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El ‘Gernika’ de Sofía

Por Carmen Torres Ripa - Jueves, 26 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

columnista Carmen Torres Ripa

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columnista Carmen Torres Ripa

HA sido el cumpleaños de mi hermano Manu. No sé los años que haría porque odio hacer sumas en el vacío. Ya no está. Se fue sin que me diera tiempo a entenderle y me quedó una especie de remordimiento sin arreglo. Quizás no encontré el secreto que dejaba y se quedó con sus cenizas dentro del agua de la ría. Decía Heguel que “lo que es sensato tiene posibilidad de sobrevivir”. La frase es muy impactante pero, aunque me acuerde de mi hermano, no vuelve. Quizás me está esperando. Creo que solo sobrevive el recuerdo y la memoria. Y yo me acuerdo de mi hermano. Quizás me esté esperando.

Este mes es tiempo de aniversarios. Sofía Gandarias, una artista vasca internacional, se fue recordando que dentro de unos días será el aniversario del bombardeo de Gernika. Su rastro es una especie de estela que queda en el aire de los deseos incumplidos de Sofía. Sofía quería que su Gernika estuviera en Gernika.

Nació en Gernika y, como todos los habitantes de la villa, el rastro de aquel 26 de abril de 1937 se quedó dentro de esos recuerdos, hechos de recuerdos contados, como un sueño en las entrañas de un día de mercado cualquiera con flores y verduras. Luego campanas, los Heinkel y los Junkers que iban y volvían sobre una villa tranquila que se convirtió en una borrachera de sangre. Humo, gente corriendo sin saber dónde ir ni adónde. Más aviones, más cruces negras sobre los monstruos de hierro, vuelos bajos para ametrallar directamente a los despavoridos que huían.

Se lo contaron de niña. La Legión Cóndor destrozó Gernika. Sofía creció sabiendo que aquel día hubo 1.645 muertos y 884 heridos, que se destruyó el 70% de edificios. Y… total, fue un simple ensayo para la Segunda Guerra Mundial.

Como un boceto de cuadro. Todo y nada.

Lugares de la memoriaSofía, la mujer más guapa que he conocido, tuvo éxito como gran pintora, sus cuadros se exhiben en todo el mundo con éxito. Trató a los grandes de la historia, el arte y la literatura y con ellos tuvo una amistad de amigos, no de conocidos. Fue modelo de grandes fotógrafos, dejó propuestas de Buñuel para hacer cine y se dedicó a lo que le robaba el alma: la pintura. Hizo Bellas Artes. Consiguió numerosos galardones y llegó a ser Caballero de las Ciencias y de las Letras y Caballero de Legión de Honor de la República francesa. Se implicó en los grandes sucesos internacionales del recuerdo y la vida. Después del atentado del 11 de septiembre, hizo trece cuadros escalofriantes que tituló Miserere. Las series se fueron repitiendo con Kafka, el visionario, en 1964. Gandara, en defensa de la mujer… Pintó sobre la tolerancia, en recuerdo de Jenuhi Menuhir en 1993 (“El hombre más sabio que he conocido”). Su obra se expuso en la Grande Archade de la Fraternidad de Países y la inauguraron Federico Mayor Zaragoza, Simone Veil y Barbara Hendricks. Su pintura fue el reflejo de una época. “La calidad de un pintor -decía Picasso- depende del pasado que lleve”.

La obra de Sofía es más conocida fuera de su país. Está en museos y colecciones particulares de todo el mundo. “Los cuadros y series de Gandarias -escribía Diego Carcedo- siempre me han impresionado por la profundidad de sus pensamientos y a menudo la crítica que expresan. Siempre llegaba más al fondo de su impacto estético, que era grande, porque tras las figuras y la combinación de colores se trasparentaba algo más impactante. Los amigos le decíamos con frecuencia que su principal mérito era la reflexión filosófica y política de cada lienzo”.

