Fito Cabrales | Músico

“Todo escenario es sagrado, pero tocar en el Royal Albert Hall es un puto sueño”

Fito cerrará su gira en el mítico teatro londinense, uno de los diez mejores del mundo, el 16 de septiembre, tras actuar en el BEC los días 4 y 5 de mayo

Una entrevista de Andrés Portero - Miércoles, 25 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:01h

Fito Cabrales.Fotografía de Borja Guerrero

Fito Cabrales.Fotografía de Borja Guerrero

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Fito Cabrales.Fotografía de Borja Guerrero

BILBAo- Más de 35.000 personas disfrutarán de la gira 20 años, 20 ciudades en el BEC, los días 4 y 5 de mayo, con Muchachito como telonero e invitados como Iñaki Uoho, de Platero y Tú, y el cantante y guitarrista de Gatibu. El roquero vizcaino será el primer músico vasco que actuará en el mítico Royal Albert Hall de Londres en la clausura de la gira. “Es un puto sueño”, indica Fito. Las entradas para el primero de los conciertos de Barakaldo están a la venta desde 33 euros. Las del segundo se agotaron.

Con el inicio de la gira se le habrá pasado el pánico tras estar tres años sin subirse a un escenario.

-Ahora estoy en el cielo, pero siempre me suele entrar cierto vértigo al volver. No por la música en sí, sino porque me siento expuesto con lo que conlleva, entrevistas incluidas. En el caso actual, quizás por inesperada, esta gira se preparó de forma sencilla y con tiempo. Ha ido muy fluido todo.

¿Es la que más está disfrutando?

-Recuerdo otra con un sabor de boca parecido, la de los teatros. Esta es también de las mejores.

Quizás sea porque son pocos conciertos, 25, y espaciados.

-Creo que sí. Quería hacer pocos conciertos para seguir luchando con las canciones nuevas. Así no me apartaba de la composición, lo que me habría pasado con 75 conciertos. Eso es un año entero de mi vida, no tendría la cabeza centrada. Además, así puedo disfrutarlos todos.

Abre los recitales con ‘Siempre estoy soñando’. Parece una declaración de principios.

-Lo hacemos porque su primera frase es: Mientras me aguanten los huesos, yo quiero seguir cantando. Creo que es muy acertada para celebrar un vigésimo aniversario. Y también porque no era un tema habitual en los últimos repertorios.

Está agotando entradas. Es ya algo recurrente, pero ¿le sorprende? ¿Cuál es su secreto?

-¡Cómo no va a sorprendernos! Tenemos inculcada la orden de no acostumbrarnos a esto. No es lo normal en una banda de rock, cuyo circuito es de salas, geniales pero no tan masivas como pabellones y estadios. Y los llenamos. No es normal esto, así que hay que disfrutarlo cada noche. Y no sé qué les ofrecemos. Imagino que, como me pasa a mí, repito con músicos que me gustan porque hacen que salga contento de sus conciertos. Eso le pasará a mi público. Vienen familias enteras, no hay un público definido. Es como una gran fiesta.

¿Le costó elegir el repertorio? ¿Combina éxitos y temas oscuros?

-Empecé a pensar en las canciones con mi guitarrista, Carlos Raya. Algunas son obligadas, las que nos han acompañado siempre al ser las más populares, caso de Soldadito marinero o La casa por el tejado, pero sí queríamos hacer un guiño a otras no tan habituales, caso de Rojitas las orejas, por ejemplo, que no la tocaba nunca. No me gustaba cómo sonaba en disco aunque fue la primera que grabé para Fitipaldis. Ahora la toco yo solo, con una guitarra acústica.

Ha habido algún cambio en Fitipaldis. Se ha bajado Joserra Senperena, el teclista.

-Él no estaba dispuesto a salir de gira y, además, yo quería volver a sonar como una banda de guitarras con saxo. Con Joserra hemos estado diez años y es un músico tan maravilloso que acaba influyendo mucho en el sonido. Su ausencia ha influido en el repertorio y sonamos más a los Fitipaldis de antes, más guitarreros.

El añadido de las colaboraciones en cada concierto también convierte cada cita en algo especial ¿verdad?

-Ese es el mayor alimento de cada una de estas noches, el contar con esos músicos, que son todos amigos. De Ariel Rot a Eva Amaral, Leiva, Dani Martín, Dani Macaco, Amparanoia, Los Zigarros... Eso nos mantiene alerta y obliga a ensayar como locos unas semanas antes. Y luego está Jairo, de Muchachito Bombo Infierno, que actúa antes que nosotros y comparte dos canciones conmigo. Es un regalo del cielo. Que la gente venga pronto para poder verle.

