Colaboración

Verdades relativas, ideologías débiles

Por Fabricio de Potestad - Miércoles, 18 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:00h

NIETZSCHE dijo muchas cosas atinadas y, entre ellas, afirmó que “no hay hechos, hay interpretaciones”, aserto que viene bien para medir qué capacidad de tolerancia tienen las personas para aguantar tantas verdades distintas. La inexistencia de una verdad absoluta a la que aferrarse ha supuesto la irrupción del imperio de la relatividad, de la contingencia, del disenso, de lo efímero, de lo coyuntural y de lo contextual. La verdad absoluta más que un valor se ha convertido en un peligro, pues los sistemas políticos basados en supuestas verdades vocacionalmente universales se comportan como una peligrosa trampa que constituye indefectiblemente un totalitarismo difícilmente reversible. La verdad política no se encuentra ni se halla en ningún sitio concreto, tan solo se construye mediante el diálogo y el consenso. Hoy día tan solo se puede aspirar a verdades relativas que tienen que coexistir necesariamente con otras verdades asimismo relativas.

Salvo alguna excepción debida a cuestiones éticas, como pueden ser los pactos con opciones políticas corruptas o violentas, cualquier entendimiento debe ser tenido en consideración

El pensamiento fuerte, monolítico y unitario, dominador y universal, y por tanto autoritario, es contrario a la diversidad y a la pluralidad y, en consecuencia, antidemocrático. Por el contrario, el pensamiento débil, como dice Vattimo, es la condición de posibilidad de la tolerancia, de la democracia y de la libertad. La historia misma muestra que la búsqueda de la verdad absoluta, universal e inmutable solo ha producido sistemas ideológicos que han generado fanatismo y violencia. Todo pensamiento fuerte, temeroso de una realidad diversa e incontrolable, se manifiesta siempre de forma coactiva, impositiva e incluso violenta, excluyendo la posibilidad de lo alternativo. El dominio despótico del pensamiento fuerte, siguiendo a Deleuze, homogeneiza la variedad poliédrica de lo real y niega la legitimidad de las distintas maneras de interpretarla, que se derivan obviamente de las diferencias que la componen. No existe ningún sentido unitario y ninguna certeza definitiva que pueda englobar las diferencias, fundiéndolas dentro de sí, porque la razón humana no es capaz de fundamentar una verdad inmutable, univoca e irrefutable. Por tanto, hay que adecuarse a la coexistencia y concurrencia de diversas verdades sin que ninguna resulte superior a las demás. La debilitación de la razón que supone la irrupción de la posmodernidad se fundamenta precisamente en la aceptación del eterno fluir, como apuntaba Heráclito, que se concreta en que el cambio continuo no puede imponer nada inmutable. No puede racionalmente privilegiarse ningún punto de vista ético-moral que justifique una ideología dominante, esto es, un metarrelato con vocación universal que pretenda ser la panacea que solucione todos los problemas de raíz, pues es tan falso como ingenuo. Es más, no será posible erradicar completamente la violencia hasta que no sea eliminado el último vestigio de las metanarrativas, dejando paso a una sociedad compuesta por ideologías débiles, esto es, pensamientos en los que no existen certezas absolutas ni disponen de soluciones mágicas.

Esta reflexión tiene consecuencias ético-políticas relevantes que es preciso tener en consideración. Dada la débil fundamentación de los relatos ideológicos, hay que mudar las infundadas certezas ideológicas por el entendimiento entre diferentes, si es que se pretende realmente reconducir la actual barahúnda social y solucionar los graves problemas que padece la ciudadanía. El mundo cambia y las fuerzas políticas deben redefinirse constantemente en función de las nuevas preocupaciones y demandas sociales. La actual dialéctica entre las diferentes ideologías, si bien responde a supuestas cosmovisiones distintas de la realidad, tiene tal grado de relatividad que su virtualidad ocasiona falsos desencuentros, tensiones innecesarias y obstaculiza la posibilidad de llegar a acuerdos que son muchas veces necesarios. El enfrentamiento extremo y las sobredimensionadas discrepancias entre diferentes no solo son incomprensibles, arcaicas y perniciosas, sino que, además, representan un serio obstáculo para la concordia que el siglo XXI reclama. Enrocarse de forma berroqueña en una ideología, negando la posibilidad del consenso que pudiera derivarse de la acción comunicativa que propuso Habermas, es anacrónico. Obviamente, hay acuerdos más lógicos y naturales que otros, aunque también esta apreciación es relativa y coyuntural. Por ello, salvo alguna excepción debida a cuestiones éticas, como pueden ser los pactos con opciones políticas corruptas o violentas, cualquier entendimiento debe ser tenido en consideración.

El pensamiento fuerte en el que se sustenta el poder, como dice Foucault, rechaza la visión de la realidad como algo relativo y sujeto a infinidad de interpretaciones y lecturas. Por ello, impone una supuesta verdad objetiva, dogmática, autoritaria y recelosa de todas aquellas verdades que se desvían de sus valores inmutables y absolutos. Sin embargo, es necesario que se vayan despejando estos recelos en la medida en que se vislumbren las grandes ventajas de un mal acuerdo respecto a los graves inconvenientes de un radical disenso. La búsqueda incesante del consenso para acabar con la pobreza, el desempleo, el empleo precario, la desigualdad entre hombres y mujeres o las pensiones indignas debe ser el nuevo paradigma que presida el nuevo siglo. Como dice Hannah Arendt, hay que estar siempre dispuesto al diálogo en el espacio público, allí donde se logra la gloria más alta que pueda imaginar el ser humano: el entendimiento.

etiquetas: tribuna abierta

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