Dios no estaba allí “Érase una vez un astronauta y un neurólogo ruso que discutían sobre la religión, cuenta Jostein Gaarder en El mundo de Sofía. El neurólogo era cristiano y el astronauta, no. “He estado en el espacio muchas veces -se jactó el astronauta- pero no he visto a Dios ni a los ángeles”. “Y yo he operado muchos cerebros inteligentes -contestó el neurólogo- pero nunca he visto un solo pensamiento”.

Sofía, también, buscaba y no encontraba. Era imposible ver a Dios en la masacre de Gernika. Pintaba y, envuelta en colores, seguía pintando. “Las telas de Sofía -decía José Saramago- son esos espejos pintados, de dónde se ha retirado, recompuesta su imagen, o dónde oculta aún se mantiene, tal vez, bajo una capa de luz dorada o de sombra nocturna, para entregar al rezo de la memoria, el espacio y la profundidad que le conviene. No importa que sean retratos o naturaleza muerta: esas pinturas son siempre lugares de memoria”.

Y esa memoria, o quizás fue el recuerdo de unas palabras de Picasso: “No envejecemos, maduramos”, le hizo pensar, después de ver mil veces el Guernica del autor malagueño, que ella tenía que dar su visión femenina del terror de su villa natal. Efectivamente, aquel día Dios parecía que estaba de vacaciones. “Quise pintar siempre este tríptico, pero no me sentía capaz hasta que decidí que había llegado el momento. Lo que veía de niña en Gernika era una ciudad construida por regiones devastadas, algo mussoliniana. Los vencedores nos habían regalado un pueblo nuevo. Son los vencedores de las guerras los que escriben la historia, a nosotros nos dejaron nuestro árbol. Gernika es mi grito contra lo que no debió ocurrir, contra lo que no debería de ocurrir… El 26 de abril de 1937, la Legión Cóndor dejó caer pesadas bombas incendiarias sobre Gernika, ciudad sagrada de los vascos y símbolo de sus libertades (y del cielo llovía sangre, en el centro del cuadro) y ametralló con la mayor saña imaginable a los civiles que huían de la ciudad en llamas”.

El tríptico de Sofía es un mural de siete por dos metros. Fue un encargo del Ayuntamiento de Gernika a la autora. Le facilitó los materiales para la realización y en 1999 se hizo la entrega. Es un óleo sobre tela con elementos superpuestos para conseguir una mayor expresividad, papeles arrugados de seda, tela de saco, desgarrones. El tríptico tiene tres escenas, como tres momentos de la tragedia. En el centro, hay una cruz con una mano;a la izquierda, el perfil de una mujer embarazada ante una procesión de fetos no nacidos ante la iglesia de San Juan, con el reloj parado a la hora del bombardeo;a la derecha, miran expectantes un grupo de ancianas y mujeres de luto, como viudas adelantadas. Parece pintado con sangre.

Su cuadro es como una oración rezada a gritos. Hay que quedarse un rato largo delante para entender el mensaje. He buscado en el Museo de la Paz el Gernika de Sofía Gandarias y no lo he encontrado. Quiero pensar que están arreglando algún desperfecto de la obra. Me extraña, porque en el homenaje que hizo la villa de Gernika a Sofía en la Casa de Cultura, después de su muerte, el día 23 de enero de 2016, lo vi. ¿Dónde está ahora? El profesor Manuel Balado, director de la Escuela de Pensamiento de Silos, con el acuerdo del abad Benedicto y Lorenzo Maté, han solicitado el cuadro de Sofía para que presida el 16 de junio una sesión anual que este año ha escogido el tema de la Paz. Los organizadores del evento han pedido al Museo de la Paz de Gernika temporalmente el tríptico de la artista guerniquesa.

Al fin, la paz y la memoria son como una cadena grande con todos los eslabones prietos. John Lennon decía: “Sueña con un mundo de amor y paz y lo haremos realidad”.

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