Y en el BEC volverá a tocar con un viejo amigo, Iñaki Uoho.

-Iñaki es la persona más importante de mi vida musical, como Batiz o Raya ahora. Le tengo mucho afecto porque me ha ayudado también en lo personal en los momentos jodidos. Y somos amigos desde jóvenes. Tocar con él dos canciones va a ser tan emotivo para nosotros como para la gente. Ya han sido bonitos los ensayos... He cantado con él para el nuevo disco de su grupo, Inconscientes, pero en un escenario... ni me acuerdo. Lo hicimos los cuatro Plateros en la boda de Juantxo, el bajista.

Una será ‘Entre dos mares’, imagino, que ha regrabado para la caja ‘Fitografía’.

-No, serán Hay poco rock and roll y El roce de tu cuerpo.

En el BEC estarán también los Gatibu.

-Hace años que conozco a Haimar y a Alex, y hemos pasado mucho tiempo juntos en el estudio de Iñaki, en Muxika. Con Haimar nos vemos en el gimnasio e incluso quedamos en Gernika. Me gusta cómo toca la guitarra y puede ser muy bonito.

Tras tantos conciertos, ¿es lo mismo tocar en A Coruña que en el BEC?

-A veces bromeo con mi mujer sobre una gira que no pase por Bilbao (risas). Por los nervios. Debería dar igual el escenario, una vez que subes. Allí, tienen que suceder cosas, que fluya todo compartiendo canciones porque esto es algo más que música. Y quieres ser y sonar maravilloso cada noche, algo imposible. Y si quieres serlo más, es en tu tierra. Aunque solo sea porque luego tienes que salir e ir por ahí (risas).

¿Conciertos largos, de más de dos horas?

-Lo hemos recortado. Es algo muy pensado porque sale antes un grupo invitado y pasa mucho tiempo hasta el final. Prefiero que se vayan con la sensación de que han faltado canciones que con cansancio en las piernas.

Cuénteme lo del Royal Albert Hall. ¿Cómo se consigue, a quién hay que sobornar?

-Pues no lo sé, es más cosa de Live Nation y de Riff Producciones, con quienes trabajamos en la gira, que nuestra desde Cultura Rock. Ellos tienen más experiencia internacional porque trabajan con Sabina, Serrat...

Pero no habrá sido fácil. Es el primer músico vasco, incluso estatal, que tocará en ese templo cultural creado en el siglo XIX.

-Ha sido una locura porque nos han pedido la discografía, vídeos, seguidores en redes sociales... Además, tienen 3.000 abonados que no venden sus localidades, y hay que pasar ese filtro. Ha costado meses. Es que todo el mundo quiere tocar allí, como en el Arriaga. El de Londres es uno de los diez mejores teatros del mundo.

Va a subirse a un escenario en el que ha tocado Dylan, Oasis, The Killers, su admirado Eric Clapton...

-(Risas). ¡Imagínate lo que será! En la gira anterior fui con Los Zigarros y mi hermano al Albert Hall a ver a Clapton una de las diez noches seguidas que tocó. Fue maravilloso el concierto;y el teatro también, con esos pasillos con fotos de cientos de los artistas que han actuado allí.

Estando allí, ¿se imaginó subir a su escenario?

-Nunca. Es algo tan bruto que ni se me ocurrió. Para Fitipaldis, el escenario, cualquiera, es sagrado. Tocar y ganarse la vida y llenar pabellones es... pero tocar en ese teatro es un puto sueño. ¡Si me entra hasta la risa!

¿Ya tiene más de tres canciones para el disco nuevo? ¿El de 2019?

-¿Te dije que tenía ya tres? (Risas). ¡Qué exagerado! Me gustaría tener más facilidad para componer aunque disfruto mucho del proceso también. Tener tres canciones es todo un tesoro porque lo que surge a la primera no suele tener mucho valor. Al menos, las mías. Por el contrario, Leiva tiene temporadas creativas muy fructíferas. Yo me bloqueo porque antes me levantaba, cogía la guitarra y me quedaba tres días seguidos trabajando. No tenía vida y me llamaban para ver si estaba bien o me había muerto.

Eso ha cambiado, claro.

-Ahora tengo otro tipo de vida, más ancha, digamos, y menos productiva. Tengo otras cosas en las que pensar y vivir para ser igualmente feliz.

Como la paternidad a los casi 50 años.

-Sí, mi hija pequeña tiene 3 años y el mayor, 20. Son paternidades diferentes. Es una niña, tengo ya otra edad y me tiene frito. Es la máxima alegría de mi vida, basta que se acerque y me diga: “Aita, aita...”. (Risas).

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