomía propia -lo contrario hubiese sido preocupante...- insinúan que la oferta culinaria de la ciudad es más bien pobre a la hora de ofrecer platos de otras tierras con calidad. Tampoco sienten el confort de los alojamientos. Al menos el confort de sus bolsillos porque detectan escasez de espacios acordes a su economía de subsistencia.

Basten estos ejemplos para completar el retablo de un encuentro que ya ha llegado a palacio(léase, al Ayuntamiento) y está a la espera de conocer de qué pared se cuelga, si bien a la vista o escondido en los sótanos. No, no creo que esa sea la solución.

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