Colaboración

Currículums

Por Patxi Agirre Arrizabalaga - Lunes, 23 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

COMPARTIENDO el café de mediodía con mis compañeros habituales de tertulia político-social, no faltó la semana pasada la conversación estrella del momento: elcaso Cifuentes.Tema recurrente, enervante y muy dado al desahogo legítimo de los honrados mortales que, en esta ocasión, mis amigos y yo quisimos diseccionar para responder a una pregunta inicial: ¿Por qué?

Convinimos en que la actitud de la todavía presidenta de la Comunidad de Madrid (ella aún no lo sabe, pero ya ha dimitido) se relacionaba con un mal bastante frecuente en la clase política: el arribismo, esa necesidad vil y oportunista -no exenta de obscenidad- de intentar llegar a la cumbre del poder sin valorar si los medios utilizados para ello pasan por el tamiz de la más básica de las éticas. Ese deseo irrefrenablemente personal y egoísta (la imagen del trepa está en nuestras retinas) de querer dirigir un partido o una organización a toda costa más que de liderar una verdadera causa política;el yo del bien personal frente al nosotros del bien común.

Nuestro compañero exseminarista y católico social, siempre tan documentado, nos recordaba cómo Juan XXIII expuso en la encíclica Pacem in Terris que “el bien común consiste principalmente en la defensa de los derechos y deberes de la persona humana” y yo apostillé que todo ciudadano tiene derecho a conocer la verdad sobre sus gobernantes.

El arribismo, esa necesidad vil y oportunista, no exenta de obscenidad, de intentar llegar a la cumbre del poder sin valorar si los medios utilizados para ello pasan por el tamiz de la más básica de las éticas

El más joven de la tertulia, que recién acaba de incorporarse a tareas de política local, quiso introducir un nuevo elemento en la disección de los porqués de las falsas titulaciones, el currículum inflado hasta el infinito, los dudosos posgrados de unas pocas horas, el máster convalidable en un noventa y nueve por ciento y el ambiguo término de “cursó estudios de”: el de los propios complejos personales del falsario (o falsaria).

Decía poder llegar a “comprender” cómo el ejercicio arribista conduce a la mentira a ciertos políticos emergentes pero reconocía que la razón del arribismo excluía, a priori, de la perversa práctica a aquellos políticos maduros y consolidados que, en todas las formaciones (el socialista madrileño José Manuel Franco es un buen ejemplo), mantienen durante años datos falsos en sus currículos, registros oficiales o folletos electorales, e insultan la inteligencia ajena cuando al ser pillados en renuncio, esgrimen aquello de “alguien lo incluyó en la ficha, yo no lo puse”. Solamente desde el complejo y la inseguridad, “desde el confundir el ser con el tener”, proseguía el joven tertuliano, se puede llegar a entender tal proceder.

En este momento de la charla-disección, aproveché para introducir el concepto de la memoria como elemento asociado a este sucio juego de tahúres. Y les refería cómo, en mi opinión, los políticos de turno parece que han querido jugar con la desmemoria ciudadana a modo de pátina o barniz protector que con el paso del tiempo consolida y conserva intacta la falsedad. Pero en la breve exposición, comentaba que la memoria, “esa puta tan distinguida” que diría el escritor barcelonés Juan Marsé, siempre vuelve, porque siempre permanece aunque parezca enterrada, para mostrarnos su verdadera faz. Y recordaba también una definición del poeta y escritor alemán Friedrich Richter (1763-1825), quien afirmaba que la memoria es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados. En este caso, da la impresión de que el Jardín del Edén ha trocado en el más ardiente de los infiernos para decenas de falsarios que llevan tiempo cometiendo un fraude al electorado sin que hasta el momento hayan asumido las necesarias responsabilidades políticas.

En el último tramo de la animada charla traje a colación algunas de las ideas que mi amigo Xabier Albistur, autor de una magnífica tesis doctoral sobre el liderazgo en Ignacio de Loyola, expuso hace unos meses en relación con las competencias que debe tener todo líder;una primera, la de ser líder de sí mismo, ser libre y actuar en libertad, con independencia y voluntad de la razón;la segunda, la de desterrar la ambición personal porque rompe las organizaciones. Ahí es nada en esta coyuntura en la que el signo de los tiempos parece fomentar en política el concepto deperfil bajo.

Antes de apurar nuestro café descafeinado (no queríamos que la cafeína estimulara aún más nuestro estupor) y volver a los respectivos puestos de trabajo, los tres formulábamos, de una manera u otra, la siguiente pregunta final: ¿Cómo podemos confiar en quien quiere representarnos mintiéndose a sí mismo? Hamaika ikusteko jaio ginen!

COMENTARIOS:Condiciones de uso

  • No están permitidos los comentarios no acordes a la temática o que atenten contra el derecho al honor e intimidad de terceros, puedan resultar injuriosos, calumniadores, infrinjan cualquier normativa o derecho de terceros.
  • El usuario es el único responsable de sus comentarios.
  • Deia se reserva el derecho a eliminarlos.

Últimas Noticias Multimedia

  • ©Editorial Iparraguirre, S.A.
  • Camino de Capuchinos, 6, 5ºC Bilbao
  • Tel 944 599 100, Fax 944 599